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Pilar Izquierdo Teruel y
Julio Ortega Fraile
UCR 21 de
Enero de 2009
En Galicia hay un dicho que reza así: "Mexan por
nos e temos que decir que chove (orinan encima de
nosotros y tenemos que decir que llueve)";
discúlpennos que no traduzcamos el primer verbo de
forma literal, pero aún convertidos en urinarios
queda muy feo ser soez; ya saben, ser "políticamente
incorrectos" no se perdona excepto cuando el autor
es un fenómeno de masas, en ese caso la zafiedad se
denomina moda.

Pues así es, unos cuantos,
la mayoría, nos vemos sometidos continuamente a
una pertinaz lluvia dorada y el recurso del que
echamos mano es abrir el paraguas, los que lo
tengan, claro; otros, con la hipoteca empapada,
el crédito del coche sumergido y la cesta de la
compra transformada en barreño, ni eso se pueden
permitir y ven como la marea renal se lleva sus
escasos bienes y les trae flotando botellas que
guardan en su interior requerimientos de pago,
invitaciones forzosas a clubes de morosos y
amenazas de embargo, documentos todos ellos muy
secos, eso sí, que ya se sabe que los bancos y
las financieras son como islas en medio de un
mar embravecido; lástima que en ellas sólo
encuentren cobijo los que arriban a bordo de un
yate; el resto, náufragos de galeras, a duras
penas podrán alcanzar a nado la orilla, porque
no son pocos los tiburones que merodean su
costa, preparados para convertir en cliente RIP
a todo el que no pertenezca a la categoría de
cliente VIP.
Pues
eso, que mientras el chaparrón no cesa, nosotros
atendiendo con cara de besugos al hombre del
tiempo, o al Solbes de turno, que para
el caso es lo mismo. Si la meteorología no es
una ciencia exacta también es casualidad que las
borrascas siempre se formen sobre los mismos. Y
es que contemplando el mapa significativo del
tiempo apreciamos que mientras encima de los
mileuristas, de los pequeños comerciantes, de
los obreros y de los que son carne de ETT, los
cumulonimbos permanecen inmóviles día tras día
sin que por ello detengan su desarrollo
vertical, sobre los políticos con capacidad para
decidir, los que en su momento lo fueron –
algunos "empleos" son como aquel premio de una
marca de café: un sueldo para toda la vida -,
los presidentes y accionistas de grandes
empresas, los banqueros, La Zarzuela y sobre
unos cuantos apellidos de rancio abolengo, luce
un sol espléndido de forma permanente. Algunos
empresarios de postín, tumbados en su jardín
bajo el "Lorenzo" musitan: "¡Hay que ver la que
está cayendo!", entonces llevan a cabo un ERE
argumentando que su nave se va a pique; no es
cierto, pero han descubierto que arrojando por
la borda a unos cuantos trabajadores y haciendo
que los que continúan remen con más fuerza,
llegarán a puerto igualmente y tendrán que
repartir las migajas sobrantes de su botín con
menos miembros de la tripulación. Total, en
medio de un temporal nadie se va a fijar si su
embarcación zozobraba realmente o no y en todo
caso, ¿quién discute la autoridad del Capitán?.
No hay enfrentamiento entre pares con intereses
comunes.
Tenemos
por otra parte al Estado, que vistas las
torrenciales lluvias ricas en urea decide
repartir flotadores para que nadie perezca
ahogado; lástima que en vez de lanzárselos
directamente a los pobres ciudadanos que
desesperados bracean para no quedar sumergidos
entre cloruros, cetosteroides, fósforos y
creatinina, se los entregue directamente a los
bancos en forma de fabulosas sumas de dinero. Y
es una pena porque estas entidades, con todas
sus obras sociales y sus "queremos ser tu
banco", siguen respondiendo con un "No
cumple Vd. el perfil" o "Su préstamo me
sale rechazado en el programa, lo siento" a
casi todos aquellos que les imploran uno de los
salvavidas otorgados por la Administración.
Y
aunque el caudal de las micciones a las que nos
vemos sometidos es variable y ahora parece que
estamos en época de crecida, lo cierto es que no
llegan jamás periodos secos; hace mucho tiempo
que nos riegan aunque no siempre lo hayamos
apreciado engañados por la presencia de unos
tímidos rayos solares que en todo caso, han
servido para que con su engañoso resplandor, no
advirtamos la coloración amarillenta de los
goterones que se estampan en nuestras cabezas,
reduciéndonos a anfibios conformistas y
creyéndonos que esa es nuestra condición
natural, cuando no es así; el de resignados
batracios es un papel asumido y aceptado, el de
eternos perdedores, el de sojuzgados, el de
orinados, el de simples marionetas bailando al
son que unos pocos tocan.
Hay
un Ser muy poderoso con una vejiga de
dimensiones infinitas que nunca se vacía, se
llama Capitalismo. Este monstruo centenario con
capacidad para mutar sin perder su esencia y
asegurarse así la supervivencia y continuidad,
dispone de un buen número de uretras para
descargar sus interminables reservas sobre la
mayoría de los mortales. Estas "pililitas" al
servicio de un Sistema que es probablemente el
más injusto de los posibles, pertenecen a los
que por cuna, arribismo, amiguismo e incluso
suerte, siempre están por encima del techo de
nubes, a salvo de las intensas precipitaciones a
las que no vemos sometidos el resto.
Seguirán
"mexando por nos" y continuaremos esperando
con el paraguas abierto a que escampe, con la
conciencia enajenada y la voluntad domesticada hasta
tal punto, que estamos convencidos de que nada
podemos hacer por cambiar las condiciones
meteorológicas. Lo triste es que mientras sigamos
permitiendo que regueros de "pis" nos surquen el
rostro, estamos abonando el camino para que nuestros
hijos sean asímismo los destinatarios de tal desecho
líquido. Por supuesto que los que en el futuro ser
orinen sobre ellos serán los vástagos de los que
ahora evacuan sobre nosotros, porque esa es una de
las reglas sagradas del Capitalismo: que el Poder no
cambie de manos. La otra es asegurarse de que
aquellos que tienen espíritu de letrina porque esa
es la herencia que se les ha legado y la educación
que han recibido, crean imposible que exista alguna
alternativa a su condición y por ello jamás se
subleven. La revolución se evita graduando
convenientemente el flujo de orina según las
circunstancias.
Hala,
a seguir tan contentos, que mientras nosotros
tengamos un paraguas, ¡qué nos importan los
demás!. En vez de mirar hacia arriba y comprobar
cómo nos cae el chorro, vamos a ver si somos
capaces de ponernos de puntillas y aliviarnos
encima de alguno que esté peor que nosotros, tal
vez así no reparemos en que unos y otros
flotamos dentro del mismo retrete.
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