La celebración
del cincuentenario de la muerte de Juan Negrín y la
exposición conmemorativa que está recorriendo España
empieza, con muchas cautelas, a honrar el recuerdo del
presidente del Consejo de Ministros de la República
durante la guerra civil. Han tenido que pasar setenta
años del inicio de la rebelión fascista y tres décadas
de la muerte del dictador para realizarla. Pese a ello,
Negrín, aunque fue uno de los estadistas más relevantes
del siglo XX, continúa siendo uno de los grandes
desconocidos de la historia de España, sin presencia en
la nomenclatura urbana de las ciudades españolas, sin
instituciones que lleven su nombre, en acusado contraste
con la persistencia de nombres ligados al régimen
fascista en muchas calles del país. En cambio, en
Francia acaban de inaugurar una placa en la avenida
Henri Martin, en el edificio donde vivió exiliado Negrín
hasta su muerte. Pese a todo, esa exposición es un
inicio, que debe seguir, porque todavía desconocemos
muchas cosas, entre otras, el contenido de muchos de los
papeles del presidente, guardados en carpetas en el
Archivo Negrín de París.
Las recientes
biografías escritas por Ricardo Miralles y Enrique
Moradiellos han puesto de actualidad su trayectoria, al
menos entre los ciudadanos preocupados por la historia.
Moradiellos ha calificado a Negrín como el hombre más
difamado del siglo XX en España, y no le falta razón:
desde la derecha fascista, hasta el anarquismo, pasando
por los partidos republicanos y nacionalistas, e incluso
por una parte considerable del que fue su partido, el
PSOE (que llegó a expulsarlo de sus filas en una
decisión vergonzosa), se ha tejido una leyenda negra con
la que fue acusado de todos los crímenes imaginables,
entre otros, el de “entregarse” al PCE y a la Unión
Soviética. Nunca fue cierto, aunque si lo fue que Negrín
apenas encontró otro apoyo que el que le ofrecieron los
comunistas y un sector del PSOE que defendieron la
política de resistencia ante el fascismo. La identidad
entre el PCE y el presidente del gobierno republicano no
radicaba en la ideología, pese a las acusaciones de
criptocomunismo que Negrín tuvo que soportar, sino en el
objetivo común de resistir al fascismo, y en la
definición de una república que pretendía mantener, en
circunstancias muy difíciles, lo mejor de un proyecto
social de progreso. Para ello, había que resistir, y
ganar la guerra, y tanto Negrín como los comunistas
fueron los verdaderos protagonistas de esa resistencia.
Pero la difamación de su figura fue cruel: desde su
hipotética subordinación al PCE, pasando por una
supuesta admiración hacia la figura de Mussolini y
terminando con todo tipo de acusaciones por la supuesta
dilapidación de los recursos de la República, e incluso
por su inclinación por la cultura alemana, como si eso
le hiciese sospechoso de oscuras vinculaciones con el
nazismo, Negrín soportó la infamia y la calumnia durante
los años de posguerra hasta su muerte en 1956. Porque si
la guerra civil fue una dura prueba para Negrín, la
posguerra no le ahorraría amargura.
Nacido en
Canarias, pudo estud iar en Alemania, donde consiguió
titularse como doctor en Medicina con apenas veinte
años, un hecho de todo punto excepcional,
especializándose en fisiología de la mano de Ewald
Hering. Pocos años después, ya casado con María Fidelman
Brodski (una rusa de familia judía), y establecido de
nuevo en España, se ocupó de la organización de un
laboratorio de su especialidad en la Universidad Central
de Madrid, la actual Complutense. Negrín admiraba la
cultura alemana, su pasión por la ciencia, el rigor de
sus investigadores. Militante socialista desde 1929, fue
diputado en las Cortes constituyentes de 1931, siendo
reelegido en 1933 y en las elecciones del Frente
Popular, en 1936. Unos años antes había conocido a la
que sería su compañera, Feli López, con la que compartió
su vida, aunque no se separó legalmente de María
Fidelman hasta el inicio de la guerra civil.
