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Poderes
terrenales
Julián Casanova,
El
País 12
de Noviembre de 2005
La
Iglesia católica española toca de nuevo a rebato. La causa es ahora la
Ley Orgánica de Educación (LOE), elaborada por el Gobierno socialista de
José Luis Rodríguez Zapatero. Y frente a ella llama a los católicos a
manifestarse. Tocar a rebato y manifestarse contra los gobiernos han
sido instrumentos habituales de la Iglesia católica en momentos
históricos de impulso secularizador. Una forma de resistir a los
cambios. Sobre todo, si se trata de la educación. Ocurrió durante la
Segunda República, durante la etapa de los gobiernos socialistas de
Felipe González y, si nos atenemos a las abundantes declaraciones de los
obispos efectuadas en los últimos días, la tormenta está a punto de
desatarse otra vez.
Con la llegada de la República en 1931 salió a la luz una enconada lucha
entre dos mundos culturales antagónicos, de católicos practicantes y de
anticlericales convencidos, que cogió en medio a un amplio número de
españoles que se habían mostrado hasta entonces indiferentes ante un
conflicto de largo alcance y que hundía sus raíces en las décadas
anteriores. Con el asunto de la religión no hubo posibilidad de
entendimiento entre la Iglesia y el Gobierno de coalición
republicano-socialista presidido por Manuel Azaña. Varios artículos de
la Constitución republicana, aprobada el 9 de diciembre de 1931,
declaraban la no confesionalidad del Estado, eliminaban la financiación
estatal del clero, introducían el matrimonio civil y el divorcio, y, lo
más doloroso para la Iglesia, prohibía el ejercicio de la enseñanza a
las órdenes religiosas, algo que debía poner en práctica una Ley de
Confesiones y Congregaciones Religiosas.
Esa ley, pasada por las Cortes el 17 de mayo de 1933 y sancionada el 2
de junio por Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República, causó en
la Iglesia una auténtica conmoción. Los obispos, dirigidos desde abril
de ese año por el integrista Isidro Gomá, reaccionaron con una
"Declaración del Episcopado", en la que sentían "el duro ultraje a los
derechos divinos de la Iglesia" y rechazaban "las escuelas acatólicas,
neutras o mixtas". El papa Pío XI le dedicó una encíclica,
Dilectissima nobis, por atentar "contra los derechos
imprescriptibles de la Iglesia". La CEDA, organizada ese mismo año bajo
el amparo de la jerarquía eclesiástica, y la prensa católica se sumaron
a la movilización general. Muchos llamaron a la rebeldía. Y no faltaron
quienes, como el dirigente carlista Manuel Fal Conde, declararon ya
entonces que los católicos debían defenderse de todos esos ataques "con
su sangre incluso".
Es evidente que, de haberse cumplido todas esas medidas, la posición
privilegiada de la Iglesia se hubiera tambaleado. Pero una guerra civil,
provocada por una sublevación militar contra la República, y la victoria
incondicional del ejército del general Franco ocasionaron el triunfo
absoluto de la Iglesia católica. El catolicismo volvió a ser la religión
oficial del Estado. Todas las medidas republicanas que la derecha y la
Iglesia habían maldecido fueron derogadas. La Iglesia recuperó todos sus
privilegios institucionales, impuso con los militares la unidad de la fe
y de la nación, y controló durante décadas todos los resortes de la
educación.
Cuando murió Franco, el 20 de noviembre de 1975, la Iglesia católica
española ya no era el bloque monolítico que había apoyado la Cruzada y
la venganza sangrienta de la posguerra. Pero el legado que le quedaba de
esa época dorada de privilegios era, no obstante, impresionante en el
sistema educativo, en los aparatos de propaganda y en los medios de
comunicación. Lo que hizo la Iglesia en los últimos años del franquismo
fue prepararse para la reforma política y la transición a la democracia
que se avecinaba. Antes de morir Franco, la jerarquía eclesiástica había
elaborado, según William J. Callahan, "una estrategia basada en el fin
de la confesionalidad oficial, la protección de las finanzas de la
Iglesia y de sus derechos en materia de educación y el reconocimiento de
la influencia de la Iglesia en las cuestiones de orden moral". Treinta
años después, parece evidente que esa estrategia se ha cumplido con
creces, especialmente en la protección de sus finanzas y en el poder e
influencia mantenidos, e incluso aumentados, en la enseñanza primaria y
secundaria.
La democracia, sus gobiernos y sus instituciones le han dado a la
Iglesia católica un trato exquisito. No hay ningún otro país democrático
en el que la enseñanza privada católica, concertada la llaman ahora,
cuente con el apoyo y financiación que tiene en España. La enseñanza de
la religión, de cualquier tipo de religión, no suele impartirse en otros
países en las escuelas, mientras que entre nosotros es de oferta
obligatoria en todos los centros, públicos y privados, y la Iglesia
pretende ahora, además, que se cumpla lo que proponía la Ley Orgánica de
la Calidad de la Educación (LOCE), aprobada con los votos del Partido
Popular y de Coalición Canaria por el Parlamento de la pasada
legislatura y paralizada por el Gobierno de Zapatero: que se obligue a
estudiar en todos los centros educativos religión católica o una
asignatura alternativa llamada "Hecho Religioso" y que cuente en el
expediente académico como una asignatura más a todos los efectos. Es
decir, en una escuela pública de un Estado laico la religión tendría el
mismo valor en el currículo que, por ejemplo, las asignaturas de lengua,
matemáticas o historia.
Pasaron ya los tiempos en que la Iglesia católica podía considerarse
fuente de verdad absoluta y el catolicismo como única religión de los
españoles. Tampoco existe ya ningún anticlericalismo obsesivo y radical.
No se discute ahora el futuro de la Iglesia, sus posiciones morales o
cuál es la mejor forma de adaptarse a los tiempos manteniendo a la vez
los privilegios. Se trata, por el contrario, de consolidar desde un
Estado laico y democrático la libertad de creer o no creer y el rechazo
del dogmatismo. Ésa es una parte esencial del mejor legado de la
historia de las sociedades europeas y norteamericanas de los dos últimos
siglos.
La Iglesia católica española puede asumir eso, que ya no vive en un
Estado confesional rodeada de privilegios, o pasar a la ofensiva y
utilizar sus muchos poderes y el púlpito para unir la defensa de la
religión con su peculiar concepto de la libertad de enseñanza y con la
política del Partido Popular. Si elige ese segundo camino, y sobre todo
si desde sus influyentes medios de comunicación afamados periodistas
siguen insultando a todos aquellos que no se plieguen a su cultura más
autoritaria, contribuirá a avivar todavía más el fuego de la
confrontación entre las diferentes posiciones políticas y a abrir
grietas, de alcance impredecible, en la sociedad civil y en el Estado
democrático. La historia del siglo XX español es muy clara en este
sentido: nada bueno ocurrió cuando la Iglesia católica, poderosa o
perseguida, verdugo o víctima, ocupó el primer plano de actualidad.
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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza |