Fernando Valverde
El País
11 de Diciembre de 2009
Un
libro arroja nuevos datos sobre las circunstancias
del crimen - La fallecida actriz Emma Penella revela
detalles de la implicación de su padre en el
fusilamiento.
En la
madrugada del 18 de agosto de 1936, Federico
García Lorca fue fusilado junto a un olivo en la
carretera que une las localidades de Víznar y
Alfacar. Se trataba del final de una historia
llena de rivalidades políticas en la ciudad en
la que habitaba "la peor burguesía de España",
como dijo el poeta. También fue el comienzo de
otra historia plagada de silencio, un tiempo de
fosas cerradas sobre las que se dejaban piedras,
desmemoria y vergüenza.
Sobre
el antes y el después del fusilamiento, el
investigador Gabriel Pozo aporta nuevos datos en
su libro Lorca, el último paseo
(editorial Almed), que se distribuirá en pocos
días. Si los investigadores lorquianos habían
tenido acceso a una parte importante de los
testimonios que eran útiles para la
reconstrucción de lo sucedido, uno de los
principales actores, Ramón Ruiz Alonso, guardó
silencio casi hasta su muerte, con la excepción
de alguna entrevista con historiadores. Ruiz
Alonso es, para la mayor parte de las fuentes,
el responsable de la detención y el fusilamiento
del poeta. Unos días después de la muerte de
Franco huyó a Estados Unidos, pero antes explicó
el porqué de su viaje a su hija mayor, la actriz
Emma Penella.
El libro incluye el testimonio de Penella, que
dejó a su autor una carta firmada en la que da
fe de la autenticidad de sus declaraciones, con
las que siembra no pocas dudas sobre las
circunstancias de la muerte del poeta. Penella
pidió que sus declaraciones no fueran publicadas
hasta después de su muerte. La actriz falleció
en agosto de 2007.
"Mi padre
quiso que yo supiera toda la verdad antes de morir",
explicaba la actriz, que conoció en el transcurso de
una fiesta la implicación de su padre en el
asesinato de Lorca: "¡Quién se habrá creído que es,
si es la hija del que mató a García Lorca", dijo
alguien a gritos tratando de humillarla. Al saberlo,
su padre se aisló en una habitación. Nunca volvió a
mencionar el tema hasta que decidió huir de España,
y se sinceró con su hija.
"Al
comenzar la guerra la situación era muy confusa.
Queipo de Llano estaba al corriente de lo que pasaba
con Lorca. Llamó a Granada porque antes lo habían
llamado desde el Gobierno Civil para consultarle y
ordenó que dieran un gran susto al poeta para que
confesara todo lo que sabía de Fernando de los Ríos
y firmara una denuncia contra él", explicó la
actriz.
Por tanto,
la detención de Lorca habría sido el último intento
de localizar a Fernando de los Ríos. "Él era el pez
gordo que buscaban", declaró. ¿Y cómo sabían que
Lorca estaba escondido en casa de los Rosales? La
versión oficial mantiene que fue su propia hermana
la que confesó en la Huerta de San Vicente, al
venirse abajo en uno de los registros, y al tratar
de proteger a don Federico, su padre.
Sin
embargo, la versión de Ruiz Alonso en boca de
Penella, suena muy distinta. "El mayor de los
Rosales le dijo a mi padre en un desfile de
falangistas que Lorca estaba en su casa. Le comentó
que no estaba de acuerdo en que estuviera invitado y
que él procuraba no ir mucho porque quería que se
fuera". Tras esta conversación, Ruiz Alonso informó
a los jefes de la CEDA (Confederación Española de
Derechas Autónomas) y decidieron "darle un
escarmiento al niño mimado de Fernando de los Ríos".
El relato
de Penella también dista mucho de la versión oficial
en lo relacionado con la detención, que no se habría
producido en la casa de la calle de Angulo con un
amplio despliegue de hombres armados. "Acudió con el
mayor de los Rosales. Mi padre no sacó a Lorca de la
casa de los Rosales, fue entregado por el hijo mayor
y se lo llevaron al Gobierno Civil sin esposar ni
nada". Después se produjo el fusilamiento, que
Penella achaca a la lucha por el poder entre la CEDA
y Falange. De esta última eran miembros destacados
los Rosales, a los que se quiso desprestigiar con la
muerte del poeta. "García Lorca no fue sino el
despojo que dos perros rabiosos trataban de
arrebatarse", explica Gabriel Pozo en el libro.
Cuando
triunfó la sublevación militar, los aplausos
recibidos por Ruiz Alonso por deshacerse del poeta
se convirtieron en rumores que aullaban como lobos.
"Mi padre firmó la denuncia junto a otros pero él
dio la cara, después no se escondió, era un hombre
echado para adelante, con coraje. En la denuncia se
afirmaba que Lorca era el secretario de Fernando de
los Ríos y que era muy rojo".
Al acabar
la guerra, Ruiz Alonso recibió una llamada
telefónica inquietante. "En el extranjero habían
empezado las quejas por lo que había ocurrido con
Lorca y el asunto irritó a Franco. El caudillo quiso
saber lo que había pasado y llamó a mi padre".
Desde
entonces, nunca más se habló del tema. Se
destruyeron todas las pruebas y cualquier rastro que
pudiera aportar luz al asesinato de Lorca y Ruiz
Alonso empezó a temer por su vida. "Es muy posible
que la policía lo tuviera controlado, quizás tuvo
miedo a que le hicieran algo si hablaba. Cargó con
las culpas de todos, purgó su pena en vida, durante
casi 40 años de abandono y soledad", contaba Emma
Penella.
Al
rompecabezas inacabado de la historia, Gabriel Pozo
ha sumado nuevas piezas. Una de ellas es una
fotografía inédita en la que puede verse a la
cuadrilla de enterradores que trabajaban en Víznar.
La fotografía está tomada en la finca Las Colonias,
a pocos metros del barranco, donde García Lorca pasó
sus últimas horas esperando a ser fusilado.
Agachado, con una niña en los brazos, puede verse a
Manolillo El Comunista, el joven que indicó
a Gibson el lugar donde supuestamente enterró con
sus manos al poeta. "Manuel Castilla señaló una fosa
situada en el lugar en el que hoy se está excavando.
Sin embargo, después confesó a otros que no estuvo
allí el día del fusilamiento y que a Gibson le
señaló el primer lugar que se le ocurrió", explica
Pozo, convencido de que no van a encontrar los
restos del poeta. Según el investigador, la decisión
de Franco de sepultar todo lo relacionado con el
asesinato se llevó a cabo hasta sus últimas
consecuencias.
Agustín
Penón dejó en sus apuntes una anotación muy
inquietante. Se trata de una conversación que tuvo
con Antonio Gallego y Burín, alcalde de Granada
durante la Guerra Civil y parte de la dictadura. El
investigador escribió en sus libretas: "El lugar de
la tumba en Víznar había sido cambiado por orden de
las autoridades, que temiendo las consecuencias de
aquel asesinato decidieron ocultarlo para impedir
que pudiera convertirse en un arma propagandística
de enorme valor para el bando republicano".