Su
incorporación a la actividad política cambió su vida. En
1933, la dirección socialista se dividió, con ocasión de
la salida de Azaña y del propio PSOE del gobierno
republicano, en un momento en que el sector de Largo
Caballero, que controlaba la UGT, apostaba por impulsar
la revolución obrera. Pero aquella era la hora del viejo
demagogo Lerroux, que supuso el inicio del bienio
negro . La forma de responder a Lerroux y a la
derecha dividió a los socialistas: Negrín era un
socialista moderado y se mantuvo junto a Indalecio
Prieto, que defendía la continuidad de una política
concertada con los partidos republicanos. Las
diferencias entre las distintas corrientes socialistas
no eran menores, hasta el punto de que las fuertes
tensiones auguraban una inmediata ruptura del PSOE, que,
en los vertiginosos meses anteriores a la sublevación
militar fascista de 1936, era consideraba como
inevitable por relevantes dirigentes socialistas.
Tras la
rebelión de los generales fascistas, superados por los
acontecimientos Casares Quiroga y Giral, llegó el
momento del socialista Largo Caballero (el dirigente
obrero que llegó a ser conocido como el Lenin español
), que fue nombrado presidente del Consejo de ministros
el 4 de septiembre de 1936, y que, dos meses después,
daría entrada a la CNT en el gobierno. Con el país
dividiéndose en dos, era la hora de las novedades
históricas: nunca en la historia de España un obrero
había dirigido un gobierno, ni nadie hubiera imaginado
ministros anarquistas, y, además, España era el primer
país de Europa (con la obvia excepción soviética) que
tenía ministros comunistas, aunque sólo fuese en
Instrucción Pública y en Agricultura. En ese gobierno,
Negrín asumió la cartera de Hacienda, donde tomó la
decisión, de acuerdo con Largo Caballero, de enviar a la
Unión Soviética las reservas de oro del Banco de España
—cuatrocientas sesenta toneladas, equivalentes a unos
quinientos veinte millones de dólares de 1936, y que hoy
supondrían, aproximadamente, unos cinco mil millones de
euros—; esa resolución permitió a la República sufragar
el esfuerzo de guerra, porque puso a salvo los recursos
del gobierno, en un momento en que era opinión casi
unánime que Madrid estaba a punto de sucumbir ante las
tropas fascistas.
Tras los hechos
de mayo de 1937 en Barcelona, los socialistas de Prieto,
los republicanos de Azaña y los comunistas forzaron la
salida de Largo Caballero, que había dado muestras de no
estar a la altura de las circunstancias, y Negrín, cuyo
nombre sugirió Prieto, fue elegido para la presidencia
del Consejo de Ministros. La leyenda posterior,
difundida por el propio Prieto y por muchos adversarios
de Negrín y del PCE, de que su elección fue una
imposición de los comunistas y de la URSS no resiste el
menor análisis. El nuevo presidente del Consejo tenía
ante sí una difícil tarea: construir un ejército capaz
de enfrentarse a las tropas fascistas, reorganizar el
casi desmantelado Estado republicano, cohesionar el
Frente Popular y la retaguardia, y articular un programa
de acción que agrupase a las dispersas y enemistadas
fuerzas que sostenían a la República. A partir de ese
momento, Negrín se convirtió en el alma de la
resistencia, y, en ese empeño, coincidió con los
comunistas, cuya disciplina y fortaleza, a veces su
exhibición de fuerza, no podían sino indisponer al resto
de organizaciones republicanas. Negrín nunca “se
entregó” al PCE como se ha afirmado reiteradamente,
incluso en nuestros días, aunque los odios cainitas de
la posguerra hicieron circular muchas leyendas y
falsedades. Lo cierto es que, en 1937, el presidente de
la república, que después se opondría con tanta
insistencia a Negrín, estaba satisfecho de su elección y
de la energía del nuevo presidente del Consejo: Azaña ya
no tendría la impresión de “hablar con un muerto”, como
le ocurría con Largo Caballero.
