Nueva Tribuna 28 de Noviembre de 2008
Lo que queda
meridianamente claro
en el
Auto del juez Garzón
es que si hay una
responsabilidad que
parece extinguida,
otra no lo está.
Sobre todo, la que
hace referencia a
los secuestros con
desaparición de
personas y la
sustracción a sus
padres de menores a
los que se dota de
identidades falsas,
ya que tales
supuestos son
delitos permanentes.
Tiene razón Ian
Gibson en comparar
con un thriller
escalofriante los
152 intensos folios
del auto de
inhibición del juez
Baltasar Garzón a
favor de diversos
juzgados de
Instrucción de
algunas de las
actuaciones
contempladas en las
diligencias previas
de Procedimiento
Abreviado en Sumario
que abrió contra los
crímenes del
franquismo el pasado
17 de octubre. En
ese mismo auto,
declaraba extinguida
la responsabilidad
penal por
fallecimiento
respecto de los
delitos contra Altos
Organismos de la
Nación y de
detención ilegal con
desaparición forzada
de personas en el
contexto de crímenes
contra la humanidad
de: Francisco Franco
Bahamonde y otros 44
militares y miembros
de los primeros
gobiernos de Franco.
Lo que no es poco,
si se tiene en
cuenta que hasta
ahora no había
existido ningún
pronunciamiento
judicial que
asociara la palabra
delito a tan
siniestros
personajes de la
historia española.
En cualquier caso, y
tal como puntualiza
el magistrado, “no
es lo mismo declarar
extinguida la
responsabilidad de
los principales
cabecillas, por
fallecimiento, que
otorgarles la
impunidad, el perdón
y el olvido
judicial, tildando
sus acciones como
mera represión
política".
El mundo, entre
otras cosas, se
divide entre los
detractores del
superjuez y sus
partidarios. Que no
instruye bien, dicen
algunos. Pero
también decían que
Curro Romero no
mataba bien y sigue
siendo considerado
como uno de los
grandes toreros de
la historia. Pero
aquellos que suelan
tirarle almohadillas
a Garzón tendrán que
convenir, al menos
en este caso, que
nadie tiene la razón
todo el tiempo ni
tampoco nadie se
equivoca siempre.
Es de lamentar que
dicha decisión
triture las
esperanzas
inmediatas de abrir
una oficina nacional
de desaparecidos,
tal y como soñaba
buena parte de la
sociedad civil
implicada en este
asunto. Y si bien es
cierto que embarcar
la pelota de las
fosas en el tejado
de los juzgados de
instrucción no
resuelve el drama de
muchas familias que
siguen sin saber
donde están los
cadáveres de los
suyos, el documento
judicial supone una
síntesis
incuestionable de lo
que fue la represión
franquista, tanto
durante la guerra
como sobre todo
durante la
posguerra. Y no sólo
abre vías oportunas
para nuevas
actuaciones ante la
Justicia sino para
la modificación de
algunas cláusulas
manifiestamente
mejorables de la Ley
de la Memoria
Histórica de 26 de
diciembre de 2007 o,
en su caso, acciones
en paralelo que
pudieran plantearse
ante los parlamentos
y gobiernos
autonómicos. Tampoco
el auto agota
necesariamente otras
vías como la campaña
por la modificación
de la Ley de
Registros Civiles
que hagan, realmente
posible, la
inscripción en el
mismo de miles de
fusilados que fueron
ocultados
oficialmente por la
dictadura.
Un sistema de
desaparición de
menores.-
Pero lo que queda
meridianamente claro
en dicha decisión
judicial es que si
hay una
responsabilidad que
parece extinguida,
otra no lo está.
Sobre todo, la que
hace referencia a
los secuestros con
desaparición de
personas y la
sustracción a sus
padres de menores a
los que se dota de
identidades falsas,
ya que tales
supuestos son
delitos permanentes.
Estamos hablando de
“los niños perdidos
del franquismo”, un
caso concreto que no
figuraba en las
denuncias iniciales
de las asociaciones
de la memoria que
conformaron las
diligencias previas
mediante
procedimiento
abreviado número
399/2006 de la
Audiencia Nacional.
A juicio de Garzón,
"podría haberse
desarrollado un
sistema de
desaparición de
menores hijos de
madres republicanas
(muertas, presas,
ejecutadas,
exiliadas o
simplemente
desaparecidas) a lo
largo de varios
años, entre 1937 y
1950, realizado bajo
la cobertura de una
aparente legalidad".
Cambios de
domicilio, cambio de
apellidos,
adopciones ilegales.
O sea, todo un
ramillete de daños
colaterales que
añadir al debe de un
régimen a quien no
le tembló el pulso
para exterminar a
sus adversarios
después de
vencerles.
Aquellos secuestros,
a tenor del auto de
Garzón, “tuvo un
claro carácter
sistemático,
preconcebido y
desarrollado con
verdadera voluntad
criminal para que
las familias de
aquellos niños a las
que no se les
consideraba idóneas
para tenerlos porque
no encajaban en el
nuevo régimen, no
pudieran volver a
tener contacto con
ellos. De esta forma
se propició una
desaparición
legalizada de
menores de edad, con
pérdida de su
identidad, cuyo
número indeterminado
dura hasta la
fecha".
Si durante años la
sociedad española
contempló apasionada
y compasivamente la
peregrinación de las
madres y de las
abuelas de la Plaza
de Mayo a la
búsqueda de sus
desaparecidos; o
aplaudió la pesquisa
personal de Juan
Gelman en este mismo
sentido, ¿cómo
podremos volver la
espalda a estos
nuevos demonios que
aparecen en el
jardín de nuestro
pasado inmediato y
colectivo?
Ahora, a tenor del
auto de Garzón,
deben ser el
Ministerio Fiscal y
los jueces
competentes quienes
investiguen tales
hechos, sancionen a
los culpables y
reparen a las
víctimas, ofreciendo
la posibilidad de
que aquellos que
estén vivos ya que
el promedio de edad
superará sin duda
los 60 años, puedan
obtener la
recuperación de su
identidad.
"En el caso de las
víctimas que pueden
estar vivas, se debe
tomar muy en cuenta
en la investigación
los casos de
aquellas personas
que durante su
primera infancia o
preadolescencia,
fueron "sustraídos"
de sus madres
naturales durante la
guerra o,
principalmente, tras
la misma”, reza el
auto, que a su vez
subraya el hecho de
que hasta ahora este
asunto no haya
merecido “la más
mínima
investigación".
Mala gente que
camina.-
Lo que sorprende es
que este asunto siga
causando sorpresa. Y
no sólo por la
excelente
distribución que
tuvo la
novela-ensayo “Mala
gente que camina”
(Ed. Alfaguara,
2006), de Benjamín
Prado. El autor
reconocía que, al
comenzar a redactar
dicha obra, no era
consciente de las
dimensiones reales
de dicho suceso y de
la trama de
complicidades que
hizo posible el
proceso de
reeducación fascista
de los hijos de
madres republicanas
encarceladas o
exiliadas, que eran
despojados de la
tutela de sus
padres, desprendidos
de sus apellidos y
«realojados» en
hospicios o
adoptados por
familias de orden.
Prado denunció
entonces «el corto
camino que hay entre
la ley y la locura»,
ya que, entre 1940 y
1941, Franco aprobó
dos leyes para
legalizar la
reeducación,
basándose en
supuestos del doctor
Nicolás Vallejo
Nájera, ascendido a
director del
departamento
psiquiátrico del
Ejército tras
diagnosticar al
comunismo como
«enfermedad
contagiosa contra la
que había que
prevenirse».
"Las íntimas
relaciones entre
marxismo e
inferioridad mental
ya las habíamos
expuesto
anteriormente –llegó
a escribir--. La
segregación de estos
sujetos desde la
infancia podría
liberar a la
sociedad de plaga
tan terrible." El
primer precedente
legal de dicho
tráfico de menores
apareció publicado
en el Boletín
Oficial del Estado
del 4-12-41 y se
trata de un decreto
firmado lógicamente
por Francisco Franco
que autorizaba el
cambio de apellido
de los niños
repatriados.Al menos
sobre el papel, la
ley tenía la
intención de
facilitar una
identidad a los
niños perdidos de la
guerra, facilitaba
en la práctica las
adopciones
irregulares e
impedía en gran
medida que sus
parientes biológicos
localizaran a los
menores. Se trataba,
esto es, de lo que
Garzón denomina en
su auto “una
segregación
infantil” que tenía
por objeto una más
adecuada
“preparación
ideológica y la
afección al régimen”
de aquellos menores.
Pero es que desde
mucho antes del
valiente alegato de
Prado ya se estaban
poniendo los puntos
sobre las íes,
incluso en la
pantalla grande con
documentales como
“Los niños perdidos
del franquismo”, de
2002, que TV3 emitió
a través de su
popular programa “30
Minuts”. Se trataba
de un reportaje de
Montse Armengol y
Ricard Belis, con
Ricard Vinyes como
asesor histórico,
que daría pie a un
libro editado al año
siguiente (Ed.
DeBolsillo, 2003).
El reportaje
mostraba por primera
vez unos documentos
inéditos del
Servicio Exterior de
Repatriación de
Menores, el
organismo de Falange
que se encarga de
retornar a España a
los niños evacuados
al extranjero
durante la guerra.
Dicha documentación
venía a probar que
los niños eran
repatriados sin
autorización paterna
ni de las familias
europeas que les
habían acogido y
que, una vez de
regreso a España,
muy a menudo no se
les devolvía a sus
familiares legítimos
porque se les
considera "no aptos"
para la educación de
los niños.
Crímenes de lesa
humanidad.-
En su auto, Baltasar
Garzón se hace eco
de otro estudio más
reciente, “El Caso
de los Niños
Perdidos del
Franquismo. Crimen
contra la
humanidad", de
Miguel Ángel
Rodríguez (Ed.
