Es
una historia conocida: en 1630, en Milán, un sospechoso,
denunciado por un honrado ciudadano, es detenido y torturado y,
tras negar inicialmente la acusación, acaba por confesar su
delito. Bajo tortura, denuncia también a su barbero, cómplice de
la atrocidad, y éste a su vez denuncia a otros hombres, poniendo
al descubierto toda una cadena de monstruosos malhechores que
comienza, o concluye, en un caballero de nombre Padilla, jefe de
la campaña de terror. Una vez condenados y ejecutados, sobre las
ruinas de la casa del barbero se alzó una columna admonitoria
que recordaba la infame acción de los reos y advertía
eternamente a los malvados sobre las consecuencias de semejante
tropelía. ¿Qué habían hecho? Se les consideraba untori,
es decir, “untadores” siniestros que habían propagado la peste
por la ciudad depositando en las paredes y en los objetos la
sustancia contaminante que transmitía la enfermedad. Sólo en
1778, bajo el empuje luminoso de la Ilustración, la columna fue
derribada, considerando la época nueva –la de Montesquieu, Verri
y Beccaria- que la infamia no residía en los condenados sino en
los magistrados que los juzgaron y en los ciudadanos
amedrentados e ignorantes que ayudaron a convertir la locura, la
superstición y el absolutismo en un procedimiento natural.
Esta historia real del Antiguo Régimen, recogida en 1840 por el
italiano Alessandro Manzoni, es desgraciadamente muy actual.
Según la Abogacía General del Estado –es decir, según el
gobierno del reino de España- Alfonso Sastre, el dramaturgo vivo
más importante del mundo, es un untore y su solo nombre
(mientras él trabaja en sus obras de teatro encerrado en su
habitación) es capaz de contaminar todo lo que linda con él, de
Hondarribia a Tierra del Fuego. Contaminado por sus “conexiones
personales” del pasado, su presencia como cabeza de lista en la
candidatura de Iniciativa Internacionalista es hasta tal punto
contaminante que debe ser inmediatamente privado de sus derechos
ciudadanos junto a sus compañeros de grupo y junto a sus
potenciales votantes. En este galope de regreso a la pre-modernidad,
la lógica es ya –desgraciadamente- conocida: no es que
presentarse a unas elecciones europeas sea un delito; no es que
no se le permita presentarse por haber cometido un delito: es
que su existencia misma es delictiva. “Intenciones”,
“analogías”, “concomitancias”, toda la sutil obra del Derecho,
levantada pacientemente durante siglos, sucumbe entre aplausos a
esta atmósfera primitiva y sacrificial de miasmas oscuras
transmitidas, como la gripe porcina, con o sin voluntad, en una
onda expansiva ininterrumpida. Las nociones de enfermedad y
pecado –mortales los dos- sustituyen a la de delito, prueba,
presunción de inocencia, responsabilidad individual. De hasta
qué punto “la defensa de la democracia” –con Savater y Rosa Díez
a la cabeza- se ha deslizado ya en el mundo medieval,
obscurantista, prehistórico, del farmakón y la magia
negra da buena prueba el hecho de que, si quisiera, Alfonso
Sastre no podría cambiar de opinión: es sólo el resultado
de sus “conexiones personales” y el comienzo, a su vez, de
conexiones potencialmente tan amplias que a partir de su nombre,
en el delirio antijurídico de las analogías y las
concomitancias, se podría impugnar o ilegalizar cualquier lista
en la que hubiese algún lector de Escuadra hacia la muerte.
La
conjetura de que Batasuna iba a pedir el voto para éI y
la presencia en sus listas de un excandidato de ANV, una fuerza
entonces legal pero ilegalizada a posteriori, ha
activado la enésima impugnación de una fuerza electoral que, con
casi toda seguridad, no podrá concurrir el próximo 7 de junio a
las elecciones europeas. En 1630 se hacían las cosas así; en
2009, en el reino de España, también. En 1630, los procesos
abiertos contra los untori formaban parte de la lógica
pre-ilustrada del Antiguo Régimen; en 2009, los procesos
abiertos contra los untori se quieren hacer pasar por
normalidad democrática y de Derecho. Gente inteligente, gente
sesuda, gente honorable, respetada e influyente, gente fuera de
toda sospecha, gente rica y gente poderosa –como en el Milán de
la peste- tendrá algún día que rendir cuentas ante los
ciudadanos por esta doble fechoría: la de restablecer el Antiguo
Régimen y la de hacerlo, además, nombrando el derecho y la
Democracia.
Así
las cosas, sugiero –y lo hago en serio- que Batasuna, fuente de
todas las miasmas, poderosísima varita de contagiar infamia,
convoque una rueda de prensa y pida públicamente el voto para el
PP y/o para el PSOE. ¿Quedarán manchados nuestros dos
principales partidos? ¿Se pedirá su ilegalización? Por supuesto
que no, pero de esa manera al menos quedará claro que,
desencadenada fuera del derecho, esta lógica medieval es hasta
tal punto medieval –y está tan fuera del derecho- que ni
siquiera es lógica: es puro ejercicio de soberanía
religiosa o, lo que es lo mismo, arbitrariedad paranoica de un
Santo Oficio en su lucha contra el Mal.
Porque lo que ya ha quedado claro, en cualquier caso, es que el
oscurantismo, la manipulación, el desprecio por las reglas del
juego y la injusticia son infinitamente más contagiosos que la
peste –y mucho más, claro, que la conciencia de la democracia y
la libertad.