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LIBRO/ Confesiones de un combatiente político
El Califa cuenta los misterios de su corazón

El Mundo 20 de Febrero de 2005

Después de dos infartos y una delicada operación, Julio Anguita está autorizado para hablar de algo que conoce muy bien: su débil y fuerte corazón. Varios meses de conversaciones con el escritor Rafael Martínez-Simancas han cristalizado en un emotivo libro donde se mezclan inéditas confesiones personales y políticas. Y también útiles consejos para quienes como él no quieren verse derrotados.


El mito de Córdoba la llana se desmonta cuando paseas junto a Julio Anguita y te das cuenta de que hay repechitos que te ponen a prueba el corazón. Todo el camino que lleva desde el río hasta su casa es una discreta aunque interminable cuesta por la que ha subido el hombre desde hace cientos de años, a cada dos pasos una iglesia o una capilla pública metida en la pared de una casa. A juzgar por el ritmo de la marcha y que no deja de conversar en ningún momento, te das cuenta de que Julio está en plena forma. Incluso es capaz de mantener dos conversaciones a la vez, la que tiene contigo y la que acaba de entablar con un conocido con el que se ha cruzado.

Reseña en www.esferalibros.com 


Físicamente está más fuerte. Tres días a la semana de gimnasio le han puesto unas espaldas de descargador de muelles cultivado en las lecturas más exquisitas. Consciente de que somos carne mortal también, trabaja el cuerpo como disciplina para que la mente sepa dónde se ha metido. Metódico, curioso, caminante y buen observador, es de las personas que le saca partido al mismo itinerario de siempre con sólo levantar la vista y apreciar detalles nuevos en los viejos edificios ya agotados por la costumbre.

Cuando cae la noche, aunque sea invierno y llueva a cántaros, se echa a la calle en la hora de las sombras largas, cuando el silencio convierte las pisadas de un hombre en caminar de un ejército. Sureño por herencia y convicción, lo que no soporta de su ciudad es el calor sofocante en los días en los que el sol cae como lava derretida. La larga serie de entrevistas que se produjeron para elaborar el libro comenzaron en el mes de junio de 2004, un verano en el que hizo especialmente calor. Nuestras citas tenían un ritual bien definido: de 11 de la mañana a 2 del mediodía, y luego de 6 a 9 de la noche. No había jornada continua porque Julio Anguita es de los creyentes en el dogma de la siesta. No hay para él jornada por complicada que sea que le hurte del descanso después de comer; en el suelo y sin mayores protocolos se hace un ovillo “y ahí me las den todas” (que es expresión de la tierra).

Las conversaciones fueron en su casa, un piso céntrico en una calle peatonal, en un salón cómodo pero sin lujos, sentados en un tresillo que podría estar en la consulta de cualquier odontólogo al uso. Pero lo importante de estar con Julio Anguita es que él es quien crea el clima y convierte un salón en una acogedora recepción entre amigos. Habla de él mismo como si fuera otra persona: “Allí va Anguita si hace falta”, “Anguita era el primero en llegar al colegio”, “Anguita iba a Madrid y volvía en el día”. En las cintas que guardo, producto de aquellas sesiones, se oyen siempre de fondo o chiquillos que juegan en la calle o gorriones, baste esa imagen para dar la sensación de normalidad en la que se desarrollaron nuestras jornadas.

Ayuda mucho que Julio es un hombre afable dotado de un gran sentido del humor. A veces la ironía fue la clave para abrir las puertas cerradas de la memoria. Así lo fue en todos los momentos salvo cuando hablamos de la muerte de Julio, su hijo, esa grabación que da base para un capítulo pone los pelos de punta. Así estuvimos de junio a octubre del año pasado, más luego un par de meses cruzándonos correos electrónicos que a Julio le tienen que abrir porque las nuevas tecnologías y él no son del todo compatibles. En este caso sí que se cumple el dicho de que detrás de un gran hombre hay una mujer asombrada. Gracias a Agustina nos hemos podido poner en contacto; llegó un momento en el que pensé adiestrar palomas mensajeras.

Jubilado del instituto en el que impartía la asignatura de Historia, ahora se dedica a una intensa actividad como conferenciante, colaborador de prensa y también participa en los trabajos de Izquierda Unida en Córdoba. No busca, ni quiere por asomo, otro cargo público, pero considera que su experiencia es interesante para los mandos jóvenes de la coalición. Estos últimos días los ha pasado formando cuadros para que explique la posición de Izquierda Unida ante la Constitución Europea (tema al que ha dedicado muchas horas de estudio).

Los largos paseos nocturnos por la ciudad concluyen con una dosis de lectura de documentos en una carrera por la formación continua que nunca ha abandonado. Cuando en el pasado mes de julio le presentó un documento a Gaspar Llamazares, coordinador general de IU, para tratar de salvar la coalición de izquierdas, escasos medios informativos recogieron la noticia.

Julio es muy popular, no es raro que la gente se le quede mirando por la calle o que se le acerquen para darle la mano. Lo que no hace nunca es firmar un autógrafo; eso que lo tengan claro sus admiradores. Una tarde, después de comer, nos tropezamos con dos chicas que habían llegado a la ciudad andaluza desde Barcelona, se les veía el aire de turistas en que portaban un plano de Córdoba en una mano y en la otra una botella de agua. Ellas pasaron de largo, muy tímidas, pero luego se atrevieron a pronunciar su nombre en alto. Julio se paró y giró la cabeza, ellas se aproximaron: “Señor Anguita, siempre ha sido nuestro ídolo, venimos de muy lejos. Por favor, fírmenos un autógrafo”.

Estas jóvenes catalanas no sabían que habían pinchado en hueso. “Señoras”, respondió con aire quijotesco, “tengo por costumbre no firmar autógrafos porque no soy un famoso de la prensa del corazón. Les ruego que no se molesten por mi actitud. Ahora mismo les doy dos besos, la mano y tengan buenas tardes”. La más osada añadió: “¿Nos podemos hacer una foto con usted?”. La respuesta fue una sonrisa y un “no”.

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