Diagonal
30 de octubre de
2009.
Madres
de recién nacidos dados por muertos en centros
públicos y privados durante el Franquismo revelan
nuevos datos al conocer las denuncias existentes.
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“El niño era muy guapo, le pusieron la
ropita y me lo iban a dar, pero dijo la
monja que se lo llevaban a la incubadora
porque le faltaban 50 gramos. Nunca más lo
vi. Nació el 9 de diciembre de 1977 en la
clínica Monsalud de Barcelona y lo llevaron
a la infantil Stauros. Pasaron nueve días y
cuando fui a por él había muerto. No vimos
el cadáver.
Cuando me volví a quedar embarazada, mi
médico pidió el informe de mi hijo. Pero la
clínica dijo que no constaba ese niño allí.
Mi suegro me confesó entonces que cuando
visitó la sala de incubadoras, estaba vacía.
Siempre he creído que me lo robaron, no supe
a dónde acudir. Éramos muy jóvenes”, cuenta
Gemma M.V., madre de Roger, el bebé dado por
muerto. |
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Después de
leer la información publicada en el último número de
DIAGONAL sus sospechas cobraron fuerza. Gemma se ha
dirigido al abogado Fernando Magán que está al
frente de la denuncia de otros casos similares. Un
proceso judicial abierto en Madrid que continúa. El
juez que lo instruye ha pedido a la Fiscalía que se
pronuncie sobre las competencias para juzgar, por
primera vez, estos crímenes.
Cruz
Martínez, presidenta de la extinta Derecho a Saber,
cifra en miles los bebés robados durante el
Franquismo. Estos casos no se limitaron a Madrid o
Barcelona, existen más en todo el Estado español. En
Bilbao se articuló una trama organizada por Mercedes
de Grass con curas y médicos. [ver DIAGONAL nº110].
“Estos hechos son delictivos y perseguibles porque
se insertarían en el marco de los delitos del
Franquismo, se cometieron por motivos políticos, y
son imprescriptibles como crímenes contra la
humanidad.
Aunque
estos delitos no hubieran estado tipificados en
España en el momento de su comisión, ya eran
perseguibles según el Derecho Penal Internacional, y
esta tipificación es válida según el artículo 15 del
Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos
de 1966, que sigue al Convenio Europeo de Derechos
Humanos de 1950, que España ratificó en 1979.
También es necesario atenerse al Auto de Garzón.
Esto ya se ha aplicado en el Caso Scilingo”,
reconoce la magistrada Garbiñe Biurrum, presidenta
de la Sala de lo Social del TSJ del País Vasco.
Pero el
Estado español [ver página siguiente] no ha iniciado
todavía ninguna investigación. “En 1999 presentamos
una proposición no de ley para que los adoptados en
la Dictadura pudieran acceder a sus datos
biológicos. No se aprobó. Los hechos salpican a la
Iglesia y a familias con mucho poder”, dice Virtudes
Hernández, quien fue sacada de la inclusa de Murcia
(1957) y dada en adopción a una familia de Alicante.
La gestión la hizo un cargo de la Iglesia. A su
madre le dijeron que había muerto.
La excusa de las incubadoras
En los ‘60, las madres ya iban a los hospitales a
dar a luz. A la maternidad de O’Donnell (Madrid) fue
de parto la madre de Mar Soriano en 1964. Se
llevaron a su hermana a la incubadora y no la vieron
más. No les enseñaron el cuerpo y el doctor Villa
certificó una muerte por otitis. Años después,
cuando Mar tuvo a su primer hijo y lo llevaron a la
incubadora, su madre le dijo: “No lo pierdas de
vista”.
“Se sabía
que se conseguían bebés a gentes con dinero. En
O’Donnell en los ‘60 había un grupo de médicos
ultraconservadores, como José Botella Llusía o
Ignacio Villa Elízaga, entre otros. Sería necesario
ver los niños registrados como feto o mortinato. La
legislación permitía registrar como feto muerto al
que fallece con menos de 24 horas. Era muy fácil
engañar a la familia: ‘Su hijo nace mal, está en una
incubadora’. A la vez, se ingresaba a la madre
adoptiva por parto, un ginecólogo firmaba, y ésa era
ya la madre legal y aparentemente biológica”, señala
un médico de un centro madrileño que no quiere
revelar su nombre. Ser madre soltera era un estigma.
