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consiento que se hable mal de Franco en mi presencia.
Juan Carlos
«El Rey»
La
ciencia frente a las creencias religiosas*
Ciencia
y religión en los albores del nuevo milenio
Juan
Antonio Aguilera Mochón
Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Granada
Publicado
en Mientras Tnato
El
viejo debate sobre las relaciones entre ciencia y religión, lejos de
extinguirse por ausencia de novedades, ha cobrado vigor en los últimos años,
sobre todo en el ámbito anglosajón. En Estados Unidos, los ataques a la
enseñanza de la evolución por parte de activistas religiosos se están
recrudeciendo, y han merecido una portada y un editorial de la gran revista
científica Nature (2005). Como ha
ocurrido en este caso, la respuesta desde las instancias científicas a los
ataques directos a la ciencia por parte de algunos creyentes religiosos
suele ser conciliadora con la religión en general, una respuesta que recibe
el visto bueno de la mayor parte de los pensadores y autoridades religiosos.
Habitualmente, en efecto, se defiende una posición próxima a esta:
La religión ya no es enemiga de la ciencia. Ciencia y religión no son incompatibles, sino complementarias, y entre ellas se espera una «mutua armonía». Cuando –por ejemplo– los creacionistas niegan la evolución se trata de una invasión inaceptable del terreno científico, y cuando algunos científicos pretenden que la ciencia diga algo sobre lo sobrenatural o quieren que la ciencia guíe todas las actividades humanas estamos ante una intromisión improcedente en el terreno religioso.
Este
espíritu conciliador se ha alentado en los últimos años desde diversos
frentes. Tuvo una inusitada repercusión el número de 20 de julio de 1988
de la revista americana Newsweek, cuyo
titular de portada rezaba «Science
Finds God»
(«La
ciencia encuentra a Dios»).
Otras revistas recogieron el tema de forma similar y dieron cuenta de las
crecientes iniciativas de diálogo entre «las
dos vías de conocimiento».
Un incentivo no
desdeñable de este diálogo «constructivo»
en el mundo anglosajón lo supuso la creación de la Fundación Templeton,
financiada por el multimillonario sir John Templeton. En 1972 convocó el premio
Templeton para el progreso en la religión, dotado en 2005 con 795.000
libras esterlinas (aproximadamente un millón doscientos mil euros que se ha
embolsado el premio Nobel de Física de 1964 Charles Townes): más que el
propio premio Nobel, de hecho es el mayor premio monetario anual otorgado a
un individuo. Pero son múltiples las iniciativas de esta Fundación; en
2004 apoyó en Barcelona la décima Conferencia Europea sobre Ciencia y
Teología. Animados o no por estos reclamos, lo cierto es que son numerosos
los científicos que han escrito en torno a esta idea de la «mutua
armonía».
Destaquemos por su alcance estos libros de los ganadores del premio
Templeton en 1995, 1999, 2001 y 2002, respectivamente: La
mente de Dios, de Paul Davies (1992), Religión
y Ciencia, de Ian Barbour (1997), God
and Science, de Arthur Peacocke (1996) y Ciencia
y Teología, de John Polkinhorne (1999). Pero ha tenido mayor impacto
popular el libro que publicó, pocos años antes de morir, Stephen Jay Gould,
el gran divulgador evolucionista y combatiente activo contra el creacionismo
en Estados Unidos: Ciencia versus
religión (Gould 1999). En él proclamaba —en línea con lo que ya
propusiera Kant— el fin del viejo contencioso entre la ciencia y la religión,
en particular la católica: cada una tendría un «magisterio»
independiente. La ciencia se ocuparía del reino empírico, de los hechos
del universo y de por qué éste funciona como lo hace; la religión, de los
valores morales, los fines y el significado último. Según Gould, la religión
católica y otras respetan esta división de tareas. Muchos otros científicos
(y, por supuesto, muchos teólogos) han manifestado públicamente su
coincidencia con Gould en esta visión armoniosa, no conflictiva, que no
obstaculizaría el que los científicos coherentes fueran creyentes
religiosos no menos coherentes.
Sin
embargo, en mi opinión, Gould llega a esa percepción de no conflicto sin
atender en ningún momento al contenido doctrinal de las religiones: no hace
el análisis de las creencias religiosas concretas. Así, no alcanza a ver
este posible lugar conflictivo: el de la percepción y explicación de la
realidad, el del «reino
empírico»,
en sus propias palabras. En efecto, encontramos una serie de creencias
religiosas fundamentales en las que se hacen afirmaciones de gran calado
sobre cómo es y cómo funciona el mundo, y, por tanto, sobre aspectos de la
realidad de los que se ocupa la ciencia.
Como
al fin y al cabo quien esto escribe no es más que un científico, quiero
empezar recogiendo qué dicen los científicos en general sobre las
creencias religiosas; más aún: respecto a las mayores creencias religiosas
—como la relativa a Dios—, ¿son los científicos creyentes o
increyentes?
Los
científicos y Dios
La
pregunta ya se la hecho un prestigioso físico español, Antonio Fernández
Rañada, en su libro Los científicos
y Dios (Rañada 2000). En la pág. 40 defiende la tesis de que «la
ciencia y la religión son plenamente compatibles»,
y en la pág. 44 se adscribe a la idea de que «por
sí misma, la práctica de la ciencia ni aleja al hombre de Dios, ni lo
acerca a Él».
En la pág. 45 sostiene Rañada:
Desarrollaré
la tesis de este libro siguiendo los testimonios de grandes científicos. Me
parece necesario hacerlo así. La
experiencia de personas como Maxwell, Einstein, Planck, Darwin o Monod está
hondamente arraigada y expresa un compromiso vital profundo que les hace
estar por encima de estereotipos, de modas o de interpretaciones
superficiales.
Rañada
recuerda a los más grandes científicos de los siglos anteriores y llega a
la conclusión de que casi todos eran «religiosos».
La palabra «religión»
es polisémica y gracias a ello Rañada puede incluir entre los religiosos a
autores como el pionero evolucionista Wallace o Einstein. Pero la creencia a
la que se adhiere queda muy clara cuando concreta esta definición (pág.
59):
Lo
que se suele entender por Dios en nuestra cultura es el Dios personal de las
religiones monoteístas, judaísmo, cristianismo o islamismo. Es un ser
creador y mantenedor del mundo, que administra justicia en una vida futura.
Es posible tener una relación personal y directa con Él: se le puede
adorar, rezar, amar, agradecer o hablar.
Me
parece una definición muy acertada, que apoyarían las autoridades
oficiales y la inmensa mayoría de los creyentes de esas religiones.
Pero,
comoquiera que Rañada ciñe su estudio casi totalmente a científicos pretéritos,
convendría saber qué piensan (qué creen) los actuales. Por fortuna, se
han hecho al respecto en Estados Unidos unas encuestas muy acreditadas (sus
resultados han aparecido en Nature y en Scientific
American).
En
1914 y 1933, el psicólogo James H. Leuba se propuso poner a prueba la hipótesis
de que cuanto más instruida es la gente, menos probable es que crea en
Dios. Para ello, realizó una encuesta entre científicos estadounidenses, y
sus respuestas confirmaron la idea de que es mucho menos probable que crean
en Dios los miembros de este colectivo que el público general. Leuba
atribuyó esto a la mejor educación de los científicos, y se aventuró a
predecir que con el paso del tiempo y el presumible aumento en la educación
del público general, las creencias religiosas se harían cada vez más
raras.
En
1997 y 1998, Edward J. Larson y Larry Witham (el primero
historiador de la ciencia en la Universidad de Georgia, el segundo
periodista del Washington Times) publicaron dos artículos en Nature
(Larson, Witham 1997, 1998) mostrando los resultados de sendos estudios en
los que se repitieron las encuestas de Leuba. Éste había indagado sobre
las actitudes de los científicos, concretamente, de los biólogos y físicos
(incluyendo entre éstos a los matemáticos) estadounidenses, en lo
referente a lo que él denominó «las
dos creencias centrales de la religión cristiana»:
la existencia de un Dios influenciado por la oración (en la que centraremos
nuestro análisis), y la otra vida (afterlife).
