Laura
León / Raúl Bocanegra
Público
13 de
Junio de 2009
El
historiador Francisco Espinosa acredita en "Callar al
mensajero" 12 casos en los que se trató de silenciar la
historia
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Existe
una historia que estuvo oculta durante al menos
40 años, la de la represión franquista, que
quien la sufrió quiere contar. Desde la muerte
del dictador Francisco Franco, en 1975, ha
habido serios intentos de ponerle presas al
torrente de la memoria de aquellos que han
tratado de decirla con nombres y apellidos. El
historiador extremeño Francisco Espinosa ha
documentado en Callar al mensajero
(Editorial Península), un libro de próxima
aparición, 12 casos en los que familiares de
participantes en la represión franquista han
tratado de ponerle una mordaza, en algunos casos
con el amparo de los tribunales de la España
democrática, a quienes historiadores,
periodistas, documentalistas, maestros y
testigos se han atrevido a pedir la palabra.
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El historiador Francisco Espinosa, en el Piola,
bar de Sevilla en el que se desarrolló la
entrevista |
Fernando Ruiz
Vergara, en la película documental sobre la romería
llamada Rocío, rodada en 1977, dio voz a un
vecino de Almonte (Huelva), Pedro Gómez Clavijo, quien
contó a la cámara que una banda de criminales había
urdido la represión franquista en su pueblo. Y da el
nombre de José María Reales. Su familia, quien lo
consideraba "un caballero español", interpuso una
querella contra Ruiz Vergara, la guionista y el mismo
Gómez Clavijo.
El Constitucional zanjó la cuestión en 2004: la
justicia "no sirve para silenciar los hechos"
Una sentencia
del Tribunal Supremo de 1984, cuyo ponente fue el
magistrado Luis Vivas Marzal entusiasta defensor del
régimen franquista, según tiene documentado el
antropólogo Ángel del Río ordenó censurar la secuencia
en la que Gómez Clavijo identificaba a Reales, y condenó
a su director a una indemnización de diez millones de
pesetas de entonces. La película sigue hoy censurada. Se
emitió en los años 90 en TVE y Canal Sur sin mención
alguna a la censura.
"Ese fue el
primer caso importante. Fue un aviso para todos los que
estábamos metidos en la investigación de la represión.
Un aviso de la derecha permanente española. Y al final
lograron una pena ejemplarizante", argumenta Espinosa en
una entrevista con Público. El caso truncó la
carrera de Ruiz Vergara, quien abandonó España y se
autoexilió en Portugal. "La derecha española estaba
acostumbrada a que la única historia que circulaba fuera
la suya y cuando empieza a ver que hay otra gente que
cuenta otra historia no la acepta. Y lo logra porque en
la Transición, en vez de permitir hablar a los vencidos,
la reconciliación equivale a olvido. Y la Ley de
Amnistía de 1977 borra el tema de la represión. Se
olvidan todos los crímenes en relación con los derechos
humanos", remacha Espinosa.
Sentencia decisiva del Constitucional
"Reivindico que la gente debió tener derecho a
contar su vida y dar los nombres"
La justicia
democrática no resuelve el asunto de la publicación de
los nombres de los asesinos (y las demandas
correspondientes) hasta el año 2004. "Hace muy poco",
aduce Espinosa. La prominente familia catalana Trias
Sagnier había demandado a la periodista Dolores Genovés
y a la televisión pública por la emisión en 1994 del
reportaje Sumaríssim 477, en el que se hacía
una semblanza biográfica del político catalán Manuel
Carrasco i Formiguera, fundador de Unió Democràtica de
Catalunya en la II República, que fue sometido a Consejo
de Guerra y condenado a pena de muerte. En el programa
se aludía dos veces a Carlos Trias Bertrán, padre de los
recurrentes, quien declaró entonces contra Carrasco.
El Tribunal
Constitucional emitió diez años después una sentencia,
cuyo ponente fue la actual presidenta, María Emilia
Casas Bahamonde, en la que elimina de un plumazo la
mordaza (a pesar de algunos jueces) y defiende que "la
posibilidad de que formemos nuestra visión depende de la
existencia de una ciencia histórica". Y remacha: "El
ejercicio de la jurisdicción en la garantía de los
derechos fundamentales no sirve para enjuiciar la
historia y menos aún para cambiarla o silenciar sus
hechos".
La línea entre nazismo y fascismo
El delgado
hilo de la historia arroja extrañas situaciones. Uno de
los miembros de la familia Trias Sagnier se llama Jorge.
Es abogado. En uno de los casos que logró la condena del
nazi belga Léon Degrelle, quien vivió (y murió en 1994)
en España amparado por Franco. A mediados de los años
80, Degrelle declaró: "Si hay tantos judíos ahora,
resulta difícil de creer que hayan salido tan vivos de
los hornos crematorios. Falta un líder, aquel que podría
salvar Europa, pero ya no surgen hombres como el Führer".
Violeta Friedmann, una judía húngara, lo leyó y le
demandó, con la ayuda de Trias Sagnier.
Espinosa
también da cuenta de este caso. "Lo he hecho porque
muestra el doble baremo. En España se podía condenar a
un nazi y, sin embargo, a un fascista, con cosas aún más
graves no se le podía ni nombrar", argumenta. ¿Qué
explicación existe para el dilema? "En Alemania, el
nazismo pierde. En España el fascismo gana responde el
historiador y se perpetúa y no hay ruptura, el propio
franquismo se transforma en democracia. Y desde la
Transición se ha avanzado lentamente en el apartado de
la verdad histórica. El caso de Garzón fue un cierre. La
derecha española no podía consentir que eso se hiciera.
La derecha judicial forma parte de la derecha española y
cortó de raíz en un mes y medio la iniciativa".
Aún hay
magistrados que actúan. En septiembre de 2006, un juez
de primera instancia de Cambados (Pontevedra) ordenó
cerrar como medida cautelar una web en la que estaba
colgado el testimonio de Ramón Garrido, ya fallecido, en
el que se hacían referencias directas a Joaquín Álvarez,
alcalde de O Grove (Pontevedra), durante la dictadura de
Primo de Rivera y, luego, durante la franquista,
imputándole vox populi que se dedicaba a
realizar listas de paseados. El juez consideró que
Garrido se basaba sólo en rumorología y dictó la
clausura. "Los testimonios orales cobran valor especial
teniendo en cuenta que los archivos de Falange fueron
destruidos y los archivos principales están esquilmados.
Por eso, la historia oral ha estado recibiendo palos
desde el principio", dice Espinosa. "Reivindico en el
libro que la gente debió tener derecho a contar su vida
y hacer una historia con nombres y apellidos".