¿A qué juega el Banco de España?
Juan Torres López
Fundación Sistema 21 de Diciembre de 2009
Uno de los
lugares comunes más generalizados
respecto a la economía española reciente
es el que afirma que el Banco de España
ha desempeñado con brillantez y eficacia
su labor de control y supervisión
bancarios. O incluso que la economía
española y su sistema financiero han
soportado en mejor medida los impactos
de la crisis gracias al celo especial
que ha tenido a la hora de vigilar a los
bancos.
Se olvida
que el mayor celo que ahora ha debido
aplicar el Banco de España frente a la
banca española es consecuencia de la
falta de vigilancia y del desacierto con
que se la supervisó en años anteriores,
cuando en España se sufrió una crisis
bancaria extraordinariamente costosa y
en cuyos lodos quizá estemos moviéndonos
todavía. Una crisis en la que el BdE
actuó más bien como cómplice de los
intereses bancarios privados que como
defensor de los públicos, como indica el
elevadísimo coste que tuvimos que
soportar los contribuyentes, la desigual
generosidad con que se trató a los
responsables de los desaguisados, y el
inmenso provecho que de ella sacaron los
bancos y los banqueros que ahora se
encuentran a la cabeza del ranking
bancario, además de tantos funcionarios
y directivos que tan casualmente
terminaron por incorporarse a sus
nóminas.
Más
adelante, el Banco de España ha ido
manteniendo constantemente la doctrina,
o mejor habría que decir la creencia, de
la estabilidad presupuestaria y de la
deflación salarial como estrategia
competitiva. Un prejuicio ideológico que
ha incrementado nuestro déficit social,
que ha impedido que la economía española
cuente con el capital colectivo
imprescindible para impulsar la
innovación y el cambio de modelo
productivo y que, al hacer que aumenten
las desigualdades, multiplica el
endeudamiento y favorece la generación
de fondos especulativos. En el ámbito de
la economía real, y al igual que en
otros países, el Banco de España ha sido
un factor activo principal, si no
determinante, en la creación de las
condiciones estructurales que han
provocado la crisis actual. ¿Cómo
desvincular al Banco de España, cómo no
hacerlo corresponsable, al aplicar estas
políticas, de la multiplicación de la
deuda privada en España, mucho más
rentable para los bancos que la pública
y mucho menos rentable para la sociedad
que la privada?
Además, el
Banco de España, como el europeo y
tantos otros, ha fracasado
estrepitosamente en el encargo de
combatir la inflación. La política
deflacionista mencionada ha limitado el
crecimiento potencial de las economías
pero no ha sido capaz de evitar la
subida más peligrosa de los precios.
¿Cómo calificar su empeño en ahogar el
crecimiento de la actividad dificultando
así la creación de empleo y forzando la
precarización del que se creaba con la
excusa de la inflación, mientras dejaba
subir a la estratosfera los precios de
la vivienda?
¿Qué tipo
de lucha contra la inflación es la que
frena la actividad económica para que no
suba el precio de las cebollas y, sin
embargo, deja que se disparen los
precios inmobiliarios que consumen la
gran parte de las rentas, para
enriquecer así a los grandes empresarios
y, sobre todo, a la banca?
También se
quiere hacer creer que la supervisión
del Banco de España ha sido providencial
para evitar la crisis en España. Pero
tampoco creo que sea verdad. Las
políticas deflacionistas son procíclicas
por definición, frenan el crecimiento y
anticipan el declive cuando se aplican
en la expansión y dificultan la
recuperación cuando se adoptan (como ya
empiezan a demandar también desde el
Banco de España) en la salida de las
crisis.
Ni
siquiera su supervisión financiera ni el
control establecidos durante la crisis
han sido los adecuados. Para haberlo
sido deberían haberse efectuado de
consuno con el resto de los bancos
centrales europeos. Y, sobre todo, el
Banco de España debiera haber sido capaz
de evitar no solo la contaminación por
las hipotecas subprime sino nuestra
auténtica basura financiera: la que
procede de la burbuja inmobiliaria que,
sin embargo, permitió que se
desarrollara. Hasta el propio presidente
de la Confederación de la Cajas de
Ahorros españolas, Alfonso Quintás, ha
reconocido que se podría haber evitado
si el Banco de España hubiera llevado a
cabo otra política (EL PAÍS 06/12/2009).