Con Negrín,
Prieto asumió la cartera de Defensa hasta la crisis de
abril de 1938, que supuso su salida del gobierno y la
ruptura definitiva con Negrín, aunque guardase las
formas. El PCE (cuyo dinamismo como organización hizo
crecer sus filas y aumentar su papel político, pero
también las suspicacias y la desconfianza) salió
fortalecido de la crisis de mayo de 1937, en detrimento
de los anarquistas, de los partidos republicanos e
incluso del PSOE, que vio cómo su estatuto de principal
partido de izquierda se debilitaba y cómo,
progresivamente, el tradicional enfrentamiento entre el
ala derecha de Besteiro, los centristas de Prieto y el
ala izquierda de Largo Caballero cedía ante una
coalición interna socialista que aglutinó a esas tres
corrientes contra los negrinistas , rasgo no por
soterrado (la dirección socialista aprobaba formalmente
la política de Negrín) menos evidente ya en 1938. En la
gestión de la grave crisis de 1938, Negrín se opuso a
los dirigentes socialistas que propugnaban marginar al
PCE argumentando que, además del firme papel que
desempeñaban en la guerra, la URSS era el único
suministrador de armas a la República y, por si no era
suficiente, en la escena internacional eran los partidos
comunistas los más eficaces defensores de la República y
los más activos impulsores de la solidaridad mundial.
Ese fue el principal objetivo de Negrín: agrupar
alrededor de su política de resistencia a todos los
partidos y organizaciones que sostenían a la República,
aunque el derrotismo y el cansancio habían hecho mella
en muchas organizaciones; a veces, por las penalidades
de la guerra pero también por la disminución de su
protagonismo, como en el caso de la CNT, algunos de
cuyos principales dirigentes afirmaban (ya en junio de
1937) que la guerra estaba perdida, sin reparar en el
efecto demoledor que sus palabras tenían sobre la
retaguardia, coincidiendo en ello con el propio
presidente de la República, a quien tanto habían
criticado. En otros casos, porque la propia dinámica de
la guerra marginaba a los menos decididos. Pero fue con
Negrín cuando la República pudo organizarse, pudo crear
un ejército capaz de hacer frente a la militarada
fascista, tener iniciativas valiosas en política
exterior y ante la Sociedad de Naciones, en ocasiones
con la intervención directa del presidente del Consejo.
También hubo serias diferencias políticas con Companys y
con el nacionalismo catalán, aunque las disputas con la
Generalitat fueron una consecuencia no deseada del
propósito de Negrín de centralizar el esfuerzo de
guerra, de reorganizar un aparato de Estado que con
Largo Caballero había sido casi inexistente.
La capacidad de
maniobra del gobierno republicano se vio limitada por la
insistencia de Azaña en buscar un final negociado a la
guerra, convencido de que la República estaba derrotada,
con una hipotética mediación de las grandes potencias, y
cuya formulación se parecía demasiado a una
capitulación; también se vio afectada por la conferencia
de Munich y por sus efectos en España sobre la
retaguardia y, además, por los equívocos apoyos de la
mayoría de organizaciones republicanas a la política de
resistencia de Negrín; por los reveses militares, que
Rojo y Negrín intentaban reconducir buscando que París
accediese a mantener abierta la frontera pirenaica para
que llegasen los pertrechos soviéticos, algo nada
sencillo en 1938, y combatiendo el derrotismo en la
retaguardia y en el propio ejército republicano, que
acusaba las deserciones y el cansancio. Por si fuera
poco, Azaña, Besteiro y otros dirigentes cualificados
saboteaban con iniciativas propias la política exterior
de Negrín. Prieto callaba, pero su opinión de que la
guerra estaba perdida era ampliamente conocida, y lo
mismo hacían notorios dirigentes anarquistas, con
demoledoras consecuencias en la moral de los soldados.
De hecho, en 1938 se había creado una tácita coalición
para intentar deshacerse de Negrín y de la política de
resistencia, coalición que por confusa y falta de nervio
político que fuera no era menos real.
La insistencia
de Azaña argumentando la inutilidad de continuar una
guerra que “ya estaba perdida”, sus encontronazos con
Negrín, sus iniciativas exteriores, requirieron una
enorme energía del presidente del Consejo para
combatirlas, y afectaron gravemente a la población
civil: de hecho, además de la criminal indiferencia de
Londres y, en menor medida, de París, y del sustancial
apoyo de Hitler y Mussolini al bando fascista, en la
retaguardia se encontraba uno de los puntos débiles de
la República, lejanos ya los días de entusiasmo del
verano de 1936. Analizado en perspectiva, puede
admitirse que en 1938 era difícil que la República
ganase la guerra, pero no es menos cierto que Negrín no
podía impulsar una política de capitulación, que hubiese
tenido unas consecuencias devastadoras y que tampoco
hubiera ahorrado sufrimiento y represión a quienes
estaban defendiendo la República. Por otra parte, aunque
el desenlace de la guerra civil española y la Segunda
Guerra Mundial fuese diferente, ese argumento recurrente
sobre la “guerra perdida” podía utilizarse también para
la Europa que había visto cómo Hitler ocupaba París,
llegaba hasta las puertas de Moscú, y casi se adueñaba
del continente: de hecho, muchos creyeron en 1942 que la
guerra mundial estaba perdida, pero ello no llevó a los
movimientos partisanos a dejar de luchar contra los
nazis, ni a De Gaulle a capitular, ni a la Unión
Soviética, que ya había sufrido millones de muertos, a
rendirse ante la Wehrmacht . ¿No era “lógico”
pensar en 1942, habiendo padecido ya la coalición
antifascista cuatro años de guerra y de derrotas, que
Hitler había ganado la partida?