Abrevió como «creencia
en un Dios personal»
la fe en «un
Dios en comunicación intelectual y afectiva con la humanidad, es decir, un
Dios a quien uno puede rezar en espera de recibir una respuesta»:
esta es la definición de Dios que aparecía en la encuesta; como vemos, muy
acorde con la de Rañada. Ya en tiempos de Leuba hubo protestas por la
naturaleza de las preguntas; por ejemplo, alguien decía que creía en Dios
pero no esperaba que respondiese a las plegarias. Pero Leuba mantuvo que el
Dios de su pregunta es el que postulan todas las ramas de la cristiandad. Y
Larson y Witham no modificaron las preguntas para poder comparar los
resultados con rigor.
Leuba
hizo sus encuestas entre científicos «normales»,
por una parte, y «grandes
científicos»,
por otra. La distinción la hacía el propio American Men of Science, de
donde obtuvo la lista de científicos. Larson y Witham, por su parte, han
buscado biólogos, físicos y matemáticos en el ahora llamado American
Men and Women of Science, pero éste ya no distingue a los grandes científicos,
así que han tomado como tales a los miembros de la mucho más elitista National
Academy of Sciences (NAS).
Veamos en primer lugar qué pasa con los científicos «normales». Como vemos en la Tabla 1, tanto en 1914 como ahora, aproximadamente el 40% de los científicos creen en un Dios personal. En cambio, la creencia en la inmortalidad ha caído de algo más del 50% a algo menos del 40%, y se ha duplicado sobradamente la increencia.
|
Tabla
1 Comparación
de las respuestas a la encuesta
de los científicos «normales» |
||
Creencia
en Dios personal
|
1914 |
1996 |
|
Creencia |
41,8 |
39,3 |
|
Increencia |
41,5 |
45,3 |
|
Duda
o agnosticismo |
16,7 |
14,5 |
Creencia
en la inmortalidad
|
1914 |
1996 |
|
Creencia |
50,6 |
38,0 |
|
Increencia |
20* |
46,9 |
|
Duda
o agnosticismo |
30* |
15,0 |
|
Las
cifras son porcentajes *
Estimación de Larson y Witham (1997) a partir de resultados gráficos
de Leuba |
||
En
lo que respecta a la creencia en Dios, estos datos no corroboran una de las
predicciones de Leuba, que esperaba que, gracias al progreso científico y
educativo, la increencia religiosa crecería tanto entre los científicos
estadounidenses como entre los estadounidenses en general. Como vemos, los
científicos «normales»
son hoy casi tan creyentes en Dios como entonces, y las encuestas Gallup
sugieren lo mismo respecto a la población general: siempre más del 90 % de
estadounidenses creyentes en Dios. (Sí parece haber un descenso en el caso
de los españoles: un 79 % de creyentes en 1987, pero un 72,9 % en 2005;
este porcentaje es la suma de las respuestas a «creo
firmemente»
(41,7
%) y «más
bien creo»
(31,2
%) frente a «más
bien no creo»
(5,4 %), «no
creo, en absoluto»
(9,2 %) o no contestan (0,8 %). Datos de Pérez-Agote
y Santiago, 2005).
Hay que señalar que en las encuestas no suele darse una definición precisa
de Dios, del tipo de la que se empleó para los científicos; en este
sentido nos interesa la encuesta publicada por Tom Rice (2003), según la
cual el 83 % de los estadounidenses cree que Dios responde a las plegarias.
En todo caso, los datos de unas y otras encuestas permiten decir algo más:
el título del artículo de Larson y Witham es «Los
científicos mantienen su fe»,
pero, siguiendo a Máximo Pigliucci (1998), biólogo de la Universidad de
Tennessee, más bien debería decirse que «Los
científicos mantienen su poca fe»,
pues tanto en 1914 como en 1996 el porcentaje de científicos que creen en
Dios (40 %) es significativamente menor que en la población general (más
del 80 %). Pero ¿lleva razón Pigliucci cuando explica el no descenso en
los porcentajes de creyentes diciendo que el nivel de educación de la mayoría
de los científicos es hoy probablemente comparable al que tenían en 1914,
y que nuestra visión global del universo no ha cambiado dramáticamente
desde entonces? Pigliucci concluye que «claramente,
no hay mucha correlación entre el nivel de educación general y la
capacidad para discriminar ficción y realidad»,
pero creo que este autor no considera otros datos sociológicos y psicológicos
que pueden empujar al pensamiento irracional. Esto permitiría entender lo
que también señala el autor: a pesar de que ahora muchos más
estadounidenses han estudiado más, no han descendido tampoco sus creencias
en astrología, parapsicología u ovnis.
En
la segunda parte de su estudio, Leuba encontró en la elite científica
mucha más increencia y duda (véase
la Tabla 2). La «creencia
en un Dios
|
Tabla
2 Comparación
de las respuestas a la encuesta de los
«grandes»
científicos |
|||
Creencia
en Dios personal
|
1914 |
1933 |
1998 |
|
Creencia |
27,7 |
15 |
7,0 |
|
Increencia |
52,7 |
68 |
72,2 |
|
Duda
o agnosticismo |
20,9 |
17 |
20,8 |
Creencia
en la inmortalidad
|
1914 |
1933 |
1998 |
|
Creencia |
35,2 |
18 |
7,9 |
|
Increencia |
25,4 |
53 |
76,7 |
|
Duda
o agnosticismo |
43,7 |
29 |
15,3* |
|
Las
cifras son porcentajes Fuente:
Larson, Witham,
1998 *
23,3 en el texto original. El dato correcto (15,3) fue comunicado por
Edward Larson al autor |
|||
personal»
cayó casi a la mitad en 19 años: un 27,7 % creían en 1914, y sólo un 15
% en 1933. El estudio de 1998 no hizo sino confirmar esa tendencia, pues la «creencia»
bajó hasta el 7%, mientras que la «increencia»
subió al 72,2 % y la «duda
o agnosticismo»
permaneció cerca del 21 %. (Véase la Tabla 2, y la Figura 1, donde se
resumen los datos recientes sobre creencia en un Dios personal de los científicos
y la población general de los Estados Unidos).
La
creencia en la inmortalidad bajó de manera similar, aunque en este caso el
aumento en la increencia fue mayor (se triplicó de 1914 a 1998) y hubo además
un fuerte descenso en el porcentaje de dudosos o agnósticos.
La
mayor propensión a la increencia de los «grandes»
científicos, Leuba la atribuyó a su «superior
conocimiento, entendimiento y experiencia»,
y los resultados de 1998 confirmarían sus predicciones. Larson y Witham,
a pesar de ser creyentes ellos mismos —Larson asiste a una iglesia
metodista y Witham declara sentirse confortable con el Dios definido por
Leuba—, no dejan de reconocer que el resultado de su encuesta es coherente
con otros datos estadísticos, y citan al historiador Paul K. Conkin (1998):
«Hoy, cuanto mayor es el nivel
educativo de los individuos, o mejores sus resultados en test de
inteligencia o de rendimiento,
menos probable es que sean cristianos».
Los datos de que disponemos en España apuntan en el mismo sentido (Pérez-Agote,
Santiago 2005, pp. 43 y 82): conforme aumenta el nivel de estudios,
disminuye la creencia en Dios; el 90,4 % de los españoles sin estudios
creen en Dios, pero sólo el 55,5 % de quienes tienen estudios superiores.
Entre éstos, no reza nunca el 43,7 %, pero sólo el 15,8 % de quienes
carecen de estudios. Los autores de este importante estudio del Centro de
Investigaciones Sociológicas llegan además a esta conclusión: «La
sociedad española tiende a crecer en su nivel medio de estudios y, con
ello, a decrecer en su nivel de religiosidad»
(p. 124).
