Cito un ejemplo que
es indicativo de lo
que hablo. Hace unos
meses escribí un
artículo en el que
analizaba la
temática cubierta
por los artículos
publicados en las
páginas de opinión
de los diarios de
mayor venta en
Cataluña. En mi
artículo mostraba el
gran predominio que
tenían en tales
páginas de opinión
los temas
identitarios a costa
de los temas
laborales y
sociales. Así, tales
páginas de opinión
habían incluido un
gran número de
artículos críticos
al documento firmado
por el catalanófobo
Fernando Savater y
amigos, que
denunciaba la
supuesta persecución
del castellano en
Cataluña. Tal
documento contenía
muchos errores
fáciles de rebatir.
Con un par de
artículos de opinión
tal documento podría
haberse mostrado por
lo que era: un
alegato nacionalista
español con escasa
credibilidad. Pues
no, hubo cuarenta y
dos artículos de
opinión sobre aquel
tema que contribuyó
a poner al rojo vivo
las tensiones
nacionalistas tanto
de la periferia como
del centro de
España. Una vez más,
los temas
identitarios que
ocupan la mayor
atención mediática
de la
intelectualidad
catalana y madrileña
(que la constituyen
en su gran mayoría
personas de
procedencia de clase
alta y mediana alta)
acapararon la
atención a costa de
los temas laborales
y sociales. En
realidad, durante
aquellas semanas
donde tanto se
escribió sobre el
documento de
Fernando Savater,
varios hechos
sociales y laborales
alarmantes estaban
ocurriendo en
Europa, en España y
en Cataluña (como la
decisión del
Tribunal Supremo
Europeo, permitiendo
que empresas del
Este de Europa
pudieran instalarse
en España y en
Cataluña, pagándoles
a sus trabajadores
salarios del Este de
Europa en lugar de
salarios españoles)
que permanecieron
ignorados en las
páginas de opinión
de tales diarios.
Ninguno de estos
temas contaminó las
páginas de opinión
de los mayores
diarios del país
(tanto de Cataluña
como de España). Fue
esta falta de
equilibrio en los
temas cubiertos por
las páginas de
opinión que me
motivó a escribir un
artículo,
denunciando la falta
de atención a los
temas sociales y
laborales. Y aunque
era un artículo de
opinión, documenté
tal falta de
equilibrio en tales
medios, donde los
temas identitarios
tienen mucho mayor
espacio que los
temas sociales y
laborales. Y lo
envié a tales
diarios para su
publicación. Era
consciente de que el
artículo implicaba
una crítica de tales
diarios. Ahora bien,
confiaba en que lo
publicarían como
consecuencia de su
compromiso
democrático y
abertura a la
crítica. Pues bien,
me equivoqué. Uno
por uno, cada diario
me lo rechazó. Y uno
de ellos, El
Periódico, me pasó
la noticia de que el
Director, el Sr.
Rafael Nadal, había
dado instrucciones
al Jefe de Opinión,
el Sr. Carlos
Pastor, de que “a
partir de ahora sus
artículos no tienen
cabida en nuestro
diario”. Y así lo
tengo escrito, con
fecha y firma. Pedí
explicaciones que,
como era de esperar,
tal Director ni se
dignó a contestar.
Tengo que reconocer
que tal carta y su
contundencia me
preocuparon, no sólo
como escritor sino
como ciudadano que
ha luchado toda su
vida para que
tengamos democracia
en nuestro país.
Y no era la primera
vez. Me pasó también
con La Vanguardia (y
con el programa de
Cataluña Radio del
Sr. Bassas). Ambos
promovieron, y La
Vanguardia continúa
promoviendo, puntos
de vista liberales
incluyendo el de un
economista
ultraliberal que
quiere privatizarlo
todo, desde la
totalidad de la
Seguridad Social a
todos los servicios
del Estado del
Bienestar (posturas,
por cierto, no
defendidas por
ningún partido
representado en el
Parlament de
Catalunya). Yo les
escribí a los dos
diciéndoles que me
parecía muy bien que
promocionaran a tal
economista, pero por
razones de mero
equilibrio
democrático debieran
también promover (o
al menos permitir)
en sus páginas o en
sus ondas a
economistas
trotskistas que
quieren
nacionalizarlo todo,
incluida la tienda
de la esquina. Lo
tomaron como una
broma de mal gusto,
ignorando que la
broma existía ya en
su falta de
equilibrio
ideológico. El
Director de las
páginas de Opinión
de la Vanguardia
también me hizo
saber que mis
contribuciones no
serían bienvenidas
en su sección.