Barcelona había
pasado a ser la capital de la República y las
diferencias entre el gobierno central y la Generalitat,
la centralización que comportaba el esfuerzo de guerra y
el mando único, alimentaron la desazón entre los
nacionalistas, especialmente en ERC. El derrotismo se
expresó de múltiples formas, algunas de la mano de
figuras relevantes: las declaraciones desde Perpignan
del anterior presidente del Parlament, Joan Casanovas,
prominente figura de ERC, hechas después de la entrega a
Hitler de Checoslovaquia por Chamberlain y Daladier en
la conferencia de Munich, iban en la misma dirección que
otras iniciativas semejantes de rendición, aunque fueran
maquilladas políticamente. Casanovas, especulando con la
idea de una paz separada de Cataluña, recabando para
ello el apoyo de Francia y Gran Bretaña y defendiendo
una supuesta “neutralidad” de Cataluña en la guerra
civil —idea que era un delirio político y un disparate
estratégico—, tras aceptar la victoria de Franco en el
resto de España, llegaba incluso a exigir la celebración
de un consulta (derecho de autodeterminación, lo
calificó) a la población catalana para aprobar ese plan.
En ese tipo de planteamientos derrotistas y
capituladores de 1938 radica el posterior argumento
nacionalista, que sería utilizado con profusión después
de la derrota, de que Cataluña había perdido la guerra;
así, en bloque, sin querer reparar, después de la
victoria franquista, en la evidencia de que la burguesía
catalana era muy consciente de haber ganado la guerra
civil contra sus propios trabajadores y de que, además,
el ejército español había asegurado, de nuevo, su
dominación social. Lo había hecho muchas veces, y la
derecha catalana lo sabía: en 1909 y en 1917, con el
golpe de Primo en 1923 y, de nuevo, con la victoria
fascista en 1939.
Negrín tenía
que dirigir la guerra , aprisionado entre el remiso
apoyo que le brindaban su propio partido, el PSOE, la
CNT y los nacionalistas vascos y catalanes, y la
realidad de las críticas soterradas y del derrotismo que
emponzoñaba a la República. La persistente oposición al
gobierno que mantenían relevantes figuras del
anarcosindicalismo, pese al apoyo formal al gobierno de
Negrín de la dirección de la CNT, se fundamentaba en la
adversa marcha de la guerra, pero, sobre todo, en la
amargura que producía la pérdida de influencia del
anarquismo entre los trabajadores y en el propio
ejército. La negativa de la CNT a formar parte del
gobierno Negrín fue un grave error de los dirigentes
anarcosindicalistas (tampoco aparecía la UGT, aunque la
presencia del PSOE le restaba trascendencia al hecho)
que contribuyó a su marginación relativa y que también
dificultó el objetivo que Negrín perseguía: resistir,
ganar la guerra, haciendo un difícil equilibrio en una
coyuntura internacional tan compleja. El único apoyo
firme hacia la política de resistencia era el que le
ofrecía el PCE, un apoyo sin fisuras, puesto que los
comunistas veían en Negrín un dirigente capaz, honesto,
convencido de que resistir era el único camino. Así, si
las crisis abiertas, o larvadas, para sustituir a Negrín
no triunfaron, fue debido a la incapacidad de sus
oponentes para ofrecer un programa plausible y un
dirigente alternativo al presidente del Consejo, porque
sus críticos ni tenían un candidato ni contaban con el
apoyo del ejército republicano, aunque también en éste
habían aparecido signos derrotistas, sobre todo en
algunos militares profesionales y en las tropas
influidas por anarquistas y por los socialistas
contrarios a Negrín. La capitulación, independientemente
de cómo se adornase, no era una alternativa, al margen
de que el desenlace final fue, también, la derrota sin
paliativos. En esa difícil tesitura, el general Rojo fue
un firme apoyo para Negrín, hasta que la caída de
Cataluña llevó al jefe del Estado Mayor a creer que todo
estaba perdido. El desánimo de Rojo y la situación en el
frente hizo que Negrín intentase, ya en febrero de 1939,
una paz inmediata, por intermediación de Francia y Gran
Bretaña, siempre que se garantizase que Franco no
tomaría represalias contra los vencidos. Fue un gesto
desesperado. La guerra mundial asomaba en el horizonte,
pero si había algo de lo que no disponía la República
era, además de armas, de tiempo.