Volviendo
a las respuestas de los grandes científicos, cabe pensar que se deben a
convicciones personales y no a una adhesión a una especie de toma de
postura colectiva antirreligiosa —como alguien ha llegado a sugerir—. De
hecho, un grupo de científicos de esa elite (NAS) proclamó públicamente
en 1998, en un escrito en defensa de la enseñanza de la evolución en la
escuela pública, que la ciencia es neutral sobre la cuestión de Dios.
Bruce Alberts, presidente del NAS, declaró que «hay
muchos miembros muy destacados de esta Academia, muchos de ellos biólogos,
que son muy religiosos y creen en la evolución».
El biólogo Richard Dawkins, de la Universidad de Oxford, achaca este tipo
de declaraciones a «cobardía».
Lo cierto es que, mientras en la encuesta confidencial los científicos de
elite se revelan mayoritariamente ateos, suelen guardarse de manifestarlo en
declaraciones públicas.
Como
vemos, el camino tomado por Rañada acaba volviéndose en contra de su
tesis. Es muy significativo que en la p. 46 de su libro haga mención de los
estudios estadísticos de Leuba, Larson y Witham sobre los científicos «normales»
pero, en cambio, ¡ignore por completo los datos de los científicos «eminentes»!, que son mucho más pertinentes según su propia reivindicación
del especial valor de las opiniones de éstos.
Cabe
añadir que, puestos a evaluar el peso de las opiniones de grandes científicos
del pasado y actuales, deberían ganar nuestros contemporáneos
sencillamente porque, por el propio desarrollo científico, disponen de
mucha más información. Casi todos los grandes científicos de épocas
pasadas creían en Dios, es cierto, pero también tenían otras creencias
que se han demostrado falsas (por ejemplo, antes de Pasteur daban por cierta
la generación espontánea). Es
el caso de pensadores tan importantes como Descartes y Newton. Newton
era alquimista y creía en la Biblia hasta tal punto que pensó el
mundo acabaría con el Apocalipsis en 2060.
En realidad, esto es aún posible, pero es que, además, creía que
el Sol estaba habitado, que se podía obtener oro a partir del antimonio…
Llegados
a este punto, que podría parecer favorable para mis tesis posteriores,
quiero hacer borrón y cuenta nueva, prescindiendo del mero recurso a la
autoridad de personas «eminentes».
En
efecto, una manera
muy común de enfrentarse a un asunto conflictivo consiste en dejarse llevar
por las autoridades en la materia. La falacia
de la autoridad, también llamada argumento de autoridad, se produce
cuando se proclama una tesis como verdadera sólo porque una persona de
reconocido valor intelectual o moral (autoridad) la afirma. Esto tiene
sentido práctico cuando uno no está capacitado para entrar en el fondo de
una cuestión; así, si no entiende la mecánica cuántica, quizás sea lo más
conveniente aceptar lo que dice un experto en esta disciplina si se está
discutiendo un asunto que la atañe. Pero aunque en general es mucho más
probable que sean ciertas las opiniones de un especialista que las de un
lego, no es raro que el especialista se equivoque, y en las ciencias
experimentales y en la filosofía el argumento de autoridad es muchas veces
un obstáculo para la investigación. Dijo Richard Feynman —¡toda
una autoridad!— que
la ciencia enseña que se debe dudar de los expertos. En definitiva, la
opinión de una autoridad no es suficiente: deberá fundamentarla con
razones y pruebas.
Menos
valor aún tiene el «efecto
de halo»,
tan común en nuestra sociedad, por el que una autoridad en una materia (o
una persona simplemente «famosa»)
es considerada autoridad en otra materia en la que no es experta. Y una última
falacia a la que nos puede conducir el resultado de las encuestas es el «argumento
de la mayoría»:
lo que la mayoría crea debe ser verdad.
En
el tema que aquí nos ocupa, el posible conflicto con la ciencia de ciertas
creencias religiosas, mi intención es que el lector llegue a sus propias
conclusiones. Pero como antes de escribir, es obvio que yo he analizado el
caso y he alcanzado una conclusión, quiero hacerla explícita para que se
mantenga alerta y crítico conmigo: existen conflictos irresolubles entre la
ciencia y algunas creencias religiosas fundamentales.
Para
poder opinar con conocimiento de causa, conviene empezar por comparar
brevemente las características del conocimiento científico y del
religioso.
La
ciencia es un conocimiento y un modo de conseguir conocimiento sobre la base
de pruebas objetivas, que busca explicar de forma rigurosa cómo es y
funciona el mundo. La ciencia incluye, en primer lugar, una serie de métodos
empíricos y lógicos para la observación sistemática de fenómenos con el
objetivo de entenderlos y explicarlos. Es lo que englobamos bajo el nombre
genérico de método científico. En segundo lugar, la ciencia comprende el
conjunto organizado y sistemático de conocimientos que derivan de aplicar
los anteriores métodos. Lo podemos dividir en una serie de ciencias específicas
—cada una con unas metodologías características— según el tipo de fenómenos
empíricos que investigan: física, astronomía, geología, química, biología,
...
La
ciencia trata de fenómenos y hechos de la realidad empírica (natural,
que podemos percibir directa o indirectamente con los sentidos), se
basa en la razón y no en sensaciones, opiniones infundadas o dogmas, es
sistemática (busca constituir un cuerpo de proposiciones entrelazadas) e
intenta ser explicativa, no sólo descriptiva (véase Bunge 1979 y Carrier
2001). En esta labor explicativa, que supone que el conocimiento y la
metodología científicos son comunicables, resalta la búsqueda de
coherencia, claridad y precisión. Se rechazan el gusto, la intuición o la
conveniencia (tan decisivos en otros terrenos) como criterios de verdad. Hay
que dejar constancia, no obstante, de que sigue habiendo controversias en
las reflexiones teóricas sobre el método científico, pero donde sobre
todo las hay es en el análisis del avance de la ciencia: las aportaciones
clásicas de Popper, Khun, Lakatos, Feyerabend, Polanyi o Bunge siguen
discutiéndose acaloradamente.
Últimamente
se insiste mucho en que la ciencia presupone unas creencias, lo que la hace
similar a las religiones. Es cierto que para que la ciencia funcione son
necesarios algunos presupuestos filosóficos. En la ciencia se acepta de
entrada que hay una realidad externa, que nuestros sentidos nos dan una
indicación al menos parcialmente aproximada de ella, y que esa realidad es
inteligible. Asimismo se asume que el pasado es (o fue) real y que podemos
confiar un mínimo en la memoria de la mayoría. Por fin, la asunción sobre
el futuro es que los patrones y principios que han existido en el pasado
probablemente continuarán existiendo, que hay una continuidad de los fenómenos.
Son unas asunciones tan básicas que las necesitamos para sobrevivir. Pero,
en ocasiones (¿en la mecánica cuántica?) incluso estos presupuestos
pueden contravenirse desde la propia ciencia; ésta es capaz de superar las
limitaciones y posibles errores de los sentidos… incluido el «sentido
común».
Sobre
estas bases tan elementales, la ciencia se construye gracias a un modo de
hacer tan simple como extraordinario en la actividad humana. Para que algo
se califique como ciencia, las observaciones deben ser verificables
independientemente por otros. La mayor fuerza de la ciencia viene de que sus
hallazgos están bajo sospecha, sujetos a prueba. Se deben eliminar de la
consideración científica las impresiones subjetivas y los fenómenos sin
pruebas. Una verdad «objetiva»
es aquella sobre la que se pueden poner de acuerdo todos los observadores
(en su caso, que estén completamente enterados del tema). El que esto se
consigue se manifiesta en que hay una sola ciencia, independientemente del
lugar de origen o de las creencias de los científicos. En resumen, el truco es usar estrategias que permitan un conocimiento lo más
objetivo posible de la realidad. Se busca eliminar toda una serie de fuentes
de error en nuestro entendimiento del mundo: superstición, pensamiento mágico,
pensamiento guiado por el deseo (wishful
thinking), pensamiento reprimido, autoengaño, refuerzo grupal,
explicaciones ad hoc y post
hoc, distorsión de los recuerdos, alucinación, ilusión, fraude… Se
desarrolla un escepticismo que favorece un máximo de objetividad.
