¿Quo vadis,
Patxi?
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Las malas
costumbres ibéricas se centran en la
envidia, la soberbia, el racismo, el
clasismo, el españolismo imperialista,
la violencia gratuita y el humor
estúpido, entre otras muchas lacras
heredadas de los sistemas monárquicos y
dictatoriales que se han sucedido a lo
largo de más de veinte siglos. Pero hay
ocasiones en las que uno tiene que
reconocer que, a pesar de los pesares,
existen personajes, como Sancho Panza,
que responden a un prototipo de
ciudadano común, aunque se nos pueda
tachar de utilizar esquemas simplistas.
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Es el caso del
protagonista de la mayor parte de los chistes
acerca de los vascos (bastante malos, por
cierto), en los que casi siempre brota un tal
Patxi, cuya inteligencia resulta bastante
dudosa, aunque no así su constancia y simpleza.
Parece que la excepción confirma la regla, y
algo que me parecía una solemne memez, como los
chascarrillos sobre la gente de esa villa tan
hermosa como Lepe o los dedicados a polacos,
irlandeses y belgas, sostiene algún viso de
realidad cuando el héroe (dicho sea con toda la
ironía) se llama Patxi López, que sin reconocer
que el partido al que representa ha recibido
muchos menos votos que el comandado por
Ibarretxe, se emperra en superar las estupideces
de su hermano gemelo (el de los chistes), para
conducir a Euskadi por el camino de la sinrazón,
la soberbia, el españolismo casposo y el
desprecio a toda sensibilidad nacionalista o
abertzale. Patxi, como el de las bromas, cuando
repasa una guía telefónica, no sólo lee sino que
razona.
Es sabido que la soberbia suele ser mala
consejera, y más aún si desde el exterior se
anima al animal que cree haber llegado a la
tierra prometida para conquistarla, eso sí,
conculcando todas las leyes naturales. Como
Cristóbal Colón cuando arribó al nuevo mundo,
creyendo que estaba en las Indias, Patxi sabe
que su ascenso electoral le podría legitimar
para presentarse a lehendakari, si admite a
priori tres incontestables verdades: la
primera, que Ibarretxe y su PNV, como ya dije,
ha sido el partido más votado; la segunda, que
sólo con el apoyo del Partido Popular, es decir,
de los neo franquistas que jamás condenaron el
terrorismo, podría darse el desastre de que
ocupara el cargo; y la tercera, que si se diera
tamaña artimaña, sería producto de una enorme
mentira: la que niega que más de 100.000
ciudadanos vascos votaron a la ilegalizada (que
no ilegitimada) formación D3M, cuyos siete
diputados (válidos en un verdadero estado de
derecho), bastarían para impedirlo.
Patxi, cuyo éxito electoral no es otro que
haber conseguido que los votantes del PP, se
pasaran a la piscina del PSOE (en Euskadi son
casi los mismos), olvida que está muy claro que
entre un partidario de aquellos y uno de los
suyos, media la misma distancia ideológica que
entre Fraga Iribarne y Rosa Díez. Conoce, pero
le importa un comino (como a su correligionario
aragonés Belloch), que sus hermanos del Popular
aplaudan cuando ven en la pantalla el bombardeo
de Guernika, cuando se enarbola la bandera del
águila imperial, cuando se enaltece la memoria
de un obispo pedófilo o cuando se tortura a un
sospechoso.
Con su soberbia decisión de no pactar con el
PNV, Patxi va a provocar más dolor, más saña,
más lágrimas, más injusticia, en unos tiempos en
los que la recesión económica golpea a los
ciudadanos vascos y españoles. Un marco ideal
para un chiste lúgubre. Patxi se ríe así de las
decenas de miles de muertes provocadas por el
golpe militar del infame Caudillo, al que siguió
una larga y cruenta represión, que golpeó a
concejales/as, alcaldes/as y diputados/as, así
como al conjunto de los republicanos y
republicanas con la muerte, cárcel, depuración,
humillación y exilio. El PP se negó en el
parlamento europeo a condenar esos hechos. Patxi
será lehendakari, pero con los votos de quienes
apoyaron y aún no han condenado el terror
franquista, la incultura, la venganza, el odio y
la represión sistemática.
Y es que Patxi
López es, sin duda, un chasco, una cuchufleta
negra, una burla a la democracia. Y el PP, su
mejor aliado.