Los dos últimos
meses de la guerra fueron los del triunfo de la traición
en el propio campo republicano. Después de la retirada
de Cataluña, Negrín, tras haber pasado a Francia el 8 de
febrero de 1939, volvió a España aquel mismo día, con la
intención de proseguir la resistencia en la zona
centro-sur. El 5 de marzo, el coronel Casado (que ya
estaba en contacto con Franco desde semanas atrás)
apoyado por una parte del PSOE, por la CNT, Izquierda
Republicana y Unión Republicana, encabezó desde Madrid
un golpe de Estado contra el legítimo gobierno
republicano: una rebelión en toda regla. Sin el menor
escrúpulo, Casado justificó su acción con el argumento
de que Negrín y el PCE habían organizado un “golpe de
Estado” para entregar todos los mandos del ejército a
los comunistas, mostrando como “prueba” unos
nombramientos que habían aparecido en el Diario
Oficial dos días antes. En realidad, Casado y sus
cómplices llevaban semanas preparando el escenario del
golpe contra Negrín porque su acción iba dirigida contra
él, el símbolo de la resistencia. Desde el inicio de
1939 se había establecido contacto con Franco, y desde
principios de febrero Casado había decidido sublevarse:
faltaba el pretexto, para el que sirvieron los rumores
de cambios en el ejército, incluso supuestas
conversaciones sorprendidas a dirigentes comunistas, que
eran un bulo más lanzado por los capituladores. La junta
de Casado (con Wenceslao Carrillo, los anarquistas
Eduardo del Val y González Marín , el socialista
Besteiro y el dirigente de la UGT Antonio Pérez, Miaja),
que tenía el apoyo del anarquista Cipriano Mera que
mandaba el IV Cuerpo de Ejército, y del general
Matallana, inició así una pequeña guerra civil dentro de
la guerra. La CNT celebró una nutrida reunión en Madrid
para “defender la democracia” y luchar contra el “golpe
de Estado” que supuestamente iba a dar Negrín. Era la
puesta en escena del golpe real, el de Casado. De hecho,
ya el 13 de febrero el Comité de Defensa de la CNT había
avanzado a Cipriano Mera que se estaba organizando una
Junta con el coronel Casado, y los principales mandos
militares anarquistas recibieron instrucciones de que
cuando escuchasen por la emisora Unión Radio que se
había constituido una Junta para “hacer fracasar el plan
de Negrín”, detuviesen a todos los mandos militares
comunistas y negrinistas, y se hiciesen con el control
de todas las unidades. Casado dio la orden de atacar a
las tropas republicanas de la zona centro que estaban
dirigidas por comunistas que se opusieron al golpe: así,
en una semana de enfrentamientos armados, centenares de
combatientes comunistas fueron asesinados en Madrid, y
mandos del PCE como el coronel Barceló y el comisario
Conesa fueron fusilados por Casado. Otros dirigentes
comunistas fueron entregados a Franco por la Junta de
Casado. Otra vez, en una siniestra paradoja, ahora en el
campo republicano, quienes se rebelaban contra el
gobierno legítimo acusaban de traidores a Negrín y a
quienes defendían la política de resistencia. Tras la
proclama golpista de la Junta, llamada Consejo Nacional
de Defensa, el anarquista Cipriano Mera llegó a decir
por los micrófonos de Unión Radio: “¡Trabajadores y
combatientes! ¡Antifascistas dispuestos a morir por el
honor de nuestra causa! De cara a todos los traidores y
todos los enemigos. ¡Viva España invicta, independiente
y libre! Todos en pie de guerra por la vida y el honor
del pueblo que nos dio la misión de defenderle. ¡Viva su
Consejo Nacional de Defensa!” Era una paradoja más:
quienes iban a rendirse, hablaban de morir por la causa;
quienes levantaban la última traición, acusaban de
traidores a Negrín y a su gobierno; quienes se
deshonraban, hablaban del honor del pueblo. El golpe de
Casado fue el final. Negrín decidió, el día 6 de marzo,
marchar a Francia. Ahora sí, la guerra estaba perdida.