Otro
rasgo extraordinario de la ciencia, íntimamente ligado al anterior, es la
asunción de provisionalidad. Se considera que el conocimiento científico
es provisional porque es siempre susceptible de cambiarse o modificarse
sobre la base de nuevas evidencias. Fue Karl Popper quien mejor defendió la
falsabilidad como una característica esencial de las hipótesis científicas
—aunque su papel en la historia real de la ciencia sea muy discutible—.
Paradójicamente, la provisionalidad de la ciencia la hace enormemente
fuerte, es una de sus grandes virtudes: el camino hacia la verdad no sería
posible sin el cambio, sin la rectificación. La ciencia ha redondeado así
el mayor y más efectivo control contra los errores, y progresa
espectacularmente a pesar de las debilidades
de los científicos.
Decía
antes que hay quienes acusan a la ciencia de no ser más que otro sistema de
creencias. No podemos aceptarlo, pues tales «creencias»
no se forman por «fe
ciega o intuitiva»,
sino que se basan en observaciones múltiples e independientes, en la
aportación de pruebas rigurosas, en la resistencia a los intentos de
falsación. En la ciencia se unen la supuesta fe (creencia) con la
justificación empírica de modo que el resultado no es una fe, pues se está
en las antípodas del «creer
sin ver».
La
ciencia no sólo somete a prueba hipótesis, sino también métodos, de
forma que cada vez encuentra las mejores formas para acercarse a la verdad.
Este es otro factor que añade fiabilidad a los conocimientos adquiridos vía
científica.
La
ciencia se basa en la observación, y los experimentos son sólo una manera
especialmente valiosa de llevarla a cabo. La
contrastación (sometimiento a prueba) de las predicciones que generan
nuestras hipótesis se puede hacer con experimentos, que tienen el interés
de añadir controlabilidad, pero no siempre es posible hacerlos. Apenas
podemos hacer experimentos con montañas, astros, ecosistemas naturales o
personas: puede resultar imposible o ser carísimo, podemos interferir
demasiado en los fenómenos, o simplemente pueden frenarnos los impedimentos
éticos. En estos casos se hacen predicciones (o retrodicciones) de lo que
se debería encontrar si la hipótesis es cierta... y la observación será
lo que nos servirá para contrastar si se cumple o no lo que predecimos.
Los
objetivos principales de la ciencia son generar descripciones generales,
pero también predicciones y explicaciones (a través de hipótesis, leyes y
teorías). Los
hechos son aquello que cuidadosamente hemos observado (a menudo como
consecuencia de una hipótesis), y las teorías
son explicaciones a esos hechos. Las leyes
identifican y describen las relaciones entre los fenómenos observables, su
conducta. Las leyes describen, las teorías explican: revelan las causas.
Por ejemplo, Newton expuso leyes de la gravedad, pero no propuso ninguna
teoría al respecto. Recordemos
que una teoría científica no es lo que se entiende por teoría en el
lenguaje coloquial; por el contrario, es una explicación que tiene una
considerable cantidad de pruebas que la sustentan y que resiste los intentos
de refutarla.
El
caso de Newton nos recuerda el carácter creativo de la innovación científica:
la imaginación y la creatividad son esenciales para la actividad científica
más interesante. Se necesitan para elaborar hipótesis, para idear
metodologías concretas, para buscar aplicaciones prácticas, etc. La fuerza
de la ciencia procede también, pues, de la conjugación de la creatividad
con el rigor de la razón y la exigencia de pruebas.
También
hay que decir que la ciencia ni tiene la exclusiva de la racionalidad ni
debe considerarse el único instrumento de conocimiento objetivo y
verdadero. De hecho, habrá quedado claro que el conocimiento científico no
se considera a sí mismo necesariamente «verdadero».
Por
fin, conviene dejar claro que está fuera del alcance de la ciencia el
emitir juicios de valor u opiniones estéticas, no importa que pueda llegar
a explicar los mecanismos moleculares del goce estético o de las decisiones
morales. En este último terreno, la ciencia puede decirnos qué puede
hacerse —y qué consecuencias pueden tener nuestros actos—, pero no qué
debe hacerse. Y puede aclararnos si las afirmaciones sobre la realidad en
las que se fundamenta una moral son falsas, probablemente ciertas o
inverificables.
¿Qué
caracteriza, por su parte, al conocimiento religioso? ¿No busca conocer la
verdad, como la ciencia? En principio, es claro que sí, incluso —según
se declara— verdades de más envergadura, podríamos decir. La diferencia
está en el procedimiento que se sigue para alcanzar las verdades. En las
religiones, este procedimiento se basa en la tradición y en la
autoridad.
Por
la tradición, la gente suele creer ciertas cosas nada evidentes porque los
antepasados del lugar han creído lo mismo durante siglos. Además, las
creencias se sostienen en que las sostienen personas importantes
(autoridades).
La
tradición y la autoridad confluyen en la familia, en los padres. Como
resalta Richard Dawkins (1995), millones de personas creen una serie de
cosas posiblemente porque se les dijo que las creyesen cuando todavía eran
suficientemente pequeñas como para ponerlas en duda. A los niños
musulmanes, por ejemplo, se les dicen cosas distintas a las que se dicen a
los niños cristianos, y ambos grupos crecen absolutamente convencidos de
que ellos tienen razón y los otros se equivocan. Incluso entre los
cristianos, los católicos creen cosas diferentes de las que creen los
anglicanos, los adventistas, los testigos o los mormones, y todos dicen
estar totalmente seguros de que son ellos quienes poseen la verdad.
Cuando
los niños crecen, otras autoridades toman el relevo de los padres: en la
religión católica, curas, maestros y catequistas, bajo el control
doctrinal de los obispos, y, por encima de todos, del Papa. En otras
religiones encontramos autoridades como imanes, ayatolás, rabinos,
pastores, gurús, diversos tipos de sacerdotes,... Pero no sólo en las
religiones mayoritarias: en la inmensa mayoría de los casos las autoridades
son masculinas, no pueden ser mujeres.
También
encontramos la tradición y la autoridad unidas en el singular crédito de
la fuente de conocimiento característica de las grandes religiones
occidentales: la llamada revelación escrita, los libros sagrados.
Sobre
estas bases, las religiones suelen hacer afirmaciones dogmáticas y
pretendidamente «inmutables». Por
la fe religiosa, no sólo se deben
creen cosas sin pruebas, sino que, en ocasiones, hay que creerlas aunque
haya pruebas en contra: se considera que esto precisamente pone a prueba y
refuerza la fe. No es que se rechace abiertamente la razón, sino que, como
se dice en la encíclica Fides et
ratio, la razón está «iluminada»
por la fe. Para entender qué significa esto baste analizar un texto
oficial reciente de la Iglesia: en la Nota del Comité Ejecutivo de la
Conferencia Episcopal Española del 5 de mayo de 2005 contra la ley de los
matrimonios homosexuales, en tres ocasiones se arguye una contradicción, no
ya con la moral católica (que es simplemente «la
ley moral»),
sino con la razón o la «recta
razón».
Es evidente que se entiende que la razón está subordinada a la fe.
Como
se ve fácilmente, estamos en las antípodas de la provisionalidad y la
exigencia de constatación independiente que caracteriza a la ciencia. Pero
hay que señalar que las religiones, a su pesar, no logran escapar al carácter
revisable y caducable de sus creencias. El Dios del Viejo Testamento parece
ahora un tipo colérico y vengativo. O repárese en las fechas de instauración
de los dogmas católicos sobre María: la
virginidad de María no fue un dogma hasta la Constitución apostólica del 7 de Agosto de 1555; el dogma
de la Inmaculada Concepción fue
proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854; y la tradición
que afirma que el cuerpo de María fue elevado al cielo se declaró que era
una creencia oficial de la Iglesia católica en 1950.