Tirant Lo Blanc,
2008). Su autor
sostiene su relato
en la reciente
condena de la
Asamblea
Parlamentaria del
Consejo de Europa a
la dictadura
franquista, suscrita
el pasado 17 de
marzo de 2006 y que
supuso el primer
reconocimiento
internacional del
denominado caso de
los niños perdidos,
que se prolongaría
hasta los años 50
pero cuya existencia
fue silenciada por
la Ley de la Memoria
Histórica. En su
investigación,
Rodríguez insiste en
“la calificación
jurídica de estas
conductas como
crímenes de lesa
humanidad de
desaparición forzada
de personas, en su
modalidad agravada
infantil, - su
marcado carácter de
género corno
represalia, aún
vigente, a toda una
generación de
mujeres por su
compromiso con la
democracia, o la
injerencia en la
vida privada y
familiar de estas
personas y en su
derecho de educar a
sus hijos conforme a
sus creencias, por
parte del
nacionalcatolicismo
obligatorio, entre
otras cuestiones de
insospechada
actualidad -, así
como el análisis de
los incumplidos
deberes de España
de: a) interrumpir
la consumación
permanente de estos
crímenes revelando
el paradero de los
niños tomados en su
día bajo la tutela
del Estado, b) dar
normal cumplimiento
a las obligaciones
internacionales de
reparación e
indemnización, en
todas sus formas, a
familiares y niños
perdidos
localizados, pero
también a los
familiares de los
aún sin localizar
por omisión de las
funciones del
Estado, y c)
enjuiciar a todos
los responsables de
estos crímenes
internacionales no
prescritos en virtud
del mismo legado de
Nuremberg que,
todavía hoy,
continua llevando a
los tribunales a los
últimos fugitivos
nazis”.
Profesor e
investigador del
Instituto de Derecho
Penal Europeo e
Internacional de la
Universidad de
Castilla La Mancha,
Rodríguez contó con
el respaldo expreso
de la asociación
Jueces para la
Democracia que urgen
a confeccionar un
listado de todos
ellos: “Es muy
lamentable que el
Estado español no
haya realizado
actividades claras
de averiguar qué
pasó con las
víctimas del
franquismo, y entre
ellas muy
especialmente con
los hijos de presas,
de trabajadores no
afectos al régimen
franquista o
aquellos que de una
u otra manera se les
privó de su derecho
al nombre, a su
filiación, a saber
quienes eran. Poco o
nada se ha hecho en
ese sentido y
creemos que ha sido
por la deficiente
transición política
que se hizo tras la
muerte del
dictador”, ya había
declarado Miguel
Angel Jubero,
Magistrado
Presidente de la
Sección 6ª de la
Audiencia Provincial
de Barcelona y
Portavoz de dicha
Asociación de
Jueces.
A partir de dicho
ensayo, Garzón
denuncia ahora todo
un entramado de
acciones y
organismos,
responsabilizando
especialmente al
Servicio Exterior de
Falange. Así, toma
como punto de
partida el cierre en
abril de 1942 de los
centros de
refugiados
republicanos en
Francia, por orden
del gobierno
colaboracionista de
Vichy. Mientras los
adultos eran
enviados a los
campos de
concentración de
Mauthausen o
Auschwitz, muchos de
sus hijos fueron
retornados a España
donde, al estar sus
progenitores
encarcelados,
muertos o
desaparecidos,
ingresaron en
hospicios de Auxilio
Social similares a
los que Carlos
Giménez describía en
su cómic “Paracuellos”.
Entre las páginas 69
y 72 del auto,
Garzón subraya que
las autoridades
franquistas
“actuando de forma
clandestina
consiguieron que
muchos de los niños,
no reclamados o con
sus progenitores en
prisión, fueran
reacomodados y no
tuvieran la
posibilidad de
conocer sus señas de
identidad
auténticas”. “Una
gran mayoría de
"recuperados" y que
según el documento,
lo eran sin que
mediara reclamación
de las familias, no
fue reintegrada a
las mismas,
especialmente si se
tiene en cuenta el
criterio de la
legislación y normas
dispuestas sobre la
idoneidad de las
familias
republicanas para la
educación de los
menores en el nuevo
Estado”, recalca
Garzón.
En su libro, sin
embargo, Rodríguez
exigía algo que no
reclama ahora Garzón
pero que tendría que
asumir la sociedad
española en su
conjunto cuando no
su Gobierno en
particular. Y es que
se cree una Comisión
Gubernamental de
Búsqueda de los
Desparecidos, con
una Base Nacional de
Datos Genéticos, con
todas las
salvaguardas
legales, así como
una fiscalía
especializada como
han reclamado con
anterioridad
organizaciones como
Amnistía
Internacional o el
Equipo Nizkor. Y,
¿por qué no?, una
Comisión de la
Verdad sobre las
víctimas del crimen
contra la humanidad
de desaparición
forzada, con las
atribuciones,
composición y
competencias que se
reflejan en los
principios ONU de
lucha contra la
impunidad.
Ignoro si Baltasar
Garzón sigue siendo
Peter Pan. Pero
merece la pena
rescatar a esos
niños perdidos de
las garras de
Garfio, esto es, las
del olvido.
Juan José
Téllez es
Escritor y
periodista