¡Cómo se pueden llegar a retorcer las
palabras! Olmert y Livni quieren preservar
la seguridad de los ciudadanos de Israel,
que se ven sometidos a los ataques de los
muy temibles misiles qassam. Tan temibles,
por cierto, que en el último año han matado
a cuatro ciudadanos israelíes, mientras que
en sólo diez días Israel ha asesinado a más
de 400 palestinos.
El
Estado terrorista en que se ha convertido
Israel ha cortado el suministro de
alimentos, medicinas, electricidad y demás
necesidades básicas a toda la franja de
Gaza, es decir, ha castigado a 1 millón y
medio de personas para obtener fines
políticos: deshacerse de Hamás, elegido
democráticamente por su pueblo (nos guste o
no). Dispara contra objetivos tan militares
como universidades o casas de civiles y con
toda seguridad su incursión en Gaza
multiplicará las víctimas.
La
sangre de estas acciones –que encajan con
cualquier definición de terrorismo por
estricta que sea–, inunda el corazón de los
palestinos y manchará por siempre la
conciencia de los mandos israelíes que las
cometen. Ellos deberían saber que la
Historia olvida mal. Y habrá museos del
Holocausto palestino para recordar a las
víctimas de esta masacre. Pero lo que
realmente es escandaloso, lo que produce una
vergüenza infinita, es la respuesta de la
comunidad internacional.
Si
la decencia, no ya la moral o la ética, sino
simplemente la decencia, tuviera alguna
cabida en la política, los Estados europeos
deberían amenazar con romper relaciones con
Israel, o romperlas de hecho, o llamar a
consultas a los embajadores, o, al menos,
imponer sanciones económicas –por muchísimo
menos se las impusieron a Hamás–. Pero todos
sabemos que eso no va a ocurrir. Israel
entrará en Gaza a sangre y fuego, Europa no
hará nada, Estados Unidos ni hablemos,
(Obama sigue jugando al golf).
El
títere de Abbas negociará un Estado
palestino sin poder alguno sobre sí mismo,
acantonado, sin fronteras, sin recursos, sin
soberanía real. Entonces, con la tierra ya
quemada, saldrán los ministros de Exteriores
europeos a decir “señores cálmense”. Aún
recuerdo a algunos dirigentes europeos
encerrados con Arafat en la Mukata. De
aquellos días a esta pasividad, cuánta
autoridad moral hemos perdido.