El exilio
estuvo dominado por la amargura de la derrota y por la
división de los republicanos. Prieto no perdió ocasión
de atacar a Negrín y de hacerle responsable de la
derrota, y alcanzó también a la relación entre los
comunistas y Negrín, que se distanciaron; primero, por
la condena del presidente del Consejo del acuerdo von
Ribbentrop-Molotov, y, siete años después, por la
entrada del PCE en el gobierno republicano en el exilio
presidido por José Giral. Negrín dimitió como presidente
del Consejo de Ministros en esa sesión de Cortes
celebrada en el exilio, en agosto de 1945, en México,
cuando parecía que de nuevo llegaba la esperanza para
España con la victoria de la coalición antifascista en
la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, Negrín supuso
que Martínez Barrio, que cumplía la función de
presidente de la República, le volvería a encargar
formar gobierno, pero Prieto y sus seguidores se
negaron, dando paso a José Giral, que formó el nuevo
gobierno republicano en el exilio. Fue la última derrota
de Negrín. Además, aunque no lo sabían los reunidos, ni
Francia ni Gran Bretaña, y mucho menos Estados Unidos,
tenían intención de precipitar la caída del régimen
franquista. Era un espejismo más, porque Negrín bebería
el cáliz de la derrota hasta el final de sus días.
* * *
Negrín tenía un
gran prestigio como fisiólogo: En la exposición del
cincuentenario de su muerte, estaba su carnet de la
“Agrupación o Sociedad Socialista de Madrid”, con el
número 640, emitido el 1 de junio de 1929. Había otros
documentos suyos, entre ellos el que le identificaba
como presidente del Consejo de Ministros de la
República. Algunos objetos, casi siempre procedentes del
Archivo Juan Negrín , de París, llamaban la
atención: su sombrero, unas plumas estilográficas
utilizadas por él; y su reloj de oro. Y una minúscula
maqueta de avión, de apenas ocho centímetros, plateada,
hecha por los aviadores españoles confinados en el campo
de Gurs, que regalaron a Negrín. También, algunas
fotografías: la de Companys y el cónsul soviético en
Barcelona, Antonov-Ovsienko, en el balcón del Palau de
la Generalitat, celebrando con el puño en alto el XIX
aniversario de la revolución bolchevique. Y la imagen de
Azaña y Negrín, despidiendo en Barcelona a los
voluntarios de las Brigadas Internacionales; o la que
muestra a los pasajeros del Sinaia , que atracaba
en México en junio de 1939 con los primeros republicanos
españoles exiliados, que llegaban con un cartelón en
cubierta proclamando: “Negrín tenía razón”.
Algunos
documentos de la exposición son relevantes: la orden de
disolución del POUM, del 16 de junio de 1937, ya con
Negrín en la presidencia del Consejo; el libro de claves
para las comunicaciones secretas entre la embajada de
París y el Ministerio de Estado (como llamaban entonces
al de Asuntos Exteriores); la carta de Stalin, Molotov y
Voroschilov a Largo Caballero, del 4 de febrero de 1937,
donde los dirigentes soviéticos le aseguran que la URSS
seguirá ayudando a la República. Está escrita en
francés, en una simple cuartilla.
Después, podía
verse el ejemplar de El Socialista , del 23 de
abril de 1946, con la noticia de la expulsión de Negrín
del PSOE, junto a otros trece diputados socialistas a
Cortes, como Álvarez del Vayo, González Peña, Ramón
Lamoneda. La expulsión se había fraguado a finales de
1945, cuando Prieto y Rodolfo Llopis consiguieron
configurar una comisión ejecutiva del PSOE que decidió
expulsar a Negrín. Y años después, imágenes de Negrín
con Tito, en Belgrado, en octubre de 1956, posando con
veteranos de las Brigadas Internacionales, en el XX
aniversario de su llegada a España: todos de pie posando
para el fotógrafo, junto al mariscal. Negrín sonríe,
apenas un mes antes de morir. También, el telegrama de
condolencias por la muerte de Negrín, enviado por Lázaro
Cárdenas, el expresidente de México.