Resumiendo,
tenemos de un lado datos, leyes y teorías científicas: muy
contrastados, muy resistentes a los intentos de refutación, «universales»… y de otro creencias
y dogmas religiosos: no verificados, sin pruebas, múltiples e
incompatibles entre sí…
Hay
personas dispuestas a morir por defender unos «conocimientos»,
unas aseveraciones; o a matar a quien no los crea. Se podría pensar que
tienen muy buenas razones —evidencias— para mantenerlos. ¡Lo
que ocurre es justo lo contrario!: normalmente,
estas aseveraciones que desencadenan odios y guerras son las más carentes
de pruebas, las de tipo religioso. Las diferencias de opiniones científicas,
el abatimiento de teorías… rarísima vez llevan la sangre al río, jamás
mueven turbas vengadoras. Dice Dawkins (2001):
Etiquetar
a las personas como enemigos merecedores de la muerte a causa de desacuerdos
en la política del mundo real es bastante malo. Hacer lo mismo a causa de
desacuerdos sobre un mundo ilusorio habitado por arcángeles, demonios y
amigos imaginarios es ridículamente trágico.
En
nuestras propias sociedades modernas occidentales y democráticas, uno puede
burlarse de Einstein y sus postulados —apoyadísimos en la razón y la
evidencia— sin mayor peligro que el desdén, pero ay de quien se atreva
contra un dogma religioso —nunca verificado—. Incluso personas y
organizaciones que arremeten con furor y sarcasmo contra las pretensiones de
conocimiento de astrólogos o futurólogos, se callan en público ante las
religiosas. Sin duda las personas religiosas están en su derecho de serlo:
merecen todo el respeto, pero no creo que pueda decirse otro tanto de las
propias creencias religiosas, si eso quiere decir que se prohíbe
discutirlas públicamente. Quiero reclamar el derecho (¡y el deber!) de
someter a duda escéptica, a escrutinio científico, también las creencias
religiosas, y aquí lo haré con las católicas, si bien pienso que llegaría
a conclusiones similares con las de cualquier otra religión teísta.
Me
centraré exclusivamente en aquellas creencias religiosas que se refieren a
la realidad física, material. Puesto que esta realidad es el terreno propio
(no digo exclusivo) de la ciencia, cabe preguntarse si aquí hay colisión.
En mi opinión, este es el punto de posible conflicto profundo entre ciencia
y religión; otros desencuentros entre científicos y religiosos, con ser
todo lo importantes que se quiera para las vidas de los afectados, pues son
conflictos de intereses, no tienen ese calado y alcance. Dice Polkinghorne
(1998, p. 12 de la trad. española) que «durante
los últimos años, ningún otro asunto ha despertado tanto interés… en
los escritos de la comunidad de estudiosos de las relaciones entre ciencia y
religión»
como el de si «es
posible concebir que, en el universo ordenado que nos describe la ciencia,
tengan lugar acciones divinas singulares».
Pero este asunto es, en mi opinión, donde el propio Polkinghorne, Peacocke,
Barbour, Gould y tantos otros mantienen una posición oscura, elusiva,
ambigua, o netamente anticientífica, y es el asunto que ahora quiero
tratar.
Desde
el punto de vista científico, hay todo un grupo de creencias religiosas
especialmente retadoras, desde su propia definición, para la ciencia: las
que afirman la realidad de los milagros.
¿Qué
supone un milagro?
Aceptemos
la definición de milagro de la Real Academia Española de la Lengua, que es
esencialmente con la que ya trabajaron autores de la talla de Hume y Spinoza,
y que coincide con lo que entiende la mayoría y las autoridades católicas:
«Hecho
no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención
sobrenatural de origen divino».
Permítanme que no entremos en mayores consideraciones teóricas, sino que,
para que se comprenda claramente lo que suponen los milagros desde el punto
de vista científico, tratemos un par de ejemplos, los sugeridos por
Polkinghorne (1998, p. 124). Empecemos por el milagro quizás más
intrascendente, incluso frívolo, de Jesús, el primero que hizo, según los
Evangelios: la conversión, a regañadientes y a instancias de su madre, de
unos cientos de litros de agua en vino en las bodas de Caná. Ciertamente,
parece insignificante en todos los sentidos, no parece un gran alarde esa
transformación.
Pero
veamos. El etanol tiene como fórmula CH3-CH2OH.
Un litro de vino puede tener aproximadamente 100 gramos de etanol, que
incluyen unos 2.600.000.000.000.000.000.000.000
(más de dos cuatrillones y medio) átomos de carbono... átomos que no
estaban en cada litro de agua cananea. (En el agua hay algo de carbono, en
forma de bicarbonato, por ejemplo, pero es una cantidad insignificante
frente a la que estamos considerando; además, recuérdese que en este cálculo
sólo estamos teniendo en cuenta la aparición de etanol). ¿Cómo se puede
obtener ese carbono de nuevas? Si no hay creación
absoluta (véase luego) y partimos de agua, habría que usar los átomos
de ésta, hidrógeno y/o oxígeno. Nos puede proporcionar una pista el
origen natural de los átomos de carbono en la historia del universo (véase
Mason 1991).
No
mucho después del big bang, según
los muy verosímiles modelos actuales del origen y evolución del universo,
sólo se formaron los elementos ligeros hidrógeno, deuterio, litio y helio.
Se necesitaron algunos cientos de millones de años para que se formaran
estrellas, se fusionara el hidrógeno en el interior de estrellas masivas
hasta generar elementos pesados, y, finalmente, éstos se esparcieran por el
espacio impulsados por los estallidos estelares conocidos como supernovas.
Es decir, no pudieron formarse planetas con carbono (y otros elementos
pesados) como el nuestro hasta que esos elementos procedentes de supernovas
quedaron disponibles para la construcción de nuevos sistemas estelares.
Toda
esa tremenda historia que hubo que recorrer a lo largo de cientos de
millones de años para que estuvieran disponibles los átomos de carbono la
recapituló Jesús en un santiamén, para que no decayera una fiesta
trivial. Sin embargo, Dios no había hecho nada por adelantar la
disponibilidad de carbono y el surgimiento de la vida; tuvo que esperar
miles de millones de años hasta que pudo aparecer la Tierra... Como se ve,
es una pretensión de un calibre descomunal. (Si en vez de formarse el
carbono a partir de hidrógeno… se postula otra posibilidad, como una
creación absoluta, la violación de las leyes naturales es mucho mayor, si
cabe). Y eso sin tener en cuenta que además de carbono tuvieron que
formarse otros elementos, como nitrógeno, y que había que formar con ellos
una gran cantidad y diversidad de moléculas: además de etanol, azúcares,
ácidos, vitaminas, aminoácidos, otros compuestos nitrogenados…
Como
vemos, no sólo se trata de que se «suspendan»
las leyes naturales, según tantas veces se dice en un intento de no
afrentar a la ciencia, sino de que se contravienen de una forma muy
profunda, como ya señalaron desde distintas posiciones los citados Hume y
Spinoza. (En todo caso, suspender esas leyes no es más que una forma de
transgredirlas.) Un verdadero milagro no debe ser sólo un hecho
extraordinario actualmente inexplicado por la ciencia, sino que ésta nunca
podrá explicarlo.
El
ejemplo analizado es un milagro intrascendente, que de hecho muchos teólogos
que discriminan en los evangelios entre milagros verídicos e improbables,
sitúan en este último grupo. Veamos pues otro milagro mucho más central
en la religión católica, que nos permitirá otras consideraciones.
