Reflexiones electorales de un anticlerical
Sabino
Cuadra Lasarte
Gara.net
He leído en
días pasados una nota de nuestro arzobispo Sebastián en la que, una vez más,
nos recuerda todo un conjunto de criterios morales para ayudarnos a «emitir el
voto responsablemente» en las próximas elecciones. Por supuesto, en primer
lugar se halla «la protección efectiva de los derechos fundamentales de la
persona, especialmente el derecho a la vida desde el primer momento de la
concepción y... el derecho de los ancianos y enfermos terminales a morir de
muerte natural» y, más adelante, el derecho de la familia a «recibir sin
agobios los hijos que Dios quiera enviarles», así como eso tan socialmente
avanzado de «la valoración del trabajo de la mujer esposa y madre en el
cuidado de su familia y la educación de sus hijos». Sin comentarios. Así es
Sebastián, nuestro pastor. Nuestro arzobispo, honesto él como pocos, nos
recuerda que, si bien ningún programa respeta del todo las exigencias de la
moral católica (otra cosa era aquel cristianísimo régimen, con Franco bajo
palio y los obispos en las Cortes), habrá que valorar cuál favorece más el
conjunto de la conducta cristiana, ya que, «si no siempre se puede elegir lo
mejor, siempre hay posibilidad y obligación de votar lo menos malo». Y, así,
Sebastián, como quien no quiere la cosa, nos cuenta aquella dificilísima
adivinanza de «blanca por dentro, verde por fuera, si quieres que te lo diga
espera». O sea, nos llama a votar UPN-PP, que a quién si no. No, si de tonto
no tiene un pelo. Si no, ¿de qué va a ser arzobispo y vicepresidente de la
Conferencia Episcopal?
Pues bien, en un sentido parecido, trataré ahora de aportar una serie de
consideraciones laicistas, democráticas y de sentido común que, relacionadas
con la Iglesia Católica, nos puedan servir también de orientación a la hora
de ejercitar nuestro derecho de voto en las próximas elecciones.
Supongamos que una asociación civil o partido político solicita su inscripción
en el registro correspondiente y, de acuerdo con sus estatutos, las mujeres
carecen del derecho a ser elegidas para cualquier cargo, excluye la democracia
de su funcionamiento interno y, por si fuera poco, está sometido a las
directrices emanadas de un Estado extranjero. Pues bien, de acuerdo con la
legislación vigente Constitución, Leyes de Asociaciones y Partidos.., ¿cabría
legalizar a un colectivo de estas características? Evidentemente, no. Y si esto
es así, ¿por qué la Iglesia Católica, jerárquica, misógina, antidemocrática,
dogmática y obediente a consignas del Vaticano, no sólo está legalmente
reconocida, sino que goza de más privilegios que nadie?
Sin duda, habrá quien diga que una cosa son las creencias religiosas y otras
muy distintas las políticas o sociales, y que no se puede medir todo con el
mismo rasero. Sin embargo, ¿qué ha pasado con el iman de Fuengirola?, ¿por qué
éste ha sido condenado por publicar un folleto con instrucciones sobre cómo
han de ser las «correcciones físicas» a dar a las mujeres y no se procesa y
condena a obispos y curas por considerar sus ataques contra los medios
anticonceptivos como un atentado contra la salud pública?; ¿por qué estos
mismos señores pueden calificar de asesinos a quienes practican un aborto legal
y no hay ningún juez que los procese por calumnia y difamación?
A mí me parece muy bien que la Iglesia se organice como le dé la gana, que
goce de la más amplia libertad de expresión y que realice sus liturgias como
quiera. Es más, me divierte ver en la procesión de San Fermín a toda esa dignísima
representación eclesial (arzobispo, cabildo, cofradía...) vestida y
parafernaliada de un glamour que parece recién salido del mismísimo yacimiento
de Atapuerca. Pero una cosa es el reconocimiento religioso de la Iglesia para
organizarse internamente y practicar sus ritos y funciones, y otra muy distinta
darle a ésta patente de corso para campar a sus anchas, directamente o
escondida tras supuestas ONGs y fundaciones que, según sus estatutos,
restringen la calidad de socio de pleno derecho a los miembros de una orden
religiosa o admiten que la elección de sus órganos dependan no de la voluntad
de su base afiliada, sino de la jerarquía eclesiástica.
Habría que cortar con esta especie de gorroneo jurídico-político de la
Iglesia, de andar siempre exigiendo derechos para sí y obligaciones para los
demás. Así, a nivel internacional, a pesar de su constante discurso
humanitario, la Iglesia Católica no ha firmado la Declaración Universal de
Derechos Humanos sobre la que se asienta la ONU. Ni ha ratificado ninguna de las
convenciones sobre la supresión de las discriminaciones basadas en el sexo, o
referidas a la protección de los pueblos indígenas, los derechos de las
mujeres, la enseñanza, el empleo, la defensa de la familia y el matrimonio...
De los 104 convenios acordados por la ONU, el Vaticano tan sólo ha suscrito
doce. A pesar de ello, se le reconoce el status de Estado Observador Permanente
y el derecho a participar en la Asamblea General de la ONU, sin voto, así como
en sus conferencias internacionales, con plenos derechos en este caso.
Por todo ello, en las elecciones, antes de dar el voto, habría que ver qué
dicen los programas de los partidos políticos en relación con la Iglesia Católica.
Ver si recogen, entre otros, alguno de estos puntos: ruptura de relaciones
diplomáticas con el Vaticano por ser un estado antidemocrático, confesional y
patriarcal; derogación de los acuerdos de 1979 entre la Iglesia Católica y el
Estado español; reforma inmediata de la Constitución y afirmación del carácter
laico del Estado y de todas sus instituciones y servicios; laicidad total de la
enseñanza pública y supresión de subvenciones a la privada; anulación de
todo tipo de exenciones y beneficios fiscales (impuestos sobre el patrimonio,
sucesiones y donaciones, transmisiones, contribución urbana...), así como de
las subvenciones directas (23.000 millones de pesetas anuales para el
mantenimiento del clero) e indirectas (otro tanto para sus ONGs); compromiso de
los cargos públicos de no acudir en calidad de tales a ningún acto religioso
(misas, procesiones...), sometimiento real de la Iglesia y sus miembros a la
legalidad, incluido el Código Penal, etc...
Termino. La izquierda que le teme al agua bendita, ni es izquierda, ni es nada.
Y quien calla sobre estos temas, consiente. No merece la pena dar el voto a
quien no se plantee nada de lo anterior.