Como si lo que se buscara fuera un mosaico
romano, la DGA quiere que en las exhumaciones
haya un restaurador.
La polémica
sobre la exhumación de una fosa común en Calatayud y el
incumplimiento en la realización de la misma de la ley
de Patrimonio aragonesa no debe desenfocar la naturaleza
del verdadero problema que se esconde tras ella.
No parece la
mejor solución la intención de la Dirección General de
Patrimonio, perteneciente a la Consejería de Educación,
Cultura y Deporte del Gobierno aragonés, de aplicar a un
problema humanitario un protocolo creado para la
recuperación del patrimonio arqueológico. El reglamento
de Patrimonio no plantea el interés fundamental que
tienen ese tipo de actuaciones: el humano.
El verdadero
debate que tiene que suscitar la existencia de fosas
comunes y de personas que buscan a sus seres queridos
desaparecidos es cuál debe ser la implicación de las
instituciones y qué deberes tienen hacia las víctimas.
LA ASOCIACIÓN
que llevó a cabo la exhumación de Calatayud lleva casi
diez años trabajando en la búsqueda de desaparecidos y
desaparecidas como consecuencia de la represión
franquista. Los arqueólogos y forenses que colaboran con
ella han participado en ese tipo de exhumaciones en
numerosas comunidades autónomas. Y nunca han tenido que
aplicar un protocolo como el que pretende el Gobierno de
Aragón, que exige en las exhumaciones la presencia de un
restaurador, como si lo que se estuviera buscando fuera
un mosaico romano.
El Gobierno de
Aragón presentó en las Cortes aragonesas el proyecto
Amarga Memoria en abril del año 2006. Se trataba de una
iniciativa que respondía a la creciente demanda social
de medidas orientadas a paliar las consecuencias de la
represión franquista. Pero el citado proyecto evitaba
asumir ningún tipo de responsabilidad con respecto a la
búsqueda, exhumación e identificación de restos de
desaparecidos y desaparecidas. Así se dejó un vacío que
las asociaciones y los familiares han llenado como han
podido.
Esther
Tabuenca, hija de uno de los dos hombres exhumados
en Calatayud, acudió a las oficinas de su Gobierno
autonómico para pedir ayuda, pero nadie desde esa
institución dio una solución a su problema. Esta mujer,
que tiene hoy 78 años y no quería esperar más tiempo,
buscaba identificar los restos de su padre, concejal
socialista de Calatayud en los años de la república,
asesinado por ello. Finalmente, tuvo que ser un
colectivo originario de El Bierzo leonés el que llevara
a cabo la exhumación, con la colaboración del
ayuntamiento bilbilitano.
EL GOBIERNO de
Aragón debe asumir la responsabilidad de un problema
ante el que nadie puede cerrar los ojos. Las demandas de
las familias de los desaparecidos y desaparecidas deben
tener respuesta institucional, para que la
administración aragonesa no incumpla la esencia del
derecho internacional humanitario. Para ello, las
asociaciones y los técnicos que han participado en las
exhumaciones pueden poner a disposición de los técnicos
correspondientes la experiencia de las numerosas
exhumaciones que se han llevado a cabo en los últimos
años. Sería la mejor forma de reglamentar una situación
que requiere una respuesta específica.
Es triste que
un debate acerca de la desaparición de hombres y mujeres
que construyeron nuestra primera democracia sea si hay
que multar o no a quienes han llevado a cabo su
búsqueda. Las Cortes de Aragón tienen que honrar
públicamente a todos los hombres y mujeres que
compartieron un destino similar al de Jaime Teófilo
Tabuenca Pinilla, el concejal bilbilitano asesinado
violentamente que fue exhumado hace unas semanas.
La sociedad
aragonesa debe esforzarse por buscar los restos de todos
ellos, para que esos hombres y esas mujeres que vivieron
gobernados durante cuarenta años por los asesinos de sus
seres queridos, tengan la oportunidad de vivir la
reparación que supone honrar dignamente a quienes tanto
sufrieron.
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Emilio
Silva es
Presidente de
la Asociación para la Recuperación de la Memoria
Histórica. Nieto de la primera víctima de la represión
franquista identificada por una prueba de ADN