Si
la conversión de agua en vino choca contra lo que sabemos científicamente,
imagínense lo que significa que un cadáver de varios días vuelva a la
vida. Infinidad de microprocesos físicos, químicos y biológicos tendrían
que ocurrir de una forma que jamás se ha constatado con rigor.
Sin
embargo, por extraordinariamente improbable que parezca un hecho, si se
produce hay que admitirlo, no importa que ocasione una crisis científica
descomunal. Aunque para Hume ninguna prueba podría demostrar un milagro,
pues siempre sería éste más improbable que el error en los testimonios
aportados, creo que sí sería posible registrar fehacientemente unos hechos
que violaran las leyes naturales (aunque otra cosa sería probar su origen
sobrenatural). Podríamos estar aquí ante un caso, pues se aducen pruebas
de la resurrección de Jesús. Recordémoslas brevemente.
La
creencia en la resurrección de Jesús se basa sobre todo en los testimonios
evangélicos. Esos testimonios, en primer lugar, fueron escritos bastantes años
después de la muerte de Jesús y no por testigos de los hechos. Pero es
que, además, hay muy considerables contradicciones entre ellos. Si esos
testimonios se llevaran a un juicio normal, el juez no dudaría en
considerarlos carentes de fuerza probatoria.
Conviene
recordar la máxima que popularizó Carl Sagan: «afirmaciones
extraordinarias requieren pruebas extraordinarias». Si lo que se afirmara fuera que Jesús murió como
consecuencia de la crucifixión, aún habría dudas, pero no habría motivo
para sospechar que no pudo ser así.
Además
de los debilísimos testimonios evangélicos, muchos creyentes cristianos
han hecho una fuerte apuesta al decir que hay una prueba física
contrastable de la resurrección de Jesús: la llamada sábana santa.
La
NASA no ha examinado nunca el lienzo de Turín. La investigación corrió en
realidad a cargo del Proyecto
para la Investigación del Sudario de Turín (STURP), de la que
formaban parte, a título particular, algunas personas vinculadas a la NASA.
Un miembro muy notable del equipo era , considerado a la sazón el
microanalista forense más competente del mundo… pero fue expulsado del
grupo. La razón fue que, tras analizar los rastros de supuesta sangre,
McCrone llegó a la conclusión de que lo que había era bermellón y ocre
rojo en un medio de témpera al colágeno, materiales comunes para los
artistas del siglo XIV: la imagen era una bonita pintura medieval.
Estos
resultados fueron demoledores, pero faltaba un estudio que para muchos era
crucial (pocas veces mejor dicho): la determinación objetiva de la edad de
la sábana. Vittorio Pesce, antropólogo de la Universidad de Bari, mantenía
que la sábana había sido confeccionada entre 1250 y 1350. Y es que los
documentos históricos, la iconografía, los materiales y las técnicas
empleadas coincidían en situar la aparición de la sábana en Francia a
mediados del siglo XIV.
En
1988 el Vaticano aceptó al fin que se sometiera la sábana santa a la
datación mediante radiocarbono. Los análisis científicos fueron llevados
a cabo de manera independiente por tres laboratorios de Estados Unidos, el
Reino Unido y Suiza. Unánimemente concluyeron que el tejido del sudario de
Turín había sido confeccionado entre los años 1260 y 1390 (margen estadístico
establecido con más del 95 % de confianza). «Los
resultados proporcionan pruebas concluyentes de que el lino del sudario de
Turín es medieval»,
establece el informe publicado por veintiún científicos en la revista Nature
(Damon et al. 1989).
La
Iglesia acató el veredicto de la ciencia; pero el cardenal Anastasio
Ballestrero confirmó «su
respeto y su veneración a esta imagen de Cristo, que sigue siendo objeto
del culto de los fieles».
El Vaticano no asegura que la sábana envolvió el cuerpo de Jesucristo,
pero la considera una obra que refleja el sufrimiento de la Pasión de forma
coherente con la tradición cristiana. El mensaje a menudo es ambiguo. El
papa Juan Pablo II visitó en Turín la sábana santa el 24 de mayo de 1998.
Su discurso ante ella se tituló muy significativamente «La
Sábana santa, espejo del Evangelio»,
y en él dijo que «la
sábana santa es una provocación a la inteligencia».
En la actualidad, numerosos autores católicos cuestionan todos los
resultados científicos y he podido constatar de manera directa que hay
profesores de religión que en los centros escolares españoles siguen
defendiendo ante sus alumnos las insensatas tesis de Juan José Benítez
(algunas, pues otras, no menos insensatas, son incompatibles con el
catolicismo). Sólo me queda añadir algo obvio que suele olvidarse: aunque
la sábana tuviese casi dos milenios, aunque realmente hubiera envuelto el
cuerpo de Jesús, ¿dónde estaría la demostración de su resurrección?
Milagros contemporáneos
Los
milagros son importantes para la religión católica —y otras— no sólo
para apoyar el carácter divino de su mensaje, sino para atraer a la gente
con la esperanza de que Dios —o un intermediario— alivie sus cuitas o le
proporcione bienes de diverso tipo. Si interesa tanto que en el pasado haya
intervenido Dios en los asuntos humanos es porque alienta lo que un creyente
religioso común quiere: que le ayude a
él en esta vida y que le garantice la otra.
Y, en efecto, se cuentan numerosas historias de intervenciones divinas,
milagros, realizados por Dios mismo o por intermediación de alguno de sus
santos siervos pretéritos o contemporáneos. Se cuenta… pero nunca se ha
probado un milagro con rigor científico. Es evidente que se dan curaciones
espontáneas extraordinariamente infrecuentes y llamativas, y que en algunos
de esos casos no llega a saberse el mecanismo de la curación. Pero eso no
basta para proclamar que se han violado las leyes naturales mediante una
intervención sobrenatural. En muchos casos, esta supuesta intervención ni
siquiera se ha solicitado.Los
milagros no son el único tipo de fenómenos de los que se dice que
contravienen las leyes naturales: están también muchos de los llamados fenómenos
mágicos y paranormales. Alguna Universidad, como la de Edimburgo, ha hecho
frente directamente a estas pretensiones, rechazándolas en todos los casos
de estudios controlados. Pero destaca la muy acreditada labor del CSICOP (Comité
para la Investigación Científica de los Supuestos Hechos Paranormales),
creado en Estados Unidos en 1976: la investigación científica de los
supuestos hechos paranormales invariablemente ha probado la falsedad o la normalidad de éstos.
Sin
embargo, parece que ningún centro científico de prestigio se decide a
afrontar sin reservas el asunto de los milagros, aunque sí hay científicos
y médicos que, a título particular, se pronuncian —en uno u otro
sentido— sobre fenómenos tales como las curaciones inesperadas. Pocas
veces hay declaraciones tan claras como esta de Paul Davies (1999, p. 65 de
la trad. española): «la
ciencia rechaza los milagros genuinos».
Es llamativa la tarea de un afamado ilusionista, James Randi, como experto
en desenmascarar farsantes. Randi creó una fundación para diferenciar el
ilusionismo de los fenómenos paranormales y milagrosos. De hecho, instauró
hace años un premio de un millón de dólares para quien consiga demostrar,
en un entorno controlado, ese tipo de fenómenos. De momento nadie ha pasado
de las pruebas preliminares.
Al
margen de la cuestión de las pruebas, con todos los milagros hay un
problema de fondo desde el punto de vista del alcance de la ciencia. Se dice
que los milagros están causados por Dios, la Virgen o los Santos, quienes
están en un mundo trascendente, más allá del dominio de la ciencia, de la
realidad física. Pero entonces estamos ante una causa no física (fuera del
ámbito de la ciencia) que produce un efecto físico (dentro del ámbito de
la ciencia), lo cual es un contrasentido, un absurdo. O bien ese mundo
trascendente no puede conectar con el mundo físico, con lo cual los
milagros son imposibles, o bien sí son éstos posibles porque sí hay
conexión entre los dos mundos, y entonces el llamado mundo trascendente sí
sería objeto de indagación científica. En otras palabras: Dios no es
objeto de la ciencia… mientras no se diga que Dios actúa sobre la
realidad material.
