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Incierto se presenta el reinado
de Witiza
Antonio Flórez
A este
lado del Rubicón 3 de Marzo
de 2009
Los titulares de todos los medios de
comunicación resumen los resultados electorales en Euskadi, con
pocas diferencias de lenguaje y matiz, en un lacónico: "han
ganado los no nacionalistas". Más allá de la precisión
anecdótica de que en "el otro bando" había también alguna fuerza
no nacionalista (EB-B), la cosa es cierta.
Comprendo que en las filas del PSE haya la alegría propia de
quien ha subido más que ninguna otra fuerza en votos y
diputados, y que pueda plantearse, por primera vez desde 1978,
la posibilidad de gobernar la comunidad autónoma sin el concurso
de una fuerza nacionalista. Pero esa alegría debería terminar
justo nada más empezar. Salvo para aquellas gentes que buscan en
el PSE un refugio españolista frente al nacionalismo vasco
ciertamente agobiante que se respira en la CAV, para el resto
del PSE debería hacerse evidente que su única posibilidad de
gobernar sin recalar de nuevo en el puerto peneuvista, pasa por
hacerlo con la derecha más rancia, probablemente la más anclada
en el pasado de todas las del Estado español. Y, no hay que
olvidarlo, con el concurso también de Rosa Díez, la persona
probablemente más odiada a título personal por el PSOE de
cuantas puedan ponerse como alternativa de pacto.
Las cuentas salen si los socialistas se deciden a intentar
formar un gobierno PSE-PP-UPyD. Un gobierno así es una apuesta
arriesgadísima porque no es lo mismo ganar una investidura en el
Parlamento que gobernar realmente. Esto último, en un territorio
como el de Euskadi, es algo que hay que poder hacer contando con
la contestación de la calle, algo que no sólo existe (a
diferencia del resto del Estado), sino que adquiere a menudo un
papel protagonista. Por otro lado, formar ese gobierno y
lanzarse a las procelosas aguas de la navegación contra
corriente podría tener como consecuencia una polarización y
radicalización mayor en Euskadi de la que se ha vivido hasta
ahora, cosa que sólo los ignorantes políticos pueden desestimar
por imposible. Aquí radica el riesgo.
En Euskadi ha habido en torno a un doce por ciento de votantes
que no han podido expresar su preferencia política porque su
opción ha sido ilegalizada, no sólo esta vez sino en todas las
recientes ocasiones. Se trata, pues, de un porcentaje muy
significativo que ha tenido tiempo de sobra para aceptar que no
hay camino pacífico y legal para ellos, ya que el propio Estado
se ha encargado de cerrarlo. Esta masa de gente (en torno a cien
mil personas, muy activas en su mayoría) encontrará en un
gobierno PSE-PP-UPyD un caldo de cultivo inmejorable para
recoger el descontento de otra masa próxima y en muchos sentidos
concomitante, como es la de los votantes del PNV. Un partido
que, en la hipótesis de la que hablamos, estaría por primera vez
fuera del gobierno en su propio territorio. O sea, un partido
resentido y con el despecho a flor de piel.
Así pues, en mi opinión un gobierno del PSE con la derecha dará
como resultado una radicalización de los sectores nacionalistas
y de la oposición social, más allá de lo meramente
institucional. La cuestión para el PSE está en saber si será
capaz de salir victorioso de esa confrontación (en cuyo caso
podría optar al premio gordo: la "normalización" política de
Euskadi, ¡ahí es nada!), o si tendrá que apearse de la burra y a
mitad de carrera acabar buscando un cambio de alianzas y de
políticas (con el seguro resultado de una pérdida de
credibilidad como principal valedor de lo españolista frente a
lo vasquista).
En el capítulo de la curiosidad política quedaría el hecho de
que probablemente una alianza de esa naturaleza en Euskadi
pusiera al PP en un papel impensado, ya que la ruptura respecto
al PSOE que probablemente haría el PNV podría poner a éste en la
tesitura de ofrecerse en el parlamento español como aliado
condicional del PP para tumbar al PSOE. No hay que olvidar que
el PNV y el PP son dos partidos que podrían entenderse
perfectamente en el 80% de sus respectivos programas si no
estuviera de por medio la cuestión nacional. De esta forma, el
PSOE podría tener que optar entre gobernar Euskadi y quizás
perder el gobierno central, o justamente lo contrario.
El dilema para Patxi López es que en las actuales
circunstancias, tras los enfrentamientos de los últimos años y
en la actual situación política de la comunidad autónoma,
orientar el pacto hacia una reedición del de otros tiempos con
el PNV sería tanto como hundirse en la pérdida de una identidad
cuidadosamente elaborada por este candidato tenaz y paciente.
Qué solución le queda, es cosa que no se me ocurre, y esa
aparente inviabilidad de cualquiera de las opciones del PSE es
la que me lleva a ver posible un nuevo gobierno del PNV, aunque
sea en minoría.
¿E Izquierda Unida? Pues ha seguido la línea descendente que
lleva experimentando en el resto del Estado desde hace una
decena de años, pero creo que en esta ocasión las razones han
sido muy distintas. Madrazo y su formación han navegado con más
coherencia y rectitud de la que han podido verse en muchos otros
lugares. Ha tenido EB-B una consejería con gran visibilidad y
apropiada para lucirse un partido de izquierda, y ha aprovechado
la oportunidad. Su desempeño habría resultado mucho mejor
valorado, probablemente, en otras circunscripciones. La mala
suerte es que Euskadi es un territorio extremadamente
politizado, donde se juegan dos tipos de cosas: unas opciones de
trasfondo eminentemente ideológico (las relacionadas con la
"cuestión" nacional); y otras de carácter político de altos
vuelos (las que tienen que ver con unos presupuestos muy altos
para una de las comunidades autónomas más ricas de España). En
este contexto, la política social que se dibuja tras una gestión
como la que EB-B ha hecho en materia de vivienda social
(principal bandera del partido) queda desdibujada, como sin
relevancia, por más que en el fondo y a largo plazo, la tenga
para miles de personas.
Izquierda Unida no va a poder ser una alternativa en Euskadi
para aquellas personas que no quieran ceder al chantaje de las
circunstancias; para aquellos que prefieran seguir contemplando
la política y sus opciones personales en ese terreno, en
términos sociales y no nacionales (pro o anti, que tanto da a
ciertos efectos). La cuestión es si Aralar (una fuerza con más
equilibrio entre sus preocupaciones sociales y las nacionales)
podrá recoger ese testigo, o si fenecerá en ese Mar de los
Sargazos que se está formando por aquellos lares.
La solución, como diría un buen aficionado al mus, se presenta
más incierta que el reinado de Witiza.
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