El calvario del inocente
Rafael Torres
OTR
Press
1 de Diciembre de 2009
Podría entenderse que a Diego, el muchacho detenido el
martes pasado en Tenerife, la opinión pública le
despojara automáticamente de la presunción de inocencia
por la radical repugnancia que inspira el maltrato a los
niños y por la recurrencia con que éstos se producen. La
primera valoración médica a la víctima, la niña de tres
años que fallecería al poco, y la diligencia policial y
judicial en arrestarle, parecían dar por sentada su
culpabilidad aún antes de efectuarse las más elementales
pesquisas forenses y, desde luego, muchísimo antes de
instruirse el proceso en el que el acusado hubiera
podido defenderse.
Eso, mal que bien, se podría entender, pero
lo que de ningún modo puede entenderse, y menos aún
admitirse es que un servicio de urgencias esté atendido
por un tuercebotas como el que, por confundir un golpe
fortuito en un parque infantil con signos de maltrato
continuado y un prurito alérgico con quemaduras
provocadas, mandó a un inocente al infierno del repudio
social y de la tantas veces kafkiana maquinaria de la
Justicia. La cara de ese inocente, apabullado por su
detención tras llevar al hospital a la niña y no menos
por los feroces insultos de los transeúntes, la vieron
en los noticiarios de televisión millones de españoles,
algunos de los cuales no se habrán enterado aún del
desenlace del suceso y conservan la imagen de Diego en
la carpeta mental de los violadores y los asesinos.
Ese médico indigno de ostentar
el título que le faculta para ejercer la noble profesión
si, como parece, erró de forma tan brutal y tan
acusatoria en su diagnóstico, es, sin embargo, el primer
escalón en la cadena de torpezas que echaron sobre Diego
el baldón más infamante. Cuando la niña llegó, tras ser
tan pésimamente diagnosticada en el Centro de Salud de
El Mojón, al Hospital de la Candelaria, ya se vio allí
que el informe que la acompañaba era un puro dislate,
pues no se compaginaba con la realidad de las lesiones
que, al cabo, acabarían con su vida. El juez, entonces,
dispuso los análisis pertinentes para establecer la
verdad, pero, entre tanto, Diego era detenido, expuesto
a las cámaras y unánimemente condenado por la opinión.
¿No se podía haber esperado esas pocas horas para, en el
caso de hallarle sospechoso por el resultado de los
análisis, haberle detenido con algún fundamento? ¿Vale
tan poco el honor? ¿Y tanto el garabato de un médico al
pie de una sarta de disparates? |