Muchas
mujeres sin recursos, incluso criadas violadas por
el ‘señorito’, se veían obligadas a dejar
temporalmente a sus hijos en las casas cunas con la
promesa de las monjas de cuidarlos. Cuando volvían,
los bebés habían muerto. Belén Estevan nació en
1952. Su madre se quedó embarazada soltera, y dejó a
la recién nacida dos semanas en la inclusa de
Astorga (León). Cuando volvió, había muerto. La niña
vivía ya en Alicante con otro nombre. El nuevo padre
era un dirigente de Izquierda Republicana,
represaliado, pero con prestigio. “Mi padre hizo un
favor a un franquista de León y éste le dijo:
‘Pídeme lo que quieras’.
Mis padres
no tenían hijos y de la noche a la mañana llegué yo.
Una matrona firmó el parto de mi madre adoptiva”,
señala Belén. A los 16 años su novio le dijo que era
adoptada, entonces fue a Astorga pero la monja nunca
le dio los papeles. Años después un detective
encontró a su familia en Asturias. “Llamé y pregunté
a mi madre cuántos hijos tenía: ‘Tres y una niña que
murió’. ‘Yo soy esa hija’, le dije, casi se muere”,
relata Belén Estevan.
Las chicas
con ‘posibles’ viajaban lejos. Carmen, que prefiere
no revelar su nombre real, se quedó embarazada en
los ‘70, era menor y su padre, militar en Canarias,
le buscó un ‘arreglo’. Un cura diseñó el recorrido.
De Canarias a Madrid, de ahí a Granada. Allí ingresó
en la residencia de monjas Villa Teresita. La
mayoría de las embarazadas que había dejaban a sus
hijos, sin firmar consentimiento alguno. Carmen dice
que el médico que las atendía le propuso quedarse
con el bebé. Se negó. Entonces, fue trasladada a
Valencia, a punto de parir, e ingresó en una clínica
del centro. La durmieron y cuando despertó el bebé
no estaba.
PADRES AFECTOS AL RÉGIMEN
Todos los
datos apuntan a que los padres adoptivos de bebés
robados tanto a presas republicanas, como a mujeres
sin filiación política, eran afectos al Régimen. Los
que manejaban las tramas también estaban en la
órbita franquista. Muchos padres cómplices
falsificaron documentos y pagaron importantes
cantidades de dinero. Además, solían tener una buena
posición económica y un único descendiente, el
adoptado. Los recién nacidos iban a parar a
militares, médicos, familiares de las monjas,
recomendados de los curas, políticos e incluso
jueces. El tiempo en las incubadoras servía para
perpetrar el delito. Los hijos han descubierto esta
maraña después, a los 40, 50 y 60 años en el mejor
de los casos. Las madres biológicas se han llevado
la duda a la tumba.
“ESTAMOS HABLANDO DE CRÍMENES
DE LESA HUMANIDAD”
M.J.E.P.
Fernando Magán representa a varias asociaciones de
memoria histórica y a familiares que piden que se
investiguen los crímenes del Franquismo, entre ellos
los casos de niños robados. “Como persona, como
abogado y actuando a favor de estas víctimas, creo
que la Justicia tiene la obligación de investigar.
Si se demuestra –continúa Magán– que estos hechos
han sido masivos, que han tenido lugar en toda
nuestra geografía, y que se han producido al amparo
de la impunidad política de la dictadura, sólo
podríamos estar hablando de crímenes de lesa
humanidad.
Hay nuevos
casos abiertos en Bilbao y Madrid, pendientes de
mayor investigación. También en Barcelona. Otra
localización importante en Cádiz y su entorno, donde
se podría iniciar ya actuaciones judiciales”. A la
pregunta de si el Estado debe exigir que se abran
los archivos de la Iglesia donde se guarda la
identidad de miles de adoptados, Magán responde
afirmativamente. “Los archivos eclesiásticos son
privados, y por encima de cualquier consideración,
la Iglesia estaría obligada a abrirlos para
esclarecer hechos que afectarían a los derechos
elementales de las personas. Salvo peculiaridades,
que se amparan en el culto, la Iglesia legalmente no
tiene ningún privilegio especial”.