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No consiento que se hable mal de Franco en mi

 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

 

Una situación imposible de aguantar

Luis de Velasco

La Estrella Digital 12 de Marzo de 2009

Atrás, muy atrás -aunque sólo ha pasado un año- quedan aquellos tiempos en que el Gobierno y sus corifeos negaban la crisis económica, incluso llamaban antipatriotas a quienes afirmaban, afirmábamos, esa crisis. Aquellos tiempos en los que, como gran concesión, se hablaba de un "aterrizaje suave" (el deterioro del último año en todos los indicadores de la economía española bate todo lo visto hasta ahora).

La crisis internacional, iniciada en Estados Unidos por la combinación, en síntesis, de codicia y de abandono de la supervisión y regulación, ambos elementos clave en una determinada forma de capitalismo de rapiña, abarca ya el mundo entero con crecientes repercusiones sociales y políticas. No cabe una recuperación rápida, la "V", y la posibilidad de una recuperación tras un valle de recesión, la "U", parece cada vez más lejana. Aparece en el horizonte la temida "L", caso de Japón que lleva más de una docena de años en esa situación. Incluso, acompañada de otra pesadilla, la deflación frente a la cual la experiencia es nula. Cada informe, cada previsión acerca de la economía mundial es siempre mucho más fúnebre que la anterior, desde los organismos internacionales como la OCDE, el FMI o el Banco Mundial hasta los propios gobiernos (el último, a cargo del primer ministro chino), pasando por economistas desde Krugman (quien ve a Obama muy por detrás de los acontecimientos en la economía de su país), hasta Nouriel Roubini (ver su artículo del pasado día 3 en Forbes.com titulado, significativamente, "El sistema financiero de EEUU es efectivamente insolvente".)

Ante esa tormenta seguramente perfecta, aquí seguimos viviendo en la ciudad alegre y confiada. La brutal crisis internacional, ante la cual no se sabe qué hacer, ha caído sobre nuestra propia crisis interna, que es anterior y que responde al agotamiento de un disparatado "modelo" de crecimiento basado en el endeudamiento, el ladrillo y la ausencia de una política económica que hubiese racionalizado algo ese modelo. Una vez reconocida finalmente la crisis, sólo la improvisación, el no saber qué hacer y la carencia de liderazgo creíble es la respuesta. Todo ello, absolutamente insuficiente, cuando vamos camino seguro de los cuatro millones y medio de parados a fin de año, con una baja ya prevista de cerca de un tres por ciento del PIB, resultado de la caída no sólo en el sector de la construcción sino en los sectores industrial y de servicios. Y en lontananza, dificultades crecientes en el sistema financiero con morosidad al alza y problemas no ya sólo de liquidez sino también de solvencia.

¿Puede este Gobierno aguantar esta situación que no solamente es de crisis económica sino también social y política? La respuesta se verá en los meses inmediatos. Se oyen ya voces crecientes que reclaman, como se hizo ya hace algún tiempo en esta columna, la necesidad de un gobierno o acuerdo mucho más amplio que el actual, llámese Gobierno de concentración, transversal, amplio o por simple acuerdo parlamentario. Pero no se trata de reeditar unos nuevos pactos de la Moncloa sólo económicos, es mucho más que eso. Se trata también de la crisis de un modelo de Estado, el de las Autonomías, que es un pesado lastre, como ahora se está demostrando. Son, por ello, imprescindibles reformas a fondo, desde la ley electoral hasta determinados artículos de la Constitución. Seguramente todo esto es pedir demasiado a nuestros dirigentes políticos, dedicados a otras cosas. Pero si el Gobierno Zapatero no está por esa labor, que disuelva el Parlamento, que convoque elecciones y que el electorado decida. Pero algo hay que hacer porque lo que hay ahora y lo que se nos viene encima no lo aguanta este Gobierno.

 

 


 

 

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