Otra de las aristas de
la crisis que han provocado los especuladores con su extrema
avaricia, apoyados en el sistema neoliberal, es que resulta que
los ingresos tributarios han comenzado a flaquear. Lógico. Hay
muchísimos más parados, por lo que las retenciones fiscales han
caído. Para los más poderosos, quienes tienen salarios por
encima de los 300.000 euros al año, hay financiación sin
límites. Pero a lo más que pueden aspirar los más necesitados es
a una cantidad mísera, que no llega ni a los 624 euros al mes
del salario mínimo interprofesional, que, por cierto, ni se
acerca al umbral de la pobreza, que en Euskal Herria se sitúa en
1.080 euros al mes.
Para salir de este agujero, unos piensan en subir los impuestos
y otros, en endeudarse. Hagan lo que hagan, está claro:
terminaremos pagando nosotros sus platos rotos. Esas dos
medidas, que parecen esenciales, tendrán que adoptarse por
necesidad, porque han abandonado otras que durante los últimos
quince años de crecimiento económico han desechado para permitir
que la élite económica se forrase a nuestra cuenta.
Creo que los ciudadanos debemos decir a estos caraduras de
dirigentes que tenemos que ya basta. ¿Cómo puede ser que en
Araba, Bizkaia y Gipuzkoa la recaudación tributaria vaya a caer
un 23%, y se les perdone a los de la élite enormes cantidades de
dinero? ¿O que las rentas más altas, esas que superan los 90.000
euros al año, tributen a un tipo nominal medio del 24,8%? ¿Cómo
puede ser que el sistema fiscal se asiente sobre las rentas
salariales y quien más tiene pague menos? Así ocurre que un
trabajador declara unos ingresos superiores en 8.150 euros a los
de un empresario con una actividad económica. ¡Dónde se ha visto
eso! Me pregunto qué hacen esos que ahora nos lloran que tendrán
un 23% menos de ingresos. ¿Por qué permiten este fraude fiscal
tan elevado sin mover un solo dedo?
Mientras cuatro de cada diez contribuyentes tienen que vivir con
ingresos inferiores al umbral de la pobreza, otros, dirigentes
de las administraciones públicas incluidos, se dan opulentas
comilonas a nuestra cuenta, sea en fiestas o en cualquier acto,
para vendernos lo que hacen con nuestro dinero.