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La nacionalización de la miseria
Pilar Izquierdo Teruel y Julio Ortega Fraile
UCR
28 de Abril de 2009
El
nuevo puesto de trabajo para un miembro de la Familia Real en
una Empresa española en EEUU, invita a reflexionar una vez más
sobre algunos de los aspectos que vivimos – debería de decir
soportamos – en este País. Iñaki Urdangarín ficha por la
telefónica transoceánica como Consejero Delegado con un sueldo,
se dice, de un millón de euros al año. La Infanta Elena trabaja
en Mapfre como Directora de Proyectos Sociales y Culturales -
¿incluirá esto las corridas de toros a las que asiste? - y
percibe, se comenta, unos doscientos mil euros; el de su hermana
Cristina en la Fundación La Caixa ascendía, se murmura, a una
cantidad similar.
El
ERE de Telefónica entre 2003 y 2007 supuso que unos catorce mil
trabajadores se fueran a la calle y hace muy pocos meses, se le
aprobó otro por el que medio millar de empleados del área de
móviles han corrido la misma suerte. Estamos hablando de una
Compañía que en 2007 tuvo unos beneficios de nueve mil millones
de euros.
Mapfre obtuvo en 2008 unos beneficios netos de cerca de mil
millones y La Caixa próximos a los dos mil. Contra ambas
entidades se han presentado en los últimos tiempos varias
demandas por despido improcedente.
De
acuerdo que la Empresa privada puede hacer lo que le venga en
gana, ¿o no?. Pues sólo hasta cierto punto, porque cuando su
conducta afecta negativamente a ciudadanos de a pie, es
necesario examinar detenidamente sus actuaciones sobre todo si
con una mano ceba al privilegiado y con la otra escatima a los
parias del Capitalismo.
Puede ser entendible, aunque jamás dejarnos indiferentes, que un
pequeño empresario tenga que despedir a dos de sus tres
empleados porque no es capaz de sobrevivir por falta de
ingresos, pero que una gran Compañía arroje al desempleo a
cientos o miles de obreros y a uno solo de los que tiene en
plantilla le pague un sueldo equivalente al salario de cien, y
encima que lo haga por la repercusión mediática que tal fichaje
le proporciona, es indecente y más en lo que nos quieren vender
como un “Estado de bienestar”.
En
España los servicios esenciales y hasta los supuestos derechos
universales recogidos en la Constitución se están privatizando;
todo aquello que sea susceptible de venderse sale al mercado y
se le ofrece al mejor postor o al que se conozca los atajos
hasta el despacho adecuado. Me dirán que la educación o la
sanidad son servicios fundamentales y públicos, es cierto, pero
¿qué está ocurriendo?. Que tanto una como otra se están viendo
privadas de recursos por parte de la Administración para de ese
modo empujar a los ciudadanos hacia su versión privada. El mejor
ejemplo lo tenemos en la Comunidad de Madrid, donde hasta se
ponen en manos particulares colegios edificados sobre terreno
público y con recursos de la Comunidad, o sea, pagados por todos
los madrileños.
Cualquier actividad gestionada por la Administración que genere
ingresos sustanciosos acaba por convertirse en un bien puesto en
venta y los beneficios que produce, que tendrían que destinarse
a una mayor percepción salarial de los obreros, a la
investigación, a cubrir el déficit de otros servicios
indispensables pero no rentables y a la reinversión para generar
más puestos de trabajo, resulta que después de la transacción
van a parar al insondable bolsillo de unos pocos favorecidos. El
Estado cobra, el gran empresario aumenta su patrimonio y el
Pueblo, como siempre, sufre las consecuencias del expolio a
manos del poder. Lo único que permanece nacionalizado es la
miseria, esa sí que es acervo público. Los ciudadanos nos hemos
quedado reducidos a cooperativistas de la miseria y aún ésta,
hemos de emplearla en abonar a particulares lo que se suponían
derechos universales.
A
qué espera, por ejemplo, un Partido Político al que se le
cayeron las siglas que sonaban a proletariado y a justicia, para
nacionalizar la banca. Tiene en sus manos la fórmula para acabar
con los desmanes de un sector que cuenta con bula para robar y
sin embargo, sigue echando de comer a la bestia mientras la
hambruna va haciendo cada vez más mella entre los ciudadanos.
Y
a qué esperamos nosotros para salir a la calle e impedir que
esta situación de desprecio y de indefensión continúe. Supongo
que a estas alturas no estaremos confiando todavía en la
intercesión de ciertos interlocutores sociales de gran
influencia y de cuyas prebendas estatales no quiero acordarme,
porque está claro que desde el despacho que sus dirigentes
ocupan, siguen “sin ver las condiciones” para pasar a una acción
efectiva y sobre todo, que demuestre que son dignos de los
valores que dicen defender; tal vez es que cobran y mucho por
prostituirlos.
Sueldos millonarios para reyes, príncipes, infantes, consortes,
ministros, alcaldes, consejeros delegados y demás sanguijuelas
del Sistema; subvenciones y ayudas económicas fabulosas para una
iglesia tridentina o para la tauromaquia; permisividad absoluta
para regulaciones de empleo oportunistas en empresas boyantes y
en el otro lado del euro: paro, deudas, embargos, carencia de
bienes fundamentales, asistencia sanitaria pública inadecuada,
educación pública precaria, indiferencia ante las
reivindicaciones sociales y un desprecio infinito por el Pueblo.
Un Pueblo que sigue sin darse cuenta de que de su silencio y de
su abulia nacen la penuria que padece y una esclavitud de la que
aparenta no ser consciente, un Pueblo que por lo tanto, está
abocado a ser la víctima propiciatoria una y otra vez.
El
Sr. Urdangarín se irá a Estados Unidos y nosotros, seguiremos
arrastrándonos por las páginas de ofertas de empleo de los
diarios y por la de los resultados de la lotería, para al fin
doblar el periódico pensando: “tal vez mañana...”. ¡Siempre
mañana!, pero la tragedia es hoy y sus consecuencias, quizás nos
lleven a arrepentirnos demasiado tarde de nuestra nefasta
cobardía. Los grandes cambios no se logran mendigando y
consintiendo, sino plantando cara a quien nos somete a tales
humillaciones, pero parece que hasta la dignidad la tenemos
hipotecada y no nos queda valor para recuperarla.
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