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No
es arte matar
Francisco
Valdivia
UCR
19 de Marzo de
2009
En el siglo XVII las corridas de toros
tenían lugar en las plazas mayores. Éstas eran valladas,
arenadas, y se disponía todo para que constituyera una diversión
popular. Hijosdalgo de a caballo exhibían su valor y montura,
dejando paso a espontáneos del pueblo que inventaban mil y una
suertes a cual más cruenta y osada para acabar con el salvaje
bruto. Famoso fue el caso de un zapatero que alanceó
espectacularmente a un toro desde abajo, dejándolo ensartado y
escapando milagrosamente ileso, como recoge el relato de un
viajero francés. Los toros, y otros festejos civiles y
religiosos, contribuían a reforzar y consolidar entre el pueblo
– arrasado por el hambre, la peste y la guerra - el mensaje de
conformismo que se transmitía a través de los medios de la
época: el teatro, la iglesia, y la literatura de ficción para
los que sabían leer.
Fue durante la monarquía abosoluta de
Fernando el deseado cuando la fiesta de los toros
recibió, por deseo de este príncipe, la reglamentación que
conserva hoy día. Bien sabía Fernando que al pueblo había que
tenerlo entretenido, y que los espectáculos atroces eran de gran
efectividad, pues aprovechaban los instintos primarios del vulgo
inculto, el gusto por la crueldad y la identificación con el
matador chulesco, aspectos que han llegado a conformar un
producto cultural cuya esencia es la crueldad innecesaria hacia
un animal, y su fin último el adocenamiento, el control de la
masa.
La actual consideración social y mediática
de la fiesta de los toros, y los poderes económicos que ha
llegado a forjar, hace que hoy día ni siquiera se llegue a
plantear la supresión de las suertes sanguinas, y así reducir a
arte, valor humano y belleza animal el espectáculo. La fiesta de
los toros – en su forma actual – es uno de los tumores malignos
de la cultura española. A su luz, se explica la crueldad de los
generales rebeldes, el celo fanático de los inquisidores... A su
luz, las banderillas y estoques que el pueblo español ha
soportado durante siglos. Sintiéndome pueblo, y pueblo
republicano, sólo puedo identificarme con el toro que muere en
la plaza, vomitando sangre, extenuado hasta el límite de las
fuerzas, sin saber lo que le han hecho ni por qué. No hay
belleza en la tortura, ni es arte matar.
Francisco Valdivia
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