Correo  

Alameda, 5. 2º Izda. Madrid   28014 Teléfono:  91 420 13 88 Fax: 91 420 20 04     

No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   


 

 

El timo del Euro

Miguel del Mazo Unamuno

UCR 12 de mayo de 2009  

 

Se han cumplido hace pocos meses 10 años de la creación de la Unión Económica y Monetaria Europea, acontecida el 1 de enero de 1999. Con este motivo se han hecho discretos homenajes y el Banco de España le dedicó en su mismísima sede una exposición a la moneda europea, que entró en circulación en nuestro país el 1.1.2002, hace ahora siete años largos. Los homenajes han sido pocos y bastante silenciosos teniendo en cuenta la enorme trascendencia que la moneda única ha tenido para las economías de los países que la adoptaron y muy especialmente en la española. Este pasar de puntillas ante el aniversario de un símbolo tan importante por parte de unas autoridades tan dadas a los eventos y conmemoraciones, parece obedecer más bien al deseo de pasar de largo y no hablar de un tema en el que al final podrían quedar en evidencia y en una situación sumamente incómoda. Porque, ¿quién tiene algo que celebrar con la moneda única europea que nos colocaron en aquel lejano año de 2002?

 

Su impacto ha sido espectacular en la economía mundial y también en la de los países que la introdujeron. En España sus efectos han sido dispares. Por un lado, para los ciudadanos de a pie podemos afirmar sin paliativos que el euro ha sido una catástrofe económica, pues ha supuesto una considerable pérdida de poder adquisitivo producida por las continuas subidas de precios que favorecía la nueva moneda. En el otro ámbito social, el de los económicamente poderosos, las grandes empresas, los bancos, las grandes corporaciones industriales, etc, los efectos han sido totalmente beneficiosos por la implantación del euro, con sucesivos aumentos de beneficios. Ahora, en plena crisis económica, las ganancias de las grandes empresas se reducen, pero subieron de forma vertiginosa con la introducción del euro y con otras operaciones especulativas realizadas en estos años (especialmente con la vivienda y la construcción), lo que les ha permitido una capitalización muy importante que para nada tenemos los ciudadanos de a pie.

 

Para conocer el origen y desarrollo del fenómeno monetario, convendría hacer un poco de memoria y recordar ahora aquella campaña que se hizo en los meses previos a la introducción de la moneda única, a fines de 2001, especialmente por la televisión, intentando tranquilizar a la población con mensajes de que todo iba a ir de maravilla con el cambio y que con el euro tendríamos “todos” una moneda fuerte. A la vuelta de estos años, tras de haber perdido los ciudadanos de a pie una parte muy importante de nuestro poder adquisitivo, nos quedamos atónitos ante lo sucedido. Ni en el peor de nuestros temores podíamos sospechar lo que estaba por llegar. De haberlo presentido sólo un poco se habría desatado una protesta social generalizada que habría frenado en seco la operación monetaria. Estaría bien que los que hicieron campaña a favor de la introducción del euro volvieran a salir en la televisión para explicar qué es lo que ha pasado. Es una obligación moral y política para los que tomaron la decisión de cambiarnos la moneda, pues las consecuencias han sido muy considerables, y las explicaciones dadas, hasta ahora han sido ninguna.

 