Ya en
plena crisis, la tan cacareada bondad
del supervisor se está centrando
realmente en aspectos muy indeseables y
peligrosos a medio y largo plazo: dejar
inalteradas las normas y pautas
fundamentales de comportamiento bancario
y, por el contrario, ocultar las
pérdidas del sector mediante argucias
contables que estarían prohibidas si no
viviésemos en un mundo en el que a los
banqueros se les conceden los
privilegios que no tiene ningún otro
ciudadano. Y lo que es peor, jugando con
fuego y bajo cuerda (como el propio
Quintás ha reconocido) para debilitar el
espacio público de las cajas y así
permitir que el capital privado se quede
con el botín (me parece que nunca mejor
dicha aquí esta palabra), a costa de
desestabilizar el sector financiero en
su conjunto e incluso haciendo un flaco
favor a las entidades bancarias más
consolidadas.
¿Cómo se
puede considerar eficaz la actuación de
un banco central que a pesar de que se
están proporcionando cantidades
gigantescas de recursos a la banca
privada no consigue que ésta financie a
la economía? ¿Qué otra función más
importante que la de impedir esto podría
tener cuando la economía se viene abajo
por falta de financiación? ¿Y qué
intereses se puede decir que defiende un
banco central que, en esta situación,
mira a otro lado, se hace el tonto sobre
este asunto y simplemente se dedica a
impartir doctrina liberal al gobierno, a
los sindicatos y a la sociedad en
general tratando solo de conseguir que
los trabajadores acepten salarios más
bajos y peores condiciones de empleo en
beneficio del gran capital?
Para que
se pudiera considerar que el Banco de
España defiende los intereses públicos y
no solo los de los más ricos y que hace
frente con eficacia a la crisis tendría
que hacer otras cosas muy distintas:
acabar con la mentira que suponen las
normas contables que autoriza, poner en
claro la verdadera situación de la banca
(y no solo la de las cajas a las que usa
como chivos expiatorios para capitalizar
a la banca privada) y establecer las
condiciones precisas para que los
responsables de su descapitalización
carguen con sus responsabilidades. Y,
por supuesto, tomar medidas ejecutivas
para garantizar el flujo de financiación
a la economía y evitar la aparición en
el futuro de nuevas burbujas y la
continua acumulación de riesgo (que
posiblemente ni siquiera se ha
detenido). En definitiva, no utilizar la
crisis para que los bancos más grandes
(con la excusa de que son los que
comportan riesgo sistémico y que son tan
grandes que no pueden caer) terminen por
ser más grandes todavía y más
privilegiados, pero también más
peligrosos. Y, sobre todo, defender
políticas que no empobrezcan a los más
desfavorecidos y enriquezcan a los más
ricos, creando al mismo tiempo cada vez
más inestabilidad financiera. En
cualquier caso, es imposible considerar
que el Banco de España está defendiendo
los intereses de todos los ciudadanos
cuando sus directivos aparecen como
simples conmilitones de la rama más
radical de la patronal y de la derecha,
con quienes comparte siempre la música y
la letra de las propuestas económicas.
El Banco de España se reputa
independiente pero nunca se ha visto una
coincidencia más expresa entre sus
posiciones y los de la derecha económica
y política. Tanto así, que ésta última
incluso puede replegarse para dejar que
sean sus “técnicos” y la patronal
quienes actúen como mascarón de proa
contra al gobierno. Estos lo debilitan
y, mientras, el Partido Popular puede
dedicarse tranquilamente a ganar
posiciones desde la retaguardia.
No cabe
esperar que cambie la posición
corporativa del banco, una institución
en la que la cooptación es la norma y en
donde la pluralidad de pensamiento no se
sabe ni lo que es. Pero cuando el banco
central se convierte en un ariete contra
el gobierno, al menos cabría pensar que
su Gobernador tendría una mínima
coherencia y que presentaría su dimisión
al ejecutivo que lo propuso para el
puesto.
--------------------------
Juan Torres López
es catedrático de economía aplicada en
la Universidad de Sevilla.
