Hace 30 días que la activista saharaui Aminetu Haidar inició una huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote, España, en reclamo de que el gobierno de Marruecos le permita volver a su hogar en El Aaiún, la capital de la República Árabe Saharaui Democrática, ocupada desde hace tres décadas por el régimen de Rabat.
Haidar, luchadora
emblemática por la
liberación de los
presos políticos del
Sáhara Occidental y
víctima, ella misma,
de desaparición
forzada y
encarcelamiento a
finales de la década
de los 80, fue
ilegalmente
despojada de sus
documentos, detenida
y expulsada de El
Aaiún a Lanzarote el
pasado 14 de
noviembre, luego de
que se negó a
identificarse como
ciudadana marroquí a
su regreso de un
viaje a Estados
Unidos. El gobierno
de Rabat ha
calificado de
acto de chantaje
la protesta de la
activista y ha
reiterado que no le
permitirá el ingreso
hasta que pida
perdón al rey
Mohamed VI y se
declare súbdita
marroquí
.
Ante la cerrazón criminal de las autoridades marroquíes –que amenazan a España y a la Unión Europea con atenuar o retirar su apoyo en materia de inmigración y combate al terrorismo y al narcotráfico–, la inoperancia y la laxitud de las gestiones realizadas por La Moncloa, así como las visibles afectaciones en la salud de Haidar tras un mes de no probar alimento, la activista aún no tiene garantizado el retorno a su país. En todo caso, la admirable muestra de tesón y dignidad que ha dado esta mujer de 42 años ha logrado lo que no han podido o no han querido hacer ni Washington ni Bruselas en todos estos años: cercar mediática y diplomáticamente al régimen de Marruecos, colocar en el centro de la discusión internacional el añejo conflicto en el Sáhara Occidental, y suscitar la condena de la opinión pública mundial hacia las prácticas de limpieza étnica y la ocupación inhumana e ilegal que Rabat ejerce en ese enclave del noroeste africano.
No puede pasarse por
alto que la
persistencia de este
atropello tiene,
como componente
insoslayable, la
complicidad
histórica del Estado
español y de los
sucesivos gobiernos
de Madrid
–franquista,
socialista
o
popular
–, los
cuales, como antigua
potencia colonial,
abdicaron de su
responsabilidad
legal sobre el
Sáhara Occidental en
1975 y lo dejó a
merced del régimen
entonces encabezado
por Hassán II: éste,
por su parte,
propició el
desplazamiento de
350 mil civiles
marroquíes en esos
desiertos –en el
episodio conocido
como la Marcha
Verde
–; ordenó
la construcción de
murallas que hasta
la fecha dividen en
dos al país y a su
población, y llevó
adelante una
ocupación a sangre y
fuego, con bombas de
napalm y fósforo
blanco, en la que
fueron masacrados
cientos de civiles
saharauis, mientras
intentaban huir
hacia Argelia.
Más de tres décadas
después de aquellos
agravios a una
nación indómita y a
la legalidad
internacional, la
diplomacia española
ha vuelto a
claudicar ante la
dinastía alauí al
aceptar la expulsión
y el desembarco de
Aminetu Haidar en
Lanzarote, aun en
contra de su
voluntad, y al hacer
suya la postura del
gobierno marroquí en
torno a la huelga de
hambre de la
activista. Ayer,
significativamente,
el ministro de
Asuntos Exteriores
de España, Miguel
Ángel Moratinos,
aconsejó
a
Haidar que abandone
su protesta.
Ante los elementos de juicio señalados, la comunidad internacional tiene el deber moral de involucrarse en un episodio que permite ponderar el grado de barbarie del régimen que encabeza Mohamed VI. Es pertinente y necesario que los cerca de 80 países que reconocen a la República Árabe Saharaui Democrática –México entre ellos– ejerzan las presiones diplomáticas correspondientes y exijan al régimen de Rabat que permita el regreso de Haidar a El Aaiún, y a las autoridades españolas que asuman su responsabilidad e impulsen el cumplimiento del derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui
