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Es la
estructura, no el mercado laboral
Albert Recio
Mientrastanto 13 de Mayo de 2009
I
Seguimos
en las mismas. La dramática destrucción de empleo existente en nuestro país
conduce una y otra vez al mercado laboral como centro y final de las políticas
económicas. Ahora es el nuevo manifiesto
http://www.crisis09.es al que El País ha dedicado una insistente
publicidad: primero en las páginas salmón del domingo 26 de abril, al día
siguiente en la columna de Joaquín Estefanía y el martes en el artículo de
opinión de Ramón Marimón. La razón central de tanta noticia es que se trata de
un manifiesto firmado por “los más prestigiosos economistas académicos del
país”. Y por tanto hay que darles crédito pues han llegado a esta conclusión
tras una profunda reflexión intelectual.
Leído
el manifiesto se observa un total paralelismo con los argumentos
que en su día ya lanzó el Gobernador del Banco de España. No hay
casualidades, los verdaderos autores de la propuesta son los
mismos que desde hace años controlan la línea de análisis del
mercado laboral que se elabora en el Servicio de Estudios del
Banco de España y en la Fedea (la Fundación de las Cajas de
Ahorro) y que sin duda son los responsables del presente
documento. Se trata de personas que hace muchos años están
haciendo el mismo discurso sobre la necesidad de flexibilizar el
mercado laboral español, y que suelen ser especialistas en
retorcer su análisis cuando la realidad les da la espalda. En la
década de los ochenta sostenían que la rigidez del mercado
laboral y la excesiva protección al desempleo (en un período en
el que menos del 25% de los parados recibían alguna prestación)
era la causante del elevado desempleo español. En la década
siguiente, cuando la tasa de temporalidad ya estaba en el 30%
adujeron que la rigidez provenía de la propia temporalidad, pues
este colchón de temporales permitía a los empleados fijos estar
a salvo de los ajustes de plantilla. Un argumento que eludía la
evidencia que en la crisis de 1991-1994 se destruyera
básicamente empleo estable. Después han seguido con variaciones
del tema con independencia de las numerosas reformas habidas
desde 1994 y que han afectado a las normas de despido, a la
negociación colectiva y con una larga experiencia de negociación
colectiva dominada por la moderación salarial. Da igual, el
problema del desempleo sigue residiendo en su opinión en la
dualidad del mercado laboral (fijos hiperprotegidos, temporales
precarios), el carácter inflacionista de la negociación
colectiva, la falta de incentivos a la búsqueda de empleo debida
a un exceso de duración de la protección y cosas por estilo.
II
Su
argumento llega en un momento aparentemente adecuado. Cuando se
puede constatar que en este momento sí que la destrucción de
empleo se ha cebado más en los temporales que en los fijos y
cuando se acaba de anunciar que los salarios en el último
trimestre subieron casi un 5%. Lo segundo es mero engaño para
inexpertos. Lo primero requiere una explicación más compleja.
La
encuesta trimestral de salarios recoge el
salario medio que reciben los asalariados empleados en el
trimestre en cuestión. Entre dos trimestres puede que hayan
variado los salarios o el volumen de empleo, y ambas variaciones
afectarán al dato final. En situaciones como la actual donde se
reduce el empleo, el salario medio del trimestre anterior se
obtenía de un número mayor de asalariados que el siguiente. Si
los empleos destruidos se han producido entre los personas con
salarios más bajos, la media del trimestre siguiente dará un
resultado superior simplemente porque los que han mantenido el
empleo cobran más. Un pequeño ejemplo numérico puede servir.
Supongamos un país con asalariados de dos tipos, unos ganan 2000
euros al mes y otros 1000. Supongamos que en este país trabajan
3 millones de personas, 1 millón del primer grupo y el resto del
segundo. El salario medio será por tanto de 1333,33 euros al mes
(sumamos 2000 x 1 millón y 1000 x 2 millones y lo dividimos por
3 millones). Al trimestre siguiente se han perdido medio millón
de empleos, 100 mil del grupo uno y 400 mil del grupo dos. Los
salarios no han cambiado. Cuando repetimos la operación anterior
obtenemos un salario medio de 1360 euros mensuales, el salario
medio de los ocupados ha aumentado sin que nadie haya
experimentado ninguna mejora salarial, simplemente es que ahora
hay una proporción menor de ocupados con bajos salarios. Esto es
lo que explica el ultimo dato de salarios, nada que ver con
negociación colectiva sino simplemente una muestra más de lo que
llamamos “efecto composición”. De hecho, este ha sido un
importante elemento de moderación salarial en años anteriores,
pues sistemáticamente se han estado creando empleos en sectores
u ocupaciones de salarios bajos (por ejemplo vía sustitución de
trabajadores con antigüedad por jóvenes que entraban en la
empresa en condiciones a menudo contractualmente distintas).
Ahora que se destruye empleo, y esta destrucción se ceba más en
los trabajadores con menores salarios, el efecto es el inverso.
Un cálculo rápido a partir de los datos de la contabilidad
nacional (http://www.ine.es)
muestra que entre 2001 y 2007 las remuneraciones de los
asalariados pasaron de representar un 49,5% de la Renta Nacional
Bruta a un 41,5%, en un período donde creció el porcentaje de
población asalariada. Un cambio en la distribución de la renta
que difícilmente se sostendría de tener una negociación
colectiva inflacionista.
Más
complejo es el tema de los cambios en el empleo, pero cuando se
analizan de forma detallada las cosas aparecen bastante más
complejas de lo que sugieren los firmantes del manifiesto.
Comparando la evolución del empleo asalariado entre el cuarto
trimestre del 2007 y el primero del 2009 lo que puede resultar
sorprendente es que mientras en conjunto se destruyen 1,03
millones de empleos este valor es el resultado de una
destrucción de casi 1,19 millones de empleo temporales y la
creación de 0,16 empleos fijos. Una evolución tan sorprendente
obliga a pensar que debajo subyacen cambios en la estructura
ocupacional. La primera pista es que mientras que en el caso de
los hombres se destruyen tanto empleos fijos como temporales (en
la proporción aproximada de 1 a 10), en el caso de las mujeres
se pierden muchos menos puestos de trabajo y se generan más de
un cuarto de millón de empleos fijos. Conocida la enorme
segregación ocupacional por género no hay duda que explicar lo
que ocurre requiere analizar las cosas con más detalle. En
primer lugar constatar que de nuevo el sector público se
comporta de forma diferente que el privado y es el causante neto
de 2/3 de la creación de nuevos empleos estables, el resto son
básicamente empleos femeninos en el sector privado. Cuando
analizamos lo que ha ocurrido por sectores volvemos a comprobar,
otra vez, la importancia del efecto composición. La enorme
destrucción de empleo temporal es en gran parte debido al enorme
peso del empleo temporal en los sectores en los que se ha
concentrado en mayor medida la crisis, especialmente en el caso
de la construcción, el comercio, la hostelería. En el sector
industrial, donde la destrucción de empleo ha sido intensa,
efectivamente los empleados temporales están más afectados, pero
en una proporción menor, por cada dos empleos temporales
destruidos desaparece uno de estable (contando que muchas
empresas dilatan el ajuste de plantilla mediante el recurso a
expedientes temporales). En resumen los procesos de creación y
destrucción de empleo obedecen a lógicas bastante más complejas
que los simples modelos duales con los que se manejan este
sector de economistas. En la estructura del mercado laboral
español hay enormes desigualdades pero estas no pueden limitarse
al sencillo esquema fijo-temporal sino que afectan a un conjunto
mucho más diverso de variables. Por ejemplo, en el seno de una
investigación sobre el sector auxiliar del automóvil hemos
podido detectar empresas de un mismo grupo con diferencias
salariales de un 30-40% entre sí. Diferencias que el grupo
empresarial consigue mediante la aplicación de convenios
colectivos diferentes en cada planta. Precisamente el
fraccionamiento de la negociación colectiva (lo que pide el
manifiesto comentado), combinado con los complejos procesos de
subcontratación, ha generado una enorme variedad de situaciones
laborales y una grandísima precariedad social de los actores.
De
la misma forma que un análisis de largo plazo de la evolución
del desempleo permite observar que la evolución del paro de
larga duración (parados que llevan más de un año sin empleo)
tiene un comportamiento claramente cíclico: crece
espectacularmente en los períodos de crisis aguda y se reduce
también drásticamente cuando el empleo se recupera. Lo que
explica esta evolución no es la existencia de un sistema
excesivamente paternalista de protección al desempleo sino el
proceso de creación y destrucción de empleo sobre el que las
personas desempleadas tienen poca o ninguna incidencia.
Si
la
economía española se ha caracterizado por algo en el período
neoliberal es por la exageración de los procesos del mercado
laboral. Con fases de aguda destrucción de empleo (fijo o
temporal) y otras de creación rápida, pero a menudo poco
consolidada. Cuando se entra al detalle de estos procesos se
advierte la importancia de los aspectos estructurales. Del tipo
de sectores en los que se concentra la actividad productiva, del
tipo de empresas, de los modelos de gestión de la fuerza de
trabajo. La ausencia, por ejemplo, de una formación profesional
de calidad es en gran medida producto de la reluctancia
empresarial a generar procesos que no sólo “formen” sino que
generen “reconocimiento profesional” que deberá traducirse en
salarios y condiciones laborales. De la misma forma que el
modelo migratorio de los últimos años ha sido promocionado con
profusión como un medio para obtener una fuerza de trabajo
dócil, barata y “flexible”. Sin cambios en la estructura
productiva, en los modelos de gestión social, sin un
reforzamiento del sector público va a ser difícil salir de la
pesadilla social que significa una economía que oscila
recurrentemente entre el paro masivo y el empleo de mala
calidad.
No
deja
de ser una muestra de cinismo o de supina ignorancia encabezar
un manifiesto (o un artículo) aduciendo que la crisis no la ha
causado el mercado laboral para a continuación hacer recaer todo
el cambio del modelo en reformas en este campo. Sin apuntar
propuestas en otras direcciones. Uno siempre había supuesto que
buscar las causas era una buena vía para encontrar soluciones.
Aquí se nos propone que puesto que el suministro eléctrico ha
fallado lo que tenemos que hacer es cambiar las bombillas.
III
Quienes
firman el manifiesto no son además expertos en el mercado
laboral. Tocan
de oídas o con la confianza inveterada en la calidad analítica
de un reducido grupo de economistas del Banco de España o de
Fedea (Bentolila, Dolado, Andrés...). Repasando el listado de
firmantes se advierte la enorme presencia de personas adscritas
a unos pocos departamentos y a una precisa corriente académica.
Lo que en la profesión se conoce desde hace años como el grupo
de los “minessotos”. Economistas teóricos, la mayoría
especializados en teoría de juegos con poco o ningún interés por
el análisis de la realidad concreta de cada país. O al menos es
lo que siempre les hemos oído comentar, que la alta ciencia debe
concentrarse en los modelos abstractos. Un grupo que ha
alcanzado un enorme poder en la esfera académica y política.
Personas que manteniendo una evidente comunidad de intereses y
proyectos han conseguido colocarse en importantes puestos
gubernamentales con el Partido Popular, el Partido Socialista,
Convergencia y Unió. Personas por tanto influyentes a los que
quizás habría que preguntar qué opiniones expresaron para evitar
que acabáramos en el desastre actual. Por qué no advirtieron
sobre “las causas” que han generado el problema. Y por qué
siguen sin decir ni “mu” sobre qué reforma requiere el sistema
financiero —un causante obvio del problema—, cómo se podría
cambiar la estructura productiva del país —sin caer en la sobada
generalidad del capital humano y el i+d que ya se enseña en
bachillerato— y cómo se puede reconducir el cáncer inmobiliario.
Hay incluso entre los firmantes quien hace años pronosticó el
hundimiento inmediato de la Seguridad Social y cuando la
realidad le dio un revolcón a sus previsiones, lejos de
disculparse y dedicarse a otra cosa, ha seguido dando lecciones
sobre el tema.
Hay
otras muchas personas en España que llevan muchos años
estudiando el mercado laboral desde una óptica económica. Con
mucho trabajo estadístico y analítico. Prácticamente ninguna de
ellas firma el manifiesto. Si en lugar de una mera operación
propagandística estuviéramos ante un verdadero debate social
seguramente la opinión de estas personas sería considerada. Pero
con la reforma laboral ocurre lo mismo que con el debate de la
energía nuclear: los que hablan de “abrir el debate sin
apriorismos” en verdad lo que proponen es que les den carta
libre para propagar su unilateral punto de vista. Un punto de
vista que en casi todo coincide con lo que están pidiendo los
líderes empresariales. Como alguien me comentó, “menos mal que
íbamos a reformar el capitalismo”
IV
Que
este
y otros grupos de interés conspiren no es nada nuevo. Que se
intenten colar intereses como ciencia verdadera tampoco. Lo que
es increíble es la nula capacidad de la izquierda política y
sindical para articular una mínima respuesta social.
Y
no
es la primera vez que ocurre. Cuando la reforma laboral de 1994,
tuve ocasión de participar en una reunión de especialistas en el
mercado laboral con la cúpula sindical de CCOO y UGT. La
propuesta que salió de la misma fue la de organizar una jornada
de análisis del mercado laboral, con ponentes de enfoques
diversos que ayudaran a contestar el discurso dominante y
generar ideas en otra dirección. Era un momento propicio a una
iniciativa de este tipo. En una época en la que sólo nos
comunicábamos por fax, un modesto manifiesto elaborado en
Barcelona consiguió reunir en pocos días más de 300 firmas de
profesores (no consiguió en cambio aparecer citado en casi
ningún medio de comunicación). Pero los sindicatos fueron
incapaces de generar tal iniciativa y al final aparecieron como
los únicos que se oponían a una reforma que contaba con la
bendición de los “expertos”.
Ahora
las cosas son aún más graves. Porque no estamos sólo ante una
reforma laboral, sino ante una crisis general que puede dar
lugar a dinámicas sociales muy peligrosas. Una crisis que exige
respuesta no sólo en el campo del empleo. Donde todos nos
movemos en grados de incertidumbre e indefinición que a la
postre pueden acabar en una situación realmente grave. Y donde
en el plano de la escena política se vislumbra una recomposición
de la derecha, a la que no le temblará el pulso a la hora de
aplicar nuevas políticas antisociales con la excusa de salir de
la crisis. Por ello parece ya directamente suicida que los
sindicatos o lo que queda de Izquierda Unida-Iniciativa sean
incapaces de generar procesos en los que, como mínimo, salgan
propuestas alternativas al machacón discurso que repiten como
“mantras” la CEOE, el Banco de España, la OCDE y el FMI. Y al
que el manifiesto comentado trata de dar patina científica.
Parafraseando la conocida escena del film de Nanni Moretti, “Por
favor, hagan algo, promuevan la participación, promuevan un
debate de verdad, ayuden a organizar una respuesta social,
organicen”. Aunque sea sólo por mero instinto de supervivencia.
¿O es que aún no han entendido que lo que propone en la
práctica esta reforma es la desaparición efectiva de los
sindicatos y el reforzamiento de los derechos del capital?
La peste porcina o de qué va la
flexibilidad
Pensaba
escribir sobre la cumbre del G20. Pero han pasado tantos días y
tiene tan poca “chicha” que al final me gana la inmediatez.
Escribir de nuevo sobre el teatro política, la incapacidad real
de poner en vereda al sistema financiero, la incapacidad de
romper con el modelo de capitalismo neoliberal, resulta a la
postre aburrido. Los lectores de este cuaderno verían que me
repito. Aunque no puedo pasar por alto subrayar que al final la
única medida efectiva a corto plazo es la de dotar de fondos al
caduco Fondo Monetario Internacional, que ya ha empezado a hacer
de las suyas con los planes de ajuste impuestos a los países del
Este de Europa.
La
peste
porcina en cambio es un tema más nuevo y que da para alguna
consideración. No voy a entrar en el análisis de las causas. De
ello se encarga, creo que con bastante acierto, el artículo de
Mike Davis reproducido por los amigos de Sin Permiso.
Creo que lo más sensato es pensar que el problema ha surgido de
forma relativamente simple, como un subproducto de las muchas
“guarrerías” endémicas del sector cárnico. Un sector que en el
pasado ya ha dado historias tan escalofriantes como la de las
vacas locas, la peste aviar o el mismo tráfico de cerdos que se
produjo en Catalunya y que amplificó la magnitud de la peste
porcina. Una industria que también en el plano laboral se
encuentra entre las que ofrece peores salarios y condiciones de
trabajo. No por casualidad suele ser un “nicho” de mercado para
los inmigrantes más desfavorecidos, un modelo que se repite por
igual en Omaha o en Vic. Parecen en cambio rocambolescas y poco
relevantes algunas de las historias conspirativas que han
comenzado a circular, como la de la contaminación de los narcos
o la de un experimento genético fallido. A menudo lo más simple
es lo más verdadero. La misma generalización mediática del
nombre “gripe nueva” parece diseñada para tapar la
responsabilidad del sector cárnico . La historia en general, y
la historia del capitalismo en particular, está llena de
catástrofes no intencionadas, subproductos involuntarios (pero
inevitables) de las ansias de acumulación privada. Eso que los
economistas convencionales serios llaman “externalidades
negativas” o que con mayor generalidad podemos llamar “costes
sociales de la acumulación de capital”.
Sobre
lo
que quería llamar la atención es sobre un aspecto particular de
la cuestión, también subrayada por Davis —hoy no soy ni gota de
original— y que constituye uno de los núcleos sobre los que gira
el debate económico de los últimos años. La cuestión de la
flexibilidad. Flexibilidad entendida como capacidad de respuesta
inmediata a una situación inesperada, de adaptación continua al
cambio. Ese es el paradigma que se propugna para la organización
de la vida laboral (flexibilidad de contratación, de cambio
profesional continuado. etc.). Pero que también se plantea en
otros muchos cambios de la vida social, especialmente en el
diseño de servicios públicos de respuesta inmediata a
catástrofes e imprevistos. De hecho, todo el discurso al que
estamos asistiendo estos días es de ese tipo: buscar respuestas
inmediatas a la expansión de la enfermedad, contar con los
medios farmacéuticos para hacerle frente. Las autoridades de la
mayoría de países están basando todo su discurso tranquilizador
en el hecho de que cuentan con una respuesta flexible adecuada
(aunque uno piensa que, de serlo, es más por casualidad que por
previsión, que cuentan con grandes dosis de Tamiflu porque
fallaron las previsiones de propagación de la peste aviar) y que
saben cómo responder a la amenaza (aunque escuchando al
presidente mexicano decir que no hay sitio tan seguro como la
propia casa, en un país con elevados niveles de violencia
doméstica, uno se atrevía a pensar que el nivel de seguridad
quizás no fuera realmente muy alto, especialmente para las
mujeres). Lo importante es la respuesta, no la causa ni el
proceso.
Esta
forma de pensar cierra el espacio a otro planteamiento. No sólo
el preguntarse por las causas y sus responsables. La amenaza es
tan grande que lo prioritario es conjurarla. También el impedir
pensar en otro tipo de políticas. Las de priorizar la reducción
de catástrofes mediante la organización adecuada de los procesos
productivos, la organización preventiva, la anticipación. Lo que
supone además realizar una adecuada evaluación social tanto de
los riesgos que significan el fracaso de las respuestas
inmediatas a catástrofes imprevistas, como la comparación de los
costes relativos de las políticas preventivas (de organización
previa) o de respuesta. Esto que es evidente en todos los
ámbitos de salud — evitar la enfermedad o curarla una vez
aparece— vale para muchos otros campos de la vida social. Como
el de la economía, donde el debate se plantea entre promocionar
modelos económicos que generan una enorme inestabilidad (como el
actual sistema financiero, o el modelo de exacerbada
especialización territorial) y exigen respuestas laborales y
económicas flexibles, con elevados costes sociales, o por el
contrario desarrollar sistemas productivos más regulados donde
la respuesta rápida se requiere sólo para situaciones realmente
impredecibles. Lo que también es evidente en campos como la
planificación territorial (el uso masivo del automóvil es en
parte una solución flexible a un modelo espacial totalmente
desajustado) o las políticas de seguridad (sociedades más
tolerantes e integradoras, frente a modelos donde prima el
garrote contra el delito inevitable). La política de la
respuesta flexible es la del predominio de la solución de fin de
conducto, tan bien conocida en el ámbito del análisis de los
problemas ambientales.
Por
ello la actual peste es una nueva muestra de promoción de una
flexibilidad irreflexiva que demasiadas veces se muestra
ineficaz. Planteando abiertamente el dilema
prevención-respuesta, en este caso obligando al debate sobre la
ordenación del sistema alimenticio, quizás podamos también abrir
brecha en el debate más general sobre el tipo de organización
social que mejor garantiza el bienestar de las personas.
Incluyendo en ello la minimización de los episodios
terroríficos.
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