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El timo del Euro
Miguel del Mazo Unamuno
UCR
12 de mayo de 2009
Se
han cumplido hace pocos meses 10 años de la creación de la Unión
Económica y Monetaria Europea, acontecida el 1 de enero de 1999.
Con este motivo se han hecho discretos homenajes y el Banco de
España le dedicó en su mismísima sede una exposición a la moneda
europea, que entró en circulación en nuestro país el 1.1.2002,
hace ahora siete años largos. Los homenajes han sido pocos y
bastante silenciosos teniendo en cuenta la enorme trascendencia
que la moneda única ha tenido para las economías de los países
que la adoptaron y muy especialmente en la española. Este pasar
de puntillas ante el aniversario de un símbolo tan importante
por parte de unas autoridades tan dadas a los eventos y
conmemoraciones, parece obedecer más bien al deseo de pasar de
largo y no hablar de un tema en el que al final podrían quedar
en evidencia y en una situación sumamente incómoda. Porque,
¿quién tiene algo que celebrar con la moneda única europea que
nos colocaron en aquel lejano año de 2002?
Su
impacto ha sido espectacular en la economía mundial y también en
la de los países que la introdujeron. En España sus efectos han
sido dispares. Por un lado, para los ciudadanos de a pie podemos
afirmar sin paliativos que el euro ha sido una catástrofe
económica, pues ha supuesto una considerable pérdida de poder
adquisitivo producida por las continuas subidas de precios que
favorecía la nueva moneda. En el otro ámbito social, el de los
económicamente poderosos, las grandes empresas, los bancos, las
grandes corporaciones industriales, etc, los efectos han sido
totalmente beneficiosos por la implantación del euro, con
sucesivos aumentos de beneficios. Ahora, en plena crisis
económica, las ganancias de las grandes empresas se reducen,
pero subieron de forma vertiginosa con la introducción del euro
y con otras operaciones especulativas realizadas en estos años
(especialmente con la vivienda y la construcción), lo que les ha
permitido una capitalización muy importante que para nada
tenemos los ciudadanos de a pie.
Para conocer el origen y desarrollo del fenómeno monetario,
convendría hacer un poco de memoria y recordar ahora aquella
campaña que se hizo en los meses previos a la introducción de la
moneda única, a fines de 2001, especialmente por la televisión,
intentando tranquilizar a la población con mensajes de que todo
iba a ir de maravilla con el cambio y que con el euro tendríamos
“todos” una moneda fuerte. A la vuelta de estos años, tras de
haber perdido los ciudadanos de a pie una parte muy importante
de nuestro poder adquisitivo, nos quedamos atónitos ante lo
sucedido. Ni en el peor de nuestros temores podíamos sospechar
lo que estaba por llegar. De haberlo presentido sólo un poco se
habría desatado una protesta social generalizada que habría
frenado en seco la operación monetaria. Estaría bien que los que
hicieron campaña a favor de la introducción del euro volvieran a
salir en la televisión para explicar qué es lo que ha pasado. Es
una obligación moral y política para los que tomaron la decisión
de cambiarnos la moneda, pues las consecuencias han sido muy
considerables, y las explicaciones dadas, hasta ahora han sido
ninguna.
Pero, ¿qué es lo que ha sucedido realmente y por qué?
Básicamente lo que se ha producido en estos años ha sido una
importante transferencia de capital de las rentas más bajas a
las más altas, sin que aquéllas recibieran contrapartida,
principalmente a través de operaciones comerciales realizadas
con la nueva y confusa moneda. El elemento facilitador de
semejante cosa ha sido la pérdida casi total de la capacidad que
los ciudadanos de a pie tuvimos para identificar el precio
cierto de las cosas expresado en euros. Al pagar en esta moneda,
por encima de 3 ó 6 euros la mayoría no sabíamos en aquel año
2002 cuál era el valor real de aquello que comprábamos, cuántas
pesetas costaba, confusión que aún dura. Y saber el precio en
pesetas era (y es) esencial pues era la única referencia que
teníamos del valor de las cosas. El gobierno de entonces (PP)
distribuyó unas tarjetas que facilitaban las equivalencias. Pero
la mayoría esta calculadora, en el día a día, no la usó. Lo que
estaba ocurriendo, y ocurre, es que lo importante en el precio
eran las cifras, que para nosotros tienen valor por sí mismas.