Un tanto parecido
ocurrió cuando, como
Rector de la
Universidad
Progresista d’Estiu
de Catalunya, me
invitaron, junto con
el Rector de la
Universidad d’Estiu
de Prade al programa
de Mònica Tarribas
La Nit al Dia de la
televisión catalana.
En tal programa (que
era en directo)
critiqué tanto al
programa como a TV3
por evitar
sistemáticamente
ciertos temas, como
el hecho de que un
burgués en Catalunya
(ya no se utiliza
tal término; se
llama ahora una
persona muy rica que
viva en Pedralbes)
viva diez años más
–sí, diez años más-
que un trabajador no
cualificado con más
de cinco años en
paro. Y también
critiqué a TV3 por
no haber hecho nunca
un documental
crítico de la
Iglesia catalana y
su participación en
la Represión
fascista (que ahora
se llama
franquista). La
respuesta de la Sra.
Tarribas fue de
estar notablemente
irritada. Claramente
no se lo esperaba.
Un invitado a tal
programa no se
espera que haya una
crítica al programa
o a la televisión
que lo promociona.
Yo era consciente
del coste personal
de tal
comportamiento. Y
sabía lo que tal
comportamiento
implicaba. Y así
fue. Nunca más me
volvieron a invitar
a este programa o a
cualquier otro
programa de TV3.
La escasa atención a
temas laborales y
sociales
Una situación
idéntica hubiera
ocurrido en
cualquier CC.AA. de
España. Un ejemplo
de ello es la enorme
atención mediática
que han tenido las
tensiones
interterritoriales
acerca de la
distribución de los
fondos públicos
centrales entre las
distintas CC.AA.,
tensiones
exacerbadas por los
nacionalismos
centrales y
periféricos que
centran la atención
mediática y política
del país. Una vez
más, los temas
identitarios han
ocupado un enorme
espacio en el que la
catalanofobia ha
sido muy rentable
para las derechas
españolas. Ignorado
en este debate ha
sido el hecho de que
el problema mayor no
es tanto o sólo la
distribución de la
tarta nacional
(aunque deben
hacerse correcciones
necesarias), sino el
pequeñísimo tamaño
de la tarta nacional
(el gasto público,
incluyendo el gasto
público social, es
uno de los más bajos
de la UE-15),
resultado del enorme
poder de clase
existente en nuestro
país, y que explica
que el fraude fiscal
sea de los más altos
y las aportaciones
al Estado por parte
de los grupos
dominantes y clases
pudientes en el país
sean de los más
bajos de la UE-15. Y
pocas voces aparecen
en las páginas de
opinión de tales
medios denunciándolo
y documentándolo, no
porque no existan
sino porque no
tienen facilidad de
acceso a tales
medios que no
reflejan la
auténtica pluralidad
de la sociedad. Y
casi nadie dice
nada. Con algunas
excepciones dignas
de mención. Hace
unos meses los
dirigentes de los
tres sindicatos más
importantes de
Cataluña, CC.OO.,
UGT, y CGT,
escribieron una
carta de protesta a
la Sra. Mònica
Tarribas, directora
de TV3, por la falta
de cobertura de
temas sociales y
laborales en TV3.
Podría haber sido
extensiva a todos
los medios y a toda
España (Sería de
agradecer que los
sindicatos a nivel
del Estado
escribieran una
carta semejante).
Pero excepto tales
voces, hay un
silencio
ensordecedor sobre
la falta de
diversidad
ideológica en tales
medios, lo cual se
traduce en que
sistemáticamente
ciertos temas y
puntos de vista
tienen muchas más
posibilidades de
exposición que otros
que apenas aparecen.
Este es uno de los
problemas mayores de
nuestra democracia.
Vicenç Navarro
es Catedrático de
Ciencias Políticas y
Políticas Públicas,
Universitat Pompeu
Fabra, España, y
Profesor de
Políticas Públicas
de la The Johns
Hopkins University,
EE.UU.