Iñaki Egaña
Ízaro NEWS 29 de Noviembre de 2008
Tras pasar el detector de metales y el control de identidad, un vigilante me acompaña al segundo sótano. Enciende la luz de un largo pasillo que se encontraba a oscuras. Estoy en Lakua 1, Gasteiz. Miro el reloj. Marca las 8:17 de la mañana. Llegamos al fondo del pasillo. Esperamos sin cruzar palabra. Casi cinco minutos después aparece un funcionario de Derechos Humanos, al que reconozco de algunos encuentros privados, acompañado de un joven ataviado con un traje azulado. Debe de ser el agente judicial.
“Tiene media hora –me dice-. El auto no le permite ni un minuto más”.
El
funcionario saca una
tarjeta de su bolsillo y
la acerca a una luz roja
que, por un instante, se
vuelve verde. Se abre
una pesada puerta de
acero y, por fin,
consigo entrar.
Vigilante y agente se
quedan al otro lado de
la puerta que se ha
vuelto a cerrar. Apenas
atisbo a reconocer una
sonrisa en la fisonomía
del funcionario. “Cada
caja es un expediente”,
señala. Varias galerías
en penumbra y corredores
con armarios que se
abren al mover una
especie de volante. “Tu
mismo puedes servirte,
pero deja todo como lo
has visto”, añade.
“Recuerda que sólo
puedes mirar los
papeles. Nada más”. Lo
sé, no hace falta que me
lo repita. Tomo aire.
¡Cuántos secretos,
cuantas amarguras
guardan estas cajas!
Echo mano a la más
cercana. Expediente
183/1947: Víctor
Belandia. Leo
rápidamente la entrada y
entiendo que este mozo
era un boxeador al que
no le concedieron
pasaporte porque en su
familia había
antecedentes
“rojo-separatistas”.
Tenía contrato en EEUU
para unos cuantos
combates. Una
oportunidad única.
Contrata a un mugalari
para que le pase el
Bidasoa. La Guardia
Civil le espera y le
acribilla a balazos. Las
ilusiones se esfuman. He
consumido seis minutos.
Cierro rápidamente la
caja, recorro unos
metros y abro una nueva,
al azar.
Expediente 228/1961:
Bolueta. Control
policial: un muerto y
otro herido grave,
paralítico de por vida.
Recortes de prensa:
ajuste de cuentas entre
contrabandistas. Una de
las víctimas es una
conocida familia
franquista. Cambio de
mensaje: “Es humano
errar aunque los yerros
tengan a veces tan
dolorosas
consecuencias”, dice el
entonces Correo español.
Avanzo con avidez: una
decena de policías,
inspectores y guardia
civiles juzgados por
esos hechos. Decepción:
todos absueltos. Los
asesinos siguen libres.
Me tiemblan las manos al
cerrar el siguiente, el
064/1972. Los niños
Iñaki Elosegui y Juan
Echeverria, de Rentería,
mueren en el Jaizkibel
al explotar una granada
abandonada por el
Ejército que tenía en el
monte un campo de tiro.
Entre otros ocho
chavales heridos, José
Manuel Durán queda
ciego. Nombres de
responsables, soldados
de reemplazo,
autoridades civiles,
indemnizaciones sin
pagar. Una caja repleta
de documentos. En
algunos de ellos, los
nombres están tachados.
El funcionario sigue mis
pasos. Carraspea. Me
dirijo al corredor
siguiente. “Esos no
tienen mucho interés –me
apunta-. No hay
víctimas”. Repaso varios
que se apiñan sin
ordenar.
Expediente 563/1942. El alcalde de Donostia recalifica los terrenos del Antiguo colindantes con la cárcel de Ondarreta que ordena destruir, lo que revaloriza sus posesiones junto a la prisión, y manda construir el nuevo penal en una zona hasta entonces de lujo, Martutene, propiedad de la familia de su esposa.
Otro, el expediente
12/1951. Casi un
centenar de soldados de
la guarnición militar de
Urduliz, de un total de
120, reciben una nota en
la que se les indica que
vuelvan a sus hogares
respectivos hasta “nueva
orden”. La razón del
licenciamiento temporal
reside en que la
guarnición del Ejército
se queda sin fondos
económicos y antes de
que trascienda el
escándalo, los mandos
militares optan por
sostener a los
imprescindibles para las
tareas burocráticas.
Jamás apareció aquel
dinero.
Mi acompañante me indica
un corredor en el que se
agolpan expedientes de
victimas infantiles.
Niñas y niños. Siento
como si una perturbación
alimentara mi
curiosidad. Y me siento
culpable, no sé de qué,
pero de algo. El tiempo
corre. Todos los
expedientes que alcanzo
a descifrar son de
chiquillos despedazados
por bombas abandonadas.
En Bilbao, el niño
Alfonso Larrañaga muere
en un piso de la calle
Gregorio Uzquiano por la
explosión de una bomba
abandonada por dos
legionarios. En las
cercanías de la Casa de
la Misericordia de
Iruñea explota una bomba
con la que juegan cuatro
niños que resultan
heridos de suma
gravedad. Uno de ellos,
José Esparza, muere días
después. En la calle
María Díaz de Haro de
Bilbao, cuatro niños
resultan heridos de
gravedad con una granada
que han encontrado
enterrada. Dos de ellos
mueren en los días
siguientes a
consecuencias de las
heridas: Manuel y José
Luis Palacios. En Barrón
(Ribera Alta) la niña
Amalia Martínez Loreda,
resulta herida de
gravedad al explotar la
bomba que ha encontrado
en el campo. En Iantzi,
en marzo de 1952, tres
niños encuentran una
bomba tras unas matas
con la que juegan con
trágico resultado: Juan
Eugui resulta muerto y
los hermanos Anchondegui
heridos de gravedad.
