Cadena
perpetua
Rafael Torres
Diarios del Siglo XXI
26 de Febrero de 2009
Siendo la cadena perpetua una forma de
pena de muerte, posiblemente la más cruel de todas, no puede una
sociedad civilizada, ni siquiera una en trance de irse
civilizando como la nuestra, integrarla en la lista de los
castigos que están autorizados a infligir los tribunales. No
quiere esto decir, lógicamente, que aquél que ha sido objeto de
una violencia o de un agravio terrible no pueda desear, en su
dolor y en su rabia, una venganza proporcionada al mal recibido,
pues la necesidad de devolverlo está inscrita en el corazón
humano, pero sí quiere decir que las leyes, el Derecho, los
jueces, la jurisprudencia, todo ese aparato de la Justicia, se
ha creado precisamente para templar la abrasadora compulsión del
ojo por ojo que convertiría a la víctima, al inocente, en
verdugo y culpable. No se puede, pues, pedir a la Justicia que
lo sea a la medida enteramente humana, es decir, que nos parezca
justa, sino que lo sea lo más aproximadamente posible, con tino,
con diligencia, con sabiduría, con sensibilidad y, desde luego,
igual para todos.
Cualquier padre en el lugar del de la infortunada Marta del
Castillo, mataría, si pudiera, al que le arrebató la vida. Yo
también. Afortunadamente, y gracias a ese cierto grado de
civilidad que disfrutamos, no podemos. Ni él, en el caso de que
quisiera, puede, ni yo podría, ni el lector tampoco, y eso es lo
que nos salva en último extremo. Y una vez que se ha renunciado
a la respuesta natural (la otra natural, el perdón, se antoja
imposible en muchos casos), ¿qué puede ganarse sepultando a un
despojo de por vida, en vez de durante treinta años? Sí puede
ganarse algo, en cambio, luchando por una sociedad mejor, más
sana, más decente, más habitable para nuestros hijos, y por unas
leyes que se orienten más a la prevención de los delitos que a
su castigo inútil, pues ningún asesinado regresa porque ejecuten
o empareden a su verdugo.