En la mente de todos, los precios, que toda nuestra vida
habíamos manejado en pesetas, nos decían que una cifra grande
era sinónimo de caro, y una cifra pequeña, algo barato. Por lo
tanto, 16 (euros), era una cifra inocente en comparación con su
equivalente en pesetas= 2.662, cuya cifra nos impone por su
dimensión. En nuestra mente 16 es “poco”, y 2.662 es “mucho”.
Este no fue el único factor, pues en esta confusión
generalizada, irrumpió la moneda de un euro, muy parecida en
tamaño y metal a aquella popular moneda de 100 pesetas que
tuvimos en los bolsillos hace ya siete años. En apariencia, la
nueva moneda llegaba a ser casi lo mismo que la antigua aunque
su valor real no lo fuera. Así pues, la cosa empezó primero por
lo más básico e inocente: el café, la caña de cerveza, el
periódico. Donde se pagaba 100 pts., en poco tiempo se impuso el
euro, es decir, una subida del 66%. Este redondeo al alza fue
extendiéndose poco a poco en todos los productos básicos a
medida de que nadie decía nada en contra, nadie protestó. Acabó
siendo un fenómeno poco menos que meteorológico, algo malo que
se nos viene encima y aceptamos con resignación. El resultado:
una enorme facilidad de la población española para aceptar
subidas de precios desorbitadas y sin causa lógica, que hubieran
sido absolutamente imposibles de haberse realizado en pesetas.
Curiosamente los únicos aturdidos por esta situación fuimos los
ciudadanos de a pie, pues las subidas se produjeron únicamente
en los precios. Nuestros salarios no sufrieron subidas
aceleradas y fueron subiendo en porcentajes muy bajos, para nada
similares a los precios. Por lo visto, los que los pagaban no
estaban nada despistados respecto a las cuantías y las subidas
fueron mínimas, como de costumbre. Este funcionamiento tan
dispar entre precios y salarios en el plazo de siete años, ha
producido un empobrecimiento considerable de las clases
trabajadoras, las que no tenemos ningún control sobre los
precios que pagamos ni sobre los salarios que percibimos. Los
trabajadores de toda clase, asalariados, autónomos, pequeños
comerciantes, hemos sido los convidados de piedra en el enorme
festín de ganancias que los bancos y las grandes empresas se han
dado con la moneda única.
Efectivamente, este periodo de introducción del euro y abandono
(ay!) de la peseta ha estado caracterizado por ganancias cada
vez mayores de las grandes empresas: bancos, grandes
corporaciones industriales, empresas energéticas, constructoras,
etc. Los grandes han aumentado enormemente las ganancias justo
cuando los ciudadanos de a pie íbamos perdiendo poder
adquisitivo. Una casualidad nada casual.
¿Qué decían los grandes entendidos en el tema? Los expertos
oficiales en economía (los que salen en la televisión y escriben
en los periódicos de mayor tirada), hablan casi a diario de la
inflación, de la Bolsa, de competitividad, de estadísticas
varias, pero en poquísimas ocasiones se han ocupado de un hecho
tan cercano y conmocionador como las consecuencias de la
introducción del euro salvo para hablar de lo fuerte que está en
el mercado mundial frente al dólar, es decir, para hablar de los
intereses de los económicamente poderosos. Porque no está muy
claro qué es lo que gana el ciudadano de a pie con que el euro
esté fuerte en el mercado mundial cuando aquél cada vez puede
comprar menos cosas con el mismo dinero. Es decir, se está
empobreciendo con la moneda europea y hace frente a carestías
nunca vistas. Algunas asociaciones de consumidores lo
denunciaron, pero los grandes medios de comunicación, prensa,
radio, televisión, no han dado al euro la importancia que
merecía a pesar de sus demoledores efectos en las economías
familiares.
A
la vista de todo lo anterior podemos concluir que, en España la
llegada del euro ha sido un desastre para las economías de la
mayoría de los ciudadanos. Un auténtico timo. Y en consecuencia,
este poderoso símbolo de la Unión Europea, nos muestra a las
claras a quién sirve realmente esta elevada institución, y nos
da una poderosísima razón para que la rechacemos en este formato
de mercado capitalista diseñado para el beneficio de los
económicamente poderosos.
En
la ya inminente campaña para la elección del Parlamento europeo,
tenemos una ocasión de oro para reclamar un debate sobre un tema
real de esta Unión Europea: los efectos del euro en la economía
de los ciudadanos. Hagámoslo y que los políticos de cada partido
se pronuncien.
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