Vale,
vale, somos unos inadaptados, o como dicen ahora, unos
"antisistema"; un término que trata de satanizar a los que
en vez de asentir y aceptar, o al menos, de callar y
otorgar, se dedican a denunciar y a exigir; una osadía
imperdonable para los gestores y grandes beneficiarios de
ese Sistema y una actitud de grave rebeldía para los
domesticados del mismo. Y todo porque tendemos a protestar
por lo que no nos gusta, pero no en función de nuestras
apetencias o valores según agraden más o menos a nuestros
sentidos, sino por aquello que consideramos injusto,
abusivo, ultrajante, innecesario o dañino. Y así nos ocurre,
que son tantas las cuestiones que merecen nuestra repulsa
que dedicamos más tiempo a la crítica que a la alabanza y
más esfuerzos a la lucha que a la complacencia.
Pero
como indicábamos, nuestra actitud nos ha convertido en una
especie de apestados sumándonos con ello a todos esos otros
a los que apuntan con el dedo acusador, a los "agitadores"
de los telediarios, a los "perturbadores" de la paz desde
los escaños, a los "rebeldes" de las tertulias de peluquería
y bar, a la "canalla" tan temida como odiada por los
estamentos acomodados y por los substratos mansos, serviles
y domados.
Y
es que es muy fácil poner el pie fuera del Sistema y con
ello llevar en la frente el prefijo "anti", que viene a ser
lo mismo que las campanillas que en la Edad Media avisaban
de la presencia "infamante" de un leproso. Basta con decir
"no" a un "sí" impuesto para entrar en la categoría de los
molestos, los que gritan, los que corren, los que rompen,
los inconformistas que alteran el orden y que deben ser
reprimidos con firmeza. Es suficiente incluso con pedir un
cambio en alguna norma establecida para tal vez recibir un
pelotazo de goma, con la aquiescencia de los escandalizados
espectadores, muy formalitos ellos, presenciando la
ejecución de la sentencia después de juzgar y emitir
veredicto, de culpabilidad, cómo no.
Son
muchas las cuestiones que laceran nuestro espíritu y a la
gran mayoría, asistimos como testigo en la distancia sin
poder hacer más por falta de medios que el esbozar una mueca
de disgusto y pronunciar alguna frase de repulsión hacia los
autores y de conmiseración por las víctimas. Otros asuntos,
más cercanos o para los que disponemos a nuestro alcance de
mayores recursos para expresar nuestra condena, nos permiten
participar de diferentes modos: acudiendo a una
manifestación, redactando un artículo, involucrándonos en
determinada asociación o plataforma o estampando nuestra
firma, como acciones más comunes. Los motivos... pues una
lista inacabable, y eso no quiere decir que no haya
realidades que me agraden y reconforten, por supuesto que
las hay, pero como pensamos que el conformismo y la
indiferencia son el mejor abono para la comisión de
desmanes, no podemos ni queremos detenernos en el camino
admirando la belleza mientras a nuestro alrededor se oyen
gritos de angustia y se perciben las pisadas de los
verdugos. Por citar algunas razones:
niños mutilados por las bombas;
activistas contra la guer
ra
aplastadas por excavadoras; las favelas frente a los
rascacielos; los yates llegando a puerto y las pateras a la
deriva; una cuadrilla siniestra quemando a un indigente en
un cajero; un negro al que escupen; una mujer denunciando
hoy una agresión y siendo enterrada una semana después;
políticos que perdieron la vergüenza cuando ganaron el
escaño; aceites, petróleo, plásticos y basura navegando por
los mares; pastos para alimentar futuras hamburguesas donde
antes había bosques; un toro descabellado, un galgo ahorcado
o un zorro atrapado en un lazo; los expedientes de
regulación de empleo; el Plan hipoteca universitaria –
perdón, queríamos decir Bolonia –; la conversión de derechos
inalienables en artículos pagables (léase privatizaciones);
la negación de la memoria histórica y la afirmación de la
amnesia por decreto; la inclusión de una monarquía en el
lote constitucional con categoría de casta intocable; el
capitalismo feroz con sus feroces consecuencias; la "mafia"
consentida de las telefónicas con sus laberínticas e
infructuosas reclamaciones; los salarios decimonónicos con
los precios del tercer milenio; las míseras prestaciones
para los más miserables acrecentadoras de su miseria; la
ceguera ante la agresión a un desconocido en la calle; la
sordera ante el vecino que grita pidiendo ayuda; el mutismo
en lugar de la denuncia jamás presentada por cobardía; la
soberbia de Rouco Varela; el castigo a la Parroquia San
Carlos Borromeo en Vallecas; la Iglesia beneficiada por un
Estado aconfesional, la misma que calla ante las injusticias
cuando no las alienta; un misionero asesinado a machetazos;
la asombrosa capacidad de movimiento de masas del fútbol y
la casi nula reacción ante despidos colectivos o recortes
sociales; la preocupación por la vida de los famosos y la
indiferencia ante el sufrimiento de los anónimos...
Y sobre todo, por encima de todo, el inmenso egoísmo que
caracteriza al ser humano.
¿Hay
o no hay motivos más que suficientes para ser unos "anti" y
no unos "a favor"?. No nos arrepentimos de nuestra actitud
ni pensamos pedir perdón por ella, ni por sentirnos
asqueados tan a menudo de un Sistema cuyo baño dorado en el
exterior no puede ocultar la podredumbre que en su interior
encierra. Nos negamos a tener callo en el cerebro y en el
corazón, no queremos que ambos permanezcan adormecidos
mientras contemplamos un Telediario que comienza con una
familia muerta en un bombardeo, sigue con un cayuco con diez
deshidratados, tres cadáveres y cinco plazas vacías,
continúa con una mujer tapada por una sábana blanca tras
recibir una docena de cuchilladas, pasa después a contar que
otra fábrica ha cerrado y que el INEM es la oficina más
visitada del País para despertarnos tan solo, cuando al
final del informativo, se nos habla del nuevo fichaje
multimillonario de un equipo de fútbol o de las fotos que
nos muestran al último novio de Ana Obregón. No queremos
vivir la vida de los de Gran Hermano ni ser unos
Grandes Idiotas felices en su imbecilidad,
encerrados en una burbuja egocéntrica, con la voluntad
abotargada, la existencia hipotecada, el compromiso
embargado y la mente alienada.
Nos
seguirán acusando de inadaptados, entre utópicos e
insurrectos; nuestra falta de docilidad será diagnosticada
según alguna patología por el psicólogo oficialista, como
quebrantamiento de la Norma por el leguleyo conservadurista,
de desobediencia civil por el político arribista y al fin,
como amenaza social por la ciudadanía con alma de esclavo,
con la ambición bien alimentada y con su vida vendida al más
cicatero prestamista: el Sistema. Pero no nos importa, no
estamos solos, somos muchos los "lunáticos irredentos", cada
vez más porque también es mayor cada día el número de
sometidos, sojuzgados, oprimidos y olvidados. Sólo es
necesario que seamos conscientes de nuestra condición, que
nos sacudamos el miedo que nos inculcaron, que sintamos la
solidaridad que nos devoró el individualismo y que de una
vez por todas, millones de hombres dejen de ser los siervos
agradecidos de un puñado de hombres.
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Publicado en La Revolución Pendiente