* * *
La amargura de
la derrota dio alas a las acusaciones más descabelladas
contra Negrín; una de ellas —difundida por miembros de
su propio partido, por anarquistas y, en general, por
los enemigos de la política de resistencia que él había
defendido— daba pábulo a la infamia de que el presidente
del Consejo había dilapidado, casi robado, el oro del
Banco de España, en connivencia con los comunistas. Nada
más lejos de la realidad, porque hoy sabemos con toda
precisión que la gestión de Negrín fue ejemplar. En la
derrota, Indalecio Prieto, que había sido su mentor
político, Largo Caballero, y una larga lista de
dirigentes del PSOE, acusaron a Negrín de todos los
desastres. Una de las acusaciones recurrentes contra él
fue que su política de resistencia (cuando,
supuestamente, la guerra ya estaba perdida desde la
llegada de Franco al Mediterráneo) exigió mayores
sacrificios al pueblo español y prolongó la matanza.
Tampoco era verdad, porque si bien es cierto que la
situación militar era muy comprometida para la República
desde la primavera de 1938, también lo era que algunos
sectores que habían sostenido el esfuerzo de guerra
republicano fueron dándose por vencidos con distintas
excusas y expedientes: cualificados dirigentes
anarquistas hablaban ya, por ejemplo, en la primavera de
1937 de que la guerra estaba perdida, contrayendo una
grave responsabilidad. Esa misma excusa sirvió, en marzo
de 1939, para justificar el golpe de Estado del coronel
Casado.
La s decisiones
controvertidas de Negrín —desde la disolución del POUM
hasta su propuesta, después de la guerra mundial, de que
España fuese incluida en el Plan Marshall, pasando por
la entrega a Franco (tras la muerte del expresidente del
Consejo) de la documentación sobre el oro del Banco de
España que se había depositado en la Unión Soviética,
entre otras—, sus errores, pero también su decisión, su
valentía, sus aciertos, deben verse en el marco de la
compleja responsabilidad que tuvo que asumir dirigiendo
una República en guerra y, después, al amargo exilio
donde hasta sus propios compañeros le acusaron de la
derrota, sin aceptar que los verdaderos responsables
fueron las potencias occidentales que abandonaron a la
República, durante la guerra y tras ella, de forma que
sólo una lejana Unión Soviética pudo, con enormes
dificultades logísticas, ayudar a combatir al fascismo
en España. No por ello Negrín renunció a encontrar
posibles salidas que terminaran con la guerra y su
actividad diplomática de finales de 1938 y comienzos de
1939 es una muestra de esa convicción, porque intentó
una mediación diplomática con Franco, manteniendo la
política de resistencia, mientras confiaba en que la
evolución de las tensiones internacionales, con el
estallido de la nueva guerra europea que se anunciaba,
pondría a la República en un nuevo escenario, aliada a
Francia, Gran Bretaña y la Unión Soviética frente a
Alemania e Italia.
El silencio
sobre Negrín atravesó toda la dictadura franquista y
siguió con la transición y los largos años de gobierno
del nuevo PSOE fundado otra vez en 1974. Negrín, uno de
los gobernantes más importantes, más lúcidos y más
honestos de la España contemporánea sigue siendo
molesto, incluso para el PSOE, que apenas se ha
preocupado por honrar su memoria. Negrín enarboló la
bandera de la resistencia y su ejemplo fue
trascendental: después de la guerra civil, cuando ya
España se había desangrado, el ejemplo de la resistencia
española influyó en Francia, Italia, Checoslovaquia,
proclamando que ante el fascismo no cabía más que la
resistencia. Negrín tenía razón, aunque el PSOE le pagó,
cuando ya se anunciaba en el horizonte la guerra fría
, con la expulsión del partido. La pequeña maqueta de
avión que los pilotos republicanos presos en el campo de
concentración de Gurs (ese Gurs que Louis Aragon definió
como “una extraña sílaba, como un sollozo que no
consigue salir de la garganta”) regalaron a Negrín, y
que él guardó hasta el final de su vida, era una muestra
del afecto de quienes resistieron hasta el final.