Pero, ¿qué es lo que ha sucedido realmente y por qué? Básicamente lo que se ha producido en estos años ha sido una importante transferencia de capital de las rentas más bajas a las más altas, sin que aquéllas recibieran contrapartida, principalmente a través de operaciones comerciales realizadas con la nueva y confusa moneda. El elemento facilitador de semejante cosa ha sido la pérdida casi total de la capacidad que los ciudadanos de a pie tuvimos para identificar el precio cierto de las cosas expresado en euros. Al pagar en esta moneda, por encima de 3 ó 6 euros la mayoría no sabíamos en aquel año 2002 cuál era el valor real de aquello que comprábamos, cuántas pesetas costaba, confusión que aún dura. Y saber el precio en pesetas era (y es) esencial pues era la única referencia que teníamos del valor de las cosas. El gobierno de entonces (PP) distribuyó unas tarjetas que facilitaban las equivalencias. Pero la mayoría esta calculadora, en el día a día, no la usó. Lo que estaba ocurriendo, y ocurre, es que lo importante en el precio eran las cifras, que para nosotros tienen valor por sí mismas. En la mente de todos, los precios, que toda nuestra vida habíamos manejado en pesetas, nos decían que una cifra grande era sinónimo de caro, y una cifra pequeña, algo barato. Por lo tanto, 16 (euros), era una cifra inocente en comparación con su equivalente en pesetas= 2.662, cuya cifra nos impone por su dimensión. En nuestra mente 16 es “poco”, y 2.662 es “mucho”. Este no fue el único factor, pues en esta confusión generalizada, irrumpió la moneda de un euro, muy parecida en tamaño y metal a aquella popular moneda de 100 pesetas que tuvimos en los bolsillos hace ya siete años. En apariencia, la nueva moneda llegaba a ser casi lo mismo que la antigua aunque su valor real no lo fuera. Así pues, la cosa empezó primero por lo más básico e inocente: el café, la caña de cerveza, el periódico. Donde se pagaba 100 pts., en poco tiempo se impuso el euro, es decir, una subida del 66%. Este redondeo al alza fue extendiéndose poco a poco en todos los productos básicos a medida de que nadie decía nada en contra, nadie protestó. Acabó siendo un fenómeno poco menos que meteorológico, algo malo que se nos viene encima y aceptamos con resignación. El resultado: una enorme facilidad de la población española para aceptar subidas de precios desorbitadas y sin causa lógica, que hubieran sido absolutamente imposibles de haberse realizado en pesetas.

 

Curiosamente los únicos aturdidos por esta situación fuimos los ciudadanos de a pie, pues las subidas se produjeron únicamente en los precios. Nuestros salarios no sufrieron subidas aceleradas y fueron subiendo en porcentajes muy bajos, para nada similares a los precios. Por lo visto, los que los pagaban no estaban nada despistados respecto a las cuantías y las subidas fueron mínimas, como de costumbre. Este funcionamiento tan dispar entre precios y salarios en el plazo de siete años, ha producido un empobrecimiento considerable de las clases trabajadoras, las que no tenemos ningún control sobre los precios que pagamos ni sobre los salarios que percibimos. Los trabajadores de toda clase, asalariados, autónomos, pequeños comerciantes, hemos sido los convidados de piedra en el enorme festín de ganancias que los bancos y las grandes empresas se han dado con la moneda única.

 

Efectivamente, este periodo de introducción del euro y abandono (ay!) de la peseta ha estado caracterizado por ganancias cada vez mayores de las grandes empresas: bancos, grandes corporaciones industriales, empresas energéticas, constructoras, etc. Los grandes han aumentado enormemente las ganancias justo cuando los ciudadanos de a pie íbamos perdiendo poder adquisitivo. Una casualidad nada casual.

 

¿Qué decían los grandes entendidos en el tema? Los expertos oficiales en economía (los que salen en la televisión y escriben en los periódicos de mayor tirada), hablan casi a diario de la inflación, de la Bolsa, de competitividad, de estadísticas varias, pero en poquísimas ocasiones se han ocupado de un hecho tan cercano y conmocionador como las consecuencias de la introducción del euro salvo para hablar de lo fuerte que está en el mercado mundial frente al dólar, es decir, para hablar de los intereses de los económicamente poderosos. Porque no está muy claro qué es lo que gana el ciudadano de a pie con que el euro esté fuerte en el mercado mundial cuando aquél cada vez puede comprar menos cosas con el mismo dinero. Es decir, se está empobreciendo con la moneda europea y hace frente a carestías nunca vistas. Algunas asociaciones de consumidores lo denunciaron, pero los grandes medios de comunicación, prensa, radio, televisión, no han dado al euro la importancia que merecía a pesar de sus demoledores efectos en las economías familiares.

 

A la vista de todo lo anterior podemos concluir que, en España la llegada del euro ha sido un desastre para las economías de la mayoría de los ciudadanos. Un auténtico timo. Y en consecuencia, este poderoso símbolo de la Unión Europea, nos muestra a las claras a quién sirve realmente esta elevada institución, y nos da una poderosísima razón para que la rechacemos en este formato de mercado capitalista diseñado para el beneficio de los económicamente poderosos.

 

En la ya inminente campaña para la elección del Parlamento europeo, tenemos una ocasión de oro para reclamar un debate sobre un tema real de esta Unión Europea: los efectos del euro en la economía de los ciudadanos. Hagámoslo y que los políticos de cada partido se pronuncien.  

 

 
 

  Página de inicio 

Free counter and web stats