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La ballesta de
Florentino
Rafael Torres
OTR
Press
17 de Junio
de 2009
Los grandes
negocios casi siempre se hacen en perjuicio de alguien. O de muchos. Ahí
están, por ejemplo, los bancos, que amasan sus enormes beneficios a base
de perjudicar a su propia clientela, o a los intermediarios agrarios,
que estafan al cultivador del tomate y al que finalmente se lo come
mediante el procedimiento de encarecerlo de manera monstruosa durante el
instante fugaz en que pasa por sus manos. En el caso del fútbol, la
perjudicada es la decencia.
Desde el punto de vista del negocio, las inversiones de Florentino
Pérez, aquél que dividía el fútbol, el mundo, en zidanes y pavones,
pudieran ser enormemente rentables. Es más, seguro que habrán de serlo.
Otra cosa, a lo mejor, no podría pedirse al tipo que construyó cuatro
descomunales rascacielos en los terrenos, llenos de árboles y praderas,
donde los niños pavones alimentaban activamente sus sueños de
convertirse algún día en astros de su equipo, el Madrid. Ojo para el
negocio, vis dineraria, no le faltan a Florentino, desde luego.
Aunque nadie sabe con exactitud cuánto son ciento sesenta millones de
euros, los que ha pagado por Kaká y Cristiano Ronaldo, y mucho menos
traducirlos a pesetas, pocos dudan de que el melifluo potentado podrá
convertirlos en trescientos o en quinientos sin apenas despeinarse, pero
el asunto no es ese. El asunto es el de la decencia abatida por su
ballesta de oro, el ave traspasada por cheques afilados que se pudre,
muerta, en el asfalto. O dicho de otro modo: la existencia entre la
depauperación general, entre la masa de cuatro millones de ciudadanos
sin empleo, de un tío tan forrado, capaz de arrebatar a los equipos más
ricos del mundo sus jugadores emblemáticos sin que los bancos, por lo
demás, le pongan ningún pero al prestarle el pastón necesario para
hacerlo. Qué buena suerte tiene Florentino. Y qué mala los niños
pavones. |