UCR
16 de Enero de 2009
Con esto de la crisis,
muchos bancos han ido a la quiebra, y ello puede
ser un sencillo signo de que el mercado está
corrigiendo lo que podría denominarse la subida
al alza, de la proliferación de entidades
bancarias que se traduce en nuestras pequeñas
urbes y capitales, en infinidad de oficinas que
toman a lo ancho y largo todos los bajos
comerciales de nuestras aceras.
Esta inflación bancaria que ahora parece
atemperarse resulta que ha transferido su apogeo
del mundo financiero, ahora frío y distante, al
más bullicioso y efervescente ámbito judicial.
En un mágico sim salabim, todo el
aparato judicial le ha cogido gusto a sentar en
el banquillo a cuantos tienen la desgracia, la
fiscalía se fije en ellos para hacer mérito ante
terceras autoridades políticas e institucionales
de las que depende.
En principio, en un estado democrático, lo suyo
es contemplar si una denuncia o querella procede
o no procede para llevarse a juicio, pues el
hecho de que un ciudadano se vea sometido a un
proceso, en sí mismo ya es grave, pues aún
cuando impera en el derecho positivo la
presunción de inocencia, es un hecho que al
margen del derecho, lo que percibe la
ciudadanía, es la proyección de una espesa
sospecha sobre el encausado, tanto es así que es
vox pópuli que aparte de la multa, de castigo
que se colige de una sentencia firme, también
hay lo que ahora es denominado Pena de
banquillo, acaso más sufrida y vergonzante
que lo que posteriormente le pueda corresponder
a uno siendo culpable.
Sea entonces que la inflación bancaria sea ahora
un exceso de pleitos y causas abiertas a diestro
y siniestro en los tribunales de justicia, sin
el debido filtro que corresponde antes de llegar
y sentar en él a un ciudadano libre y sin tacha.
Pero no es éste el asunto que me trae a escribir
éstas líneas, aquí y ahora, sino mi auténtica
decepción y malsana envidia por ver el
tratamiento que le han dispensado al presunto
malhechor de Ibarretxe, pues hete aquí que
siendo yo juzgado y absuelto por toda una
Audiencia Nacional, vime obligado a compartir un
minúsculo banco —fue entonces cuando entendí
porqué se le llamaba banquillo al de
los acusados— con otros dos inculpados y sin
embargo, ahora, he visto con mis propios ojos
cómo al interfecto, en un vulgar juzgado de
provincias, le han otorgado un banco para él
solo, todo un derroche de espacio, máxime cuando
el susodicho no hiciera uso del mismo para
tumbarse en él y hacer la siesta, como hubiera
sido lo propio en dicha circunstancia,
prefiriendo acoquinarse en uno de sus laterales,
evidenciando aún más si cabe, semejante
despilfarro.
Es aquí donde yo también aprecio una inflación
bancaria dentro de la inflación bancaria
antedicha. No sé si esto ha creado precedente en
la jurisprudencia, pero desde aquí, exijo que en
mi próxima visita a la Audiencia Nacional se me
entregue un banco para mí solo y una almohada
cojinera, con la que poderme tocar los pies o la
cabeza, según quiera relajarme o dormir
plácidamente mientras delibera el tribunal las
distintas cuitas en sus haberes y deberes
políticos que no de justicia.