¿Hay que dar en la cabeza a
los franquistas?
Carlos Tena
inSurGente 9 de Agosto de 2009
Supongamos que en el parlamento español se condenase una
ideología totalitaria, o un sistema nacido de la violencia armada.
Por ejemplo, el asalto a una democracia que todo un pueblo refrendó
en las urnas, esas cajitas de cartón o metacrilato, de latón u
hojalata, que suelen utilizar gobiernos que creen en el sufragio
universal, como los que impulsan, con todo el poder de Falsimedia en
contra, presidentes como Rafael Correa, Evo Morales o Hugo Rafael
Chávez, dando la palabra a la ciudadanía, en decenas de ocasiones,
para expresar su voluntad en cualquier tema de interés nacional.
En las llamadas democracias
del mundo libre, desde que ciudadanos como David
Eisenhower, Richard Nixon o John F. Kennedy, se apercibieron que
las técnicas de Hitler no eran tan descabelladas como se
afirmaba, (excepto la de asesinar a seis millones de personas de
origen judío), se adoptaron algunas de las estrategias del
sangriento mandatario, para acabar con los enemigos del
capitalismo de la forma que fuere.
La más exitosa ha sido sin
duda el robo de los símbolos y los conceptos. Se han ido
apropiando paulatinamente de términos tan hermosos como
libertad, verdad, democracia, respeto, e incluso de otros
antagónicos, como terrorismo, narcotráfico o dios, con la
misma alegría con la que Patxi López, Rubalcaba o el Rey se
dedican a lanzar frases huecas, vacías de todo sentido
intelectual, en su alocada carrera por demostrar que los
asesinos son los que matan con bombas y tiros, mientras que
los cientos de miles de cadáveres sobre los que se alza la
libertad vigilada que millones de ciudadanos padecemos,
fueron parte de la herencia que dejó el mayor terrorista de
la historia reciente española: el mentor del actual monarca.
Un general golpista, ajeno a todo lo que pudiera significar
cordura, generosidad y dignidad. Nadie más ignominioso que
el que hereda, de las manos de un criminal, todo el poder
que este atesoró en vida y tras su muerte, porque la familia
del dictador y sus descendientes siguen aún disfrutando del
patrimonio robado al pueblo español.
El Parlamento Europeo, en Julio de 2006, con la
significativa excepción del Partido Popular español y de
la extrema derecha (como si no bastara con el PP),
condenó la dictadura que desde 1939 reinó en España
durante casi 40 años, coincidiendo el acto con el 70°
aniversario de la asonada fascista, en una sesión en la
que ninguno de los diputados afines a esa ideología
(polacos y checos en primer lugar) quiso renegar del
llamado Caudillo. Carlos Iturgaiz sonreía hipócritamente
en su escaño, mientras que Mayor Oreja toreaba de
salón hablando de “superar el pasado”,
como queriendo decir que un millón de muertos, de
infamia, de tortura y represión, son pelillos a la
mar, señorías, absteniéndose de efectuar
una mínima condena del franquismo. En su lugar, se
dedicó a exaltar la transición, hoy más bien traición en
todas sus vertientes, con palabras que cómicos como
Cantinflas hubieran bordado Ambos aparecen hoy como
supuestos demócratas que saben sonreír, pero amenazan
con fumigar a todo un colectivo social,
demostrando gozar, además de una personalidad
frenopática, de un amplio respaldo gubernamental,
gracias a algunos de sus primos socialistas, e incluso
de ciertos dirigentes de Izquierda Unida.
Si, como dijo George
W, Bush (intimo amigo de Aznar, otro afecto al
terrorismo de estado, como Javier Solana), es cierto
eso de que “quien da refugio a un terrorista es
tan culpable como aquel”, parafraseemos la
sentencia y afirmemos, ya que así lo advertimos en
la vida diaria, que si se detiene a ciudadanos por
exhibir llevar fotografías y/o retratos de presos,
también hay que hacerlo que los responsables de
todos y cada uno de los edificios, laicos o
religiosos, donde se exhiban bustos, estatuas,
placas, cuadros, retratos, diplomas, dibujos, etc.,
del padrino espiritual y político del actual jefe
del estado español, al que no le afectan esos 70
años de desvergüenza, callando acerca del siniestro
pasado de su protector, Más bien al contrario, su
nada graciosa o agraciada majestad, se enorgullece
de que todavía en numerosas calles, iglesias,
glorietas, plazas, avenidas, y no digamos cuarteles,
de parte de la península ibérica, se mancille el
recuerdo de quienes combatieron por lo que ni él,
Iturgaiz o Mayor Oreja, jamás reprobarán.
De esa forma se sigue utilizando un curioso
rasero bicéfalo, esa doble moral tan inherente a
los hipócritas, para convencer al personal de
que los responsables de casi 900 muertes, son
mucho más criminales que los que procesaron y
ejecutaron, sin garantía jurídica alguna,
durante y tras el golpe de estado franquista, a
cientos de miles de inocentes ciudadanos, cuyo
pecado era haber defendido la democracia y ser
fieles a la constitución de 1931. Y por si ello
fuera poco, los representantes del Partido
Popular Europeo, en la mentada votación de
Estrasburgo, dejaron claramente expuesta sus
simpatías por el terrorismo que allí se
condenaba. ¿Con qué derecho se arrogan estos
amigos del crimen y la impunidad, de la venganza
y el odio, la venia para dar clases de mesura,
respeto y fidelidad a unos ideales democráticos?
Soy de los que profesan respeto por las
decisiones del Parlamento europeo, aunque no
comparta los contenidos en muchas ocasiones.
Y, lo que son las cosas, en esta ocasión
hago mías las palabras pronunciadas por
Josep Borrell: "…para condenar a
los responsables de la dictadura franquista,
para rendir homenaje a sus víctimas y para
expresar el reconocimiento a todos los que
combatieron por la democracia, padecieron
persecución e impulsaron el retorno de
España a Europa".
Por ello, me niego a seguir la
iracunda pauta real del garrote y la
tortura. Sigo firmemente convencido de
que a los franquistas no hay que
darles en la cabeza, aunque nos
hiciéramos ricos con tanto serrín, sino
que debemos trabajar para que llegue el
día en que se les muestre libremente a
todos los ciudadanos, con luz y
taquígrafos, cámaras y alta definición,
cada día y cada semana, en todos los
medios de comunicación, en todas partes,
la miseria y la muerte que sembraron, y
que aún siguen desparramando en este
lugar de la vieja Europa.
La
memoria del verdadero rostro del
Generalísimo se ha hurtado a la
población nacida desde 1970 hasta
nuestros días, por imposiciones
reales y castrenses, colocando sobre
aquel una máscara de supuesta
dictadura bondadosa, como la que se
fabricó para ocultar las hazañas
hasta sus compañeros más salvajes
(Queipo de Llano, Mola, Sanjurjo,
Yagüe, etc.), que aún detentan
títulos nobiliarios, heredaros por
sus familiares más directos. Que los
más jóvenes vayan en tropel cuando
se sigan abriendo esas fosas comunes
repletas de cadáveres, sobre las que
ríen Iturgaiz y Oreja, y cuyos
gastos no sufraga el gobierno de
Zapatero, para que puedan contemplar
in situ la pretendida
bondad y mansedumbre de los
golpistas.
Cuando las actuales y
futuras generaciones, que ojalá
se eduquen en la ciudadanía,
conozcan el verdadero
rostro de lo que fue aquella
bestial etapa de la historia, y
el que lucen hoy los apologistas
de Franco, aprenderán a
despreciar su memoria, tanto
como yo me avergüenzo del Rey
Juan Carlos de Borbón. Es la
única y más civilizada manera de
acabar con ellos.
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