Otros dos niños, Máximo
y José Muro, mueren en
San Adrián al
explotarles una granada.
En las faldas del San
Marcial (Irún), Marcial
Dieguez y su hijo
perecen al explotar una
granada de mano. En
Monteagudo muere el niño
Rufino Morales y otros
cuatro resultan heridos
de gravedad. En
Dicastillo, la niña Puy
Gambra fallece al
estallarle una bomba de
mano que había
encontrado en el campo.
No puedo seguir con
estos expedientes. Me
tiembla el pulso.
El funcionario de
Derechos Humanos acude
en mi ayuda. Cambiamos
de corredor. Expedientes
nominales: responsables
políticos,
institucionales,
falangistas, alcaldes,
sacerdotes, concejales,
censores. Nombres y
apellidos del horror.
Pequeños y grandes
reyezuelos: Jaime del
Burgo Torres, Jesús
Aramburu Olarán,
Francisco Javier
Arraiza, Adolfo Goñi
Iraeta, Ramón
Urrizalqui, Juan José
Bilbao Arreaga, José
María Elizagarate,
Antolín Mendiola
Querejeta, Jesús de los
Santos Garayalde,
Antonio Paguaga, Elías
Querejeta Insausti, etc.
Grueso y sorprendente
expediente, 612/1975,
las familias vascas del
régimen franquista se
reúnen para preparar y
dirigir la Transición:
los hermanos Serrats
Urquiza, Ibarra Landete,
Pastor Rodríguez,
Aguirre Gonzalo, Oriol y
Uquijo, Aristegui
Bengoa, Araluce Villar,
Oreja Aguirre, Escudero
Rueda, Muñoz Carreón,
Marco Tobar, Fernández
Palacios, Ybarra
López-Doriga, Aramburu
Olarán, Otazu Zulueta y
Satrústegui Aznar. Voy
leyendo los nombres en
alto que se graban en mi
teléfono móvil. Una
pequeña trampa.
El tiempo se acaba.
Salto a un nuevo
pasillo, tras comprobar
que la primera caja
corresponde a Melitón
Manzanas, el paradigma
de los torturadores
franquistas. La paso de
largo. Miro las cajas de
refilón. Voy leyendo
nombres: Pablo Velasco,
José Aguirre Iturbe,
Baltasar Buriel, Txomin
Letamendi, Agustín
Unzurrunzaga... Desvió
la mirada a mi
interlocutor. “Muertos
en comisarías,
torturados”, me dice.
Abro uno que tengo a
mano.
Expediente 301/1950. En síntesis: Julián González y Manuel Raso, detenidos mientras pegan carteles en Sestao. Conducidos a la comisaría de María de Muñoz, ambos terminan en el hospital. González con una conmoción cerebral y Raso con una perforación intestinal ya que los agentes les hacen comer el pincel con el que pegaban los carteles. “Existen procesos contra los torturadores, pero todos terminan en absolución”.
Me
alcanza el caso de
Gumersindo Capa
Mendizábal, prisionero
de guerra que murió a
causa de las torturas
(32/1941). Absolución de
los encausados que según
el juez, “procedieron
estrictamente a sus
deberes en el
cumplimiento de la
misión que
desempeñaban”. La citada
sentencia, sin embargo,
dice que “no ha podido
determinarse claramente
la autenticidad de los
malos tratos de
referencia” a la vez que
dictamina que se han
producido como respuesta
a una “agresión del
fallecido”.
Me llega el eco de unas
pisadas. Instintivamente
miro el reloj. Ha
concluido la media hora.
Alzo la mirada para
comprobar que el
vigilante y el agente
judicial han llegado
hasta nosotros. Apago el
teléfono móvil en mi
bolsillo sin que nadie
lo perciba. Algo es
algo, pienso para mi.
“Su tiempo ha
concluido”, frase
lapidaria en boca del
funcionario judicial. La
luz del archivo se va
difuminando, como si
hubiera estado
programada. La puerta se
cierra tras de nosotros,
sin hacer apenas ruido,
como si fuera un coloso
que aplasta la tierra
que nos cobija. El
pasillo se hace más
largo que hace un rato.
¿Cuántos expedientes”,
acierto a preguntar al
funcionario. “Muchos,
miles, quizás diez mil”,
responde sin alterar la
voz. Nos despedimos con
un apretón de manos.
Ante todo educación,
habría dicho mi madre.
Suponía que mi denuncia
para poder tener acceso
a los expedientes
agriaría nuestra
relación. Pero no lo
parece. Afloro al
exterior. Ya no hacen
faltan controles. Ni
siquiera de identidad.
Es la salida. Un viento
gélido llega de las
avenidas atestadas de
coches aparcados. Camino
hacia Txagorritxu, donde
me espera el mío.
Dicen que van a crear
una Comisión de la
Verdad para investigar
los crímenes y
atrocidades del
franquismo. La historia
que he contado es
ciencia ficción (¿algún
día será verdad?). Los
datos de esos
expedientes ficticios,
en cambio, son tan
ciertos que siguen
infligiendo dolor.
Espero con ansiedad.