Nuestro populismo
enmascarado
Lluis Casas
Con la
crisis económica del 2008 están aflorando sin pintura de
recubrimiento alguna las capacidades reales de hacer
política, la plasmación en el momento concreto de la esencia
de la cada opción parlamentaria o social, la concreción de
la concepción profunda de la democracia, o del gobierno y la
capacidad real de impulsar pensamiento y acción para un
mundo mejor en este momento solemne (frase que atribuyo aquí
a casi todas las opciones políticas democráticas sin
discriminación). Esto es aplicable, faltaría más, también a
las personas, como nuestro equipo económico encabezado (¿?)
por el tío Solbes. Los interrogantes anteriores se aplican a
la duda provocada sobre la capacidad de discernimiento y de
acción, incluso de pensamiento libre de prejuicios, del
superministro y del equipo que le da apoyo. En enero del
2009, cuando todo el orbe sabe al dedillo todo lo de la
crisis, el ministro se descuelga con una confesión intima a
un periódico: existe la crisis y será dura. Una confesión
que ha demorado nada menos que 9 meses. Añade, para alarma
de todos, que ya no sabe qué hacer.
En el corto
trayecto que va del verano del 2008 hasta hoy día, han sido
muchos los personajes de la política, de la economía y del
mundo social y sus respectivas organizaciones que han
quedado al descubierto. Como la relación es larguísima, me
abstengo de citarla exhaustivamente, y dejo dicho quiénes
son haciendo una finta y citando a los que a mi parecer sí
han estado a la altura (a alturas diversas, pero alturas).
En Europa Brown y Sarkozy, llevando a remolque a alguien que
ha dado la sorpresa por su timidez, Angela Merkel. Todos
ellos líderes de gobierno o estado. Desde las oposiciones
parlamentarias nacionales ha sido más difícil salir a la
palestra. Unos que lo tenían muy bien por su tradición
reciente, la izquierda francesa, liados como estaban a
lanzarse ladrillos han perdido una oportunidad de oro y han
dejado el terreno exclusivamente para ese tiburón de Sarkozy.
Los líderes
europeos, o los grandísimos funcionarios europeos, han
brillado por su ausencia, algunos han seguido la estela más
cercana u obligada, como el presidente de la comisión, que
casi nunca tiene nada que decir. Incluso algunos muy
significados están dejando ir aire económico a
regañadientes, es decir, décimas de tipo de interés,
comiéndose una vida pública basada en el dejar hacer a los
financieros peligrosos y ahora innombrables, o en perjudicar
el componente social de la política, del gobierno y de la
economía. No citaré a los sindicatos, sintiéndolo
profundamente, no sé que citar. Y en cuanto a empresas y
empresarios, el dios del autobús urbano de Barcelona nos
coja confesados.
En los EEUU,
detonador del asunto de la crisis y esquina hacia la que
todo el mundo mira hoy día, hemos visto una rebelión a bordo
en la Casa Blanca con mutaciones vertiginosas desde el
liberalismo libérrimo a la nacionalización de la banca. Con
el presidente cesante a remolque, sin enterarse de nada o
haciendo de rémora. El cambio ha sido de tal magnitud que no
lo hemos digerido aún. La pugna por dejar hacer a la crisis
creando millones de parados o de inaugurar un largo período
de dirección pública de la economía no está decidida. Los
ilustres republicanos reaganianos, junto a sus
correspondientes demócratas, se resisten a ceder y luchan
por ver en directo un nuevo 1929. Una lucidez de espanto.
Con todo, la reacción estadounidense ha sido rápida, tal vez
menos acertada que la inglesa o menos clara que la francesa,
pero dados los parámetros de allí, en Washington, hay que
reconocer que nadie podía esperar tamaño cambio. Además, la
llegada de un presidente adulto y letrado puede dar mayores
esperanzas a un reformismo global en detrimento del infierno
liberal.
A todo eso, en este
rincón del mundo, apartado de las corrientes de pensamiento,
de los flujos de información cualificada, de las nobles
influencias ideológicas, rincón en donde nada es cierto o
mentira y donde sólo cuenta una riña de corral entre gallos
desgastados y con poca pluma que lucir, miramos el exterior
perplejos y en ocasiones deslumbrados. Cómo es posible
-pensamos desde aquí- que Sarkozy, líder de la derecha
francesa, les diga a los morros a los banqueros que se han
acabado los repartos de beneficios mientras haya que pagar
la factura pendiente. O que hay que cambiar profundamente la
concepción de la riqueza y el enfoque financiero. Palabras
mayores que obligan a mucho, independientemente del grado de
sinceridad de quien las utiliza. Lo mismo ocurre con lo
hecho por Brown, que como buen escocés hace y habla menos
que su homólogo francés. Y no digamos del debate en
profundidad entre los ilustrados americanos en torno al
keynesianismo, al papel del estado en la economía, etc.,
etc.
Por lo que sé, aquí
todos dicen lo mismo (expresión amable del gran Woody Allen):
a mi plin que duermo en pikolín. Ideas pocas, ya que deben
estar prohibidas, tanto entre los políticos, como entre los
académicos de la economía. Nadie se moja. Me temo que
estamos cortos de meninges oficiales, oficialistas o
simplemente voluntarias.
Es duro asistir a
un más que probable renacer de una concepción social de la
vida económica y no ver cómo la pedagogía política de la
izquierda ocupa esa plaza de divulgador, de aportador de
novedades. ¿O es que no tenemos ni socialdemócratas en
España?
Lluís Casas,
menchevique