|
Las
preteridas de los prelados |
|
JAVIER
ORTIZ Es
un documento verdaderamente admirable. Por varias razones. En
primer lugar, es llamativa la insistencia con la que los prelados denostan
una cosa que llaman «la revolución sexual». Los autores del directorio
se refieren al asunto como si se tratara de algo de lo que todos y todas
tuviéramos sobrada constancia y que, por lo tanto, fuera ocioso
identificar. No haré chistes fáciles referentes a las respectivas
experiencias que los obispos y yo podemos tener en este apartado de la
humana actividad, pero puedo jurarles y les juro que, a mis 56 años de
existencia, estoy por ver nada que se parezca a una revolución sexual. Créanme:
todo lo que he contemplado al respecto es más viejo que mear contra la
pared. En
realidad, si algo merece ser subrayado con grueso trazo en el libro de la
Historia es la formidable capacidad que presenta la institución familiar
para pervivir bajo las más variadas formas. Los obispos se refieren con
obvio desagrado a los y las homosexuales (a quienes se proclaman tales, en
vez de ocultarlo cual feo hábito bajo su impoluto hábito talar). ¿No se
han preguntado nunca por qué las parejas de semejante sexo -que no del
mismo: eso es imposible- se empeñan en casarse? ¿No se dan cuenta de que
ahí está la prueba más rotunda de la vitalidad de la familia como
esquema de organización de los individuos? El
único atisbo de reforma que se ha producido en las últimas décadas en
las relaciones sexo-afectivas entre las personas -y digo reforma, que no
revolución- es el empeño prometeico que han puesto algunas mujeres por
pintar algo en la línea de mando de la existencia diaria. No han
conseguido demasiado, como muy bien pueden comprobar los señores obispos
con sólo mirar en los despachos de su propio negocio. Pero están en
ello. ¿Es
tal vez eso lo que les parece mal, preocupante, peligroso? ¿Piensan acaso
que es ese esfuerzo libertario femenino el culpable de que algunos hombres
se dediquen a poner a las mujeres «en su sitio» apelando a la
indiscutible superior fuerza bruta de los brutos? El
mando eclesial ha convivido durante siglos y sin demasiada incomodidad
aparente con la dictadura patriarcal. No está tan lejano el tiempo en el
que la Iglesia mostraba su pastoral comprensión para con los maridos que
se creían obligados a lavar en sangre su honor mancillado por la mala pécora
de turno. Alegan
ahora que ya se han autocriticado por ello. Pero, qué curioso: siempre
critican cuando la crítica tiene efectos prácticos, y se autocritican
cuando ya no sirve para nada. ¿Qué tal si redactan un directorio
sobre su portentoso sentido de la oportunidad? [Es
copia del artículo publicado por El
Mundo el 7 de febrero de 2004] |
|
|