Se
han hecho intentos de sortear estas dificultades apelando (véase
Polkinghorne 1998 o Guitton et al. 1991) a un Dios que intervendría a través de fenómenos cuánticos
no-deterministas y/o a través del caos determinista, en el que en ocasiones
se produce el popular ‘efecto mariposa’ (gran sensibilidad a pequeñas
alteraciones). Es un intento obvio de encontrar lagunas en la descripción
científica de la realidad material donde hacer actuar a Dios sin problema.
Parecería una especie de Dios que actúa donde no se le pueda coger in fraganti, no un Dios que juega a los dados, sino que truca los
dados y se esconde. Realmente estas hipótesis no se han formulado con un
rigor intelectual que reclame aquí mayor atención.
En
definitiva, acerca del «Dios
personal»
con capacidad de intervenir sobre el que se preguntó a los científicos,
sí tiene que hablar la ciencia. En mi opinión, esto explica los resultados
de los sondeos de Leuba, Larson y Witham, explica que el mayor conocimiento
científico vaya habitualmente acompañado de una menor creencia en ese Dios
capaz de alterar los procesos naturales.
Hoy
ya hay muchos teólogos más o menos conscientes de este conflicto de la
religión con la ciencia a causa de las intervenciones divinas, y llegan a
hablar de fe «a pesar de los
milagros», de los milagros como
un obstáculo para la fe. Pero habría que preguntarse qué sería de las
religiones, qué
quedaría de la religiosidad popular sin los milagros, sin la esperanza de
intervenciones desde el más allá en la vida personal. ¿No se invocan
estas intervenciones en las prácticas religiosas, como las misas? Conviene
conocer que en EE UU —ya que lo venimos tomando como referencia—,
el 89 % de la población cree en los milagros (Winseman 2004); este valor
sube al 95 % entre los cristianos (Harris Interactive 2003). En España,
aunque sólo cree «con seguridad» en
los milagros el 33 %, hay otro 30 % que «tiene
dudas» (Pérez-Agote,
Santiago 2005; véase la Tabla 3).
|
Tabla
3 Porcentaje
de creyentes en algunos seres, lugares y
hechos sobrenaturales en Estados Unidos y en España |
||||
|
|
Creencia
en |
|||
|
|
Dios |
Ángeles |
Cielo |
Milagros |
|
EE
UU* |
90 |
78 |
82 |
89 |
|
España** |
73
(85) 1 |
34
(60) |
41
(70) |
33
(63) |
|
*
Winseman
2004 **
Pérez-Agote, Santiago 2005 |
||||
|
1Entre
paréntesis se ha sumado a los que creen con seguridad los que «tienen
dudas». |
||||
Incluso
entre quienes rechazan la idea de un Dios interviniendo providencial y
frecuentemente en los asuntos humanos, abundan quienes no pueden prescindir de
al menos unas pocas intervenciones divinas en la historia del universo. El
origen de la vida, el origen del hombre y el propio origen del universo han
sido y son momentos irrenunciables para el catolicismo oficial y popular.
Es
muy triste que en países avanzados como
el nuestro la evolución apenas sea conocida, entendida y aceptada por una
gran parte de la población. No parece haber datos estadísticos sobre los
españoles, pero puede orientarnos —considerando los datos comparados de
otras creencias religiosas, ver la Tabla 3— saber que un gran porcentaje de
la población estadounidense sigue creyendo al pie de la letra las historias bíblicas
sobre nuestros orígenes. En la encuesta de ABC
News publicada el 15 de febrero de 2004, la mayoría dice creer que los
relatos bíblicos —como el de Noé y el Diluvio (60%), o el de Moisés y el
Mar Rojo (64%)— son «literalmente
verdaderos»:
están convencidos de que ‘el mundo’ tiene menos de 10.000 años. Después
de casi 150 años desde Darwin, la historia de la creación en la que Dios creó
el mundo en seis días es creída por el 61%. En la encuesta aparecen como
mucho más creyentes en esos absurdos mitos los protestantes (creen en torno
al 88 %) que los católicos (en torno al 48 %). En otra encuesta (Newport
2004), sólo el 35 % piensa que la evolución está bien apoyada en pruebas y
sólo el 13% cree que en la aparición del hombre no intervino directamente
Dios. Eso explica que el 76 % no se sentiría contrariado si en las escuelas públicas
se explicara la teoría creacionista según la cual la especie humana procede
de creación directa por Dios, no de la evolución (Carlson 2005). Con ese
respaldo popular, extrañan menos los incesantes intentos de que no se
explique la evolución adecuadamente en las escuelas: a los 80 años del célebre
juicio contra el profesor John Thomas Scopes por enseñar la evolución,
se ha celebrado un nuevo proceso en Kansas para llevar el
antievolucionismo a la enseñanza. En definitiva, en Estados Unidos la mayoría
aceptaría sin dudar el llamado «argumento
del diseño»,
y cabe pensar que en España el respaldo sería mucho menor, pero
considerable.
El
argumento del diseño ha sido utilizado, junto a los argumentos ontológico y
cosmológico, como prueba de la inevitable existencia de un Creador del
universo. El teólogo del siglo XVIII William Paley lo exponía en un pasaje
muy conocido al comienzo a su Teología Natural —o pruebas de existencia
y atributos de la divinidad recogidas a partir de los aspectos de la
naturaleza—, de 1802. Básicamente decía que si la complejidad y
precisión del diseño de un reloj nos fuerzan a concluir que tuvo un
fabricante inteligente, las obras de la naturaleza nos fuerzan con mucho más
motivo.
Sin
embargo, David Hume, en su Diálogos sobre la religión natural,
publicado en 1779, ya había hecho una crítica demoledora a la lógica de la
utilización del aparente diseño de la naturaleza como prueba positiva de la
existencia de Dios: el argumento del diseño es sólo una analogía, que puede
servir de guía para formular una hipótesis, pero no es un criterio válido
de prueba; además, es una analogía débil si atendemos con detenimiento a
las similitudes entre los seres vivos y los objetos diseñados por el hombre.
A
pesar de la contundencia de los argumentos de Hume, no había una explicación
satisfactoria de la complejidad del mundo, sobre todo de la vida, ni pruebas
de la aparición natural de los seres vivos. El principio de esta explicación
y esas pruebas vino de la mano de Alfred Russel Wallace y, sobre todo, de
Charles Darwin, cuando publicó en 1859 El
origen de las especies. Desde entonces las pruebas del hecho evolutivo son
abrumadoras, y sólo discuten la existencia de la evolución, conociendo esas
pruebas, personas obcecadas (véase una buena divulgación evolucionista en
Dawkins 1986).
Los
defensores del «diseño
inteligente»
(una nueva versión del viejo creacionismo que evita hablar de una Tierra de
6.000 años de antigüedad…), muchos de ellos en el Discovery Institute de Seattle, aceptan la evolución pero declaran
que es imposible sin la mano guiadora de un Impulsor. Intentan contar con un
fundamento científico demostrando aquella imposibilidad, y están siendo cada
vez más activos en los campus universitarios. De hecho, la revista Nature,
pregunta desde su portada del 28 de abril de 2005: «Is
intelligent design coming to your campus?»
(¿Está llegando el Diseño Inteligente a tu campus?) Y en el editorial pide
a los científicos que no se ignore esta «amenaza
al mismo corazón de la razón científica»,
que defiendan esta razón ante los estudiantes.
Las
«demostraciones»
que propone el diseño inteligente lo que suelen probar es falta de
conocimiento de los procesos evolutivos y, en general, de los mecanismos
generadores de complejidad. Sus defensores desconocen, aparte de los
mecanismos evolutivos biológicos que está desentrañando la Genética, la
Biología molecular y la Biología teórica en general, los mecanismos de
alcance general que estudia la Termodinámica de sistemas alejados del
equilibrio, el Caos determinista y otras aproximaciones a los fenómenos de
autoorganización (véase Lewin 1999). En el mejor de los casos, nos las vemos
con el viejo «Dios
de los huecos»
o «Dios
tapaagujeros»,
el que hace siglos valía para explicar tantas cosas, pero que ha ido
retrocediendo empujado por el avance del conocimiento científico. Ese Dios
que surgió de la ignorancia es un anacronismo que se mantiene por el peso de
la tradición y por la propia ignorancia científica actual.
Los
defensores del diseño inteligente parecen ignorar que la arquitectura y
funcionamiento de los seres vivos, aun siendo sobrecogedores, distan, como señaló
el propio Darwin, de la perfección. El gran biólogo francés François Jacob
(1981) dejó claro que la evolución —si se quiere una imagen antropomórfica—
actúa como una gran oportunista sin planes de futuro, aficionada al
bricolaje, no perspicaz diseñadora. ¿No es notable, por ejemplo, que ningún
animal haya incorporado el enormemente ventajoso movimiento rotatorio de las
ruedas? (Holliday 2003).
Los
avances en el conocimiento de la evolución no han eliminado las fuertes
controversias sobre aspectos concretos de los procesos y los mecanismos
implicados, pero, dada la enorme coincidencia de todos los seres vivos
conocidos sobre la Tierra en el plano celular y molecular, pocos dudan de que
tienen un origen común. Es decir, cada célula de cada ser vivo (incluyéndolo
a usted) procede de otra célula (omnia
cellula ex cellula), que a su vez procede de otra… Esto nos lleva a un
viaje ininterrumpido hacia el pasado en el que finalmente nos encontraríamos
con una célula, o mejor, una población celular, que sería el ancestro común
a todos los seres vivos (se la conoce en la literatura científica como LUCA,
de Last Universal Common Ancestor).
Incluso
para muchos de quienes aceptan la evolución, y entienden que una especie se
moldea mediante una acumulación de cambios a partir de organismos ancestrales
y en ocasiones mucho más simples, la aparición de los primeros organismos
sobre la Tierra supone un problema sin solución.
Desde
luego, es un problema que no resuelve la teoría evolutiva convencional, pues
ésta se ocupa de las transformaciones de especies ya existentes. Pero el cómo
pudo emerger la vida es un problema genuinamente científico, aunque con
dificultades excepcionales: la ciencia podrá demostrar cómo pudieron ocurrir
probablemente los hechos (el origen de la vida), e incluso probarlo en el
laboratorio, pero parece que nunca podrá certificar que ocurrieron de esa
manera. Desde que Alexander I. Oparin y John B. S. Haldane propusieron las
primeras hipótesis científicas en torno al origen de la vida en los años
1920, y desde que Stanley L.
Miller
demostró en el laboratorio, en 1953, que la simulación de las condiciones de
la Tierra primigenia originaba espontáneamente compuestos característicos de
los seres vivos (aminoácidos), se ha avanzado mucho en la comprensión del
problema y en el planteamiento de soluciones. Hoy es un campo activo y
apasionante de investigación en el que quedan importantes asuntos que
resolver para entender, sobre bases sólidas, cómo pudieron ensamblarse las
primeras células; sin embargo, no son hipótesis científicas lo que falta (véase
la de Günter Wächtershäuser (1988) como hipótesis modélica, y una
perspectiva general en Aguilera (1993)). Por tanto, no se puede sostener —si
no es por ignorancia o mala fe— que el origen de la vida es un problema que
la ciencia no puede ni podrá explicar. Pocos científicos informados dudan de
que el origen de la vida fue un suceso natural, espontáneo, aunque haya
diversidad de pareceres en cuanto a la probabilidad del suceso dadas las
condiciones adecuadas (lo que afecta también a la probabilidad de vida
extraterrestre).
Lo
que sabemos del origen de la vida permite decir, una vez más, que la hipótesis
de Dios es innecesaria. Pero yo añadiría —en la línea de François
Jacob— que, si aceptáramos al Dios creador y diseñador como hipótesis de
trabajo, concluiríamos que se trató (trata), aparentemente, de un ignorante
en Biología molecular. El propio código genético, con el que se traducen
los mensajes genéticos al lenguaje de las proteínas, parece fácilmente
mejorable. De hecho, los humanos, que apenas hemos empezado a avanzar en
Biología molecular, ya estamos proyectando la mejora de ese código en
especies existentes… o en especies desarrolladas casi de
novo.
El
último episodio de la evolución biológica donde las religiones suelen
invocar la intervención divina es la aparición de la especie humana. La
Iglesia católica, que acabó aceptando en 1992 que «la
evolución es algo más que una hipótesis»,
sigue manteniendo fuera del alcance evolutivo la aparición de los humanos:
hubo Dios de intervenir para insuflar el alma.
Este mito del alma, refutado de manera implacable y exhaustiva por
Gonzalo Puente Ojea (2000), es uno de los últimos refugios del Dios
tapaagujeros… solo que, desde el punto de vista científico, cuesta ver qué
agujero es el que se pretende tapar. Con los conocimientos científicos
actuales, la hipótesis del alma no es solamente innecesaria o metafísica. La
ciencia no sólo no la contempla por su materialismo metodológico, pues si se
dice que el alma afecta a las funciones cerebrales, cae en las redes científicas:
es una hipótesis del ‘reino empírico’. Pero como tal, está incluso
pendiente de formulación rigurosa, me temo que porque la formulación clara
choca de inmediato con los hechos y la razón.
En
estos tiempos es difícil imaginarse a alguien documentado que crea que Dios
dirigió la creación y la evolución del universo y de la vida en la Tierra
con el objetivo de llegar al hombre.
La historia evolutiva que condujo a nuestra especie estuvo —como ha
explicado convincentemente Gould— plagada de contingencias; la caída de un
gran meteorito hace 65 millones de años, decisiva para el fin de los
dinosaurios y tantas otras especies y para la prosperidad de nuestros
antepasados, es sólo una de ellas. El conocimiento cada vez más profundo de
la evolución (por ejemplo, a nivel genético y molecular) deja cada vez más
clara la no singularidad de nuestra especie.
La
visión anticientífica, por motivos religiosos, de la especie humana y sus orígenes,
tiene a veces consecuencias desgraciadas. Veamos como ejemplo el caso de la
homosexualidad. Diversas religiones la consideran «contra
natura»
sobre la base de asignar a la Naturaleza, y especialmente a los humanos, los
propósitos divinos. Sin embargo, es evidente que la homosexualidad es
natural, se observa en multitud de especies animales (véase Bagemihl
1999). Otro casos de creencias
religiosas anticientíficas con efectos morales graves son la existencia de
alma en los zigotos y embriones humanos —recordemos que hablamos de un alma
capaz de afectar, en su momento, a la acción cerebral— y la virginidad de
la madre de Jesús... además de las ya consideradas, como los hechos
milagrosos en general (y la resurrección de Jesús en particular) y la
evolución dirigida por Dios. En todos los casos se pone de manifiesto que la
ciencia no puede dictar normas morales, pero sí señalar la verosimilitud de
sus fundamentos.
Ante
las dificultades para defender una evolución guiada por Dios, y las
intervenciones de seres trascendentes en general sobre el funcionamiento del
mundo, muchos de los defensores de una acción divina orientada a la aparición
de la especie humana han encontrado una solución en la Cosmología. Dios habría
generado el universo con sus leyes y ya no intervendría más. Dios actuaría
de forma inmanente a través de las leyes naturales: no tiene que ir haciendo
ajustes (incluso no debe), se soslaya el problema de la existencia del mal
siendo Dios omnipotente e infinitamente bueno (teodicea) y se evita el
conflicto con la ciencia. Más aún: la ciencia ofrecería indicios de esa
acción divina primigenia. Veamos esto.
El
origen del universo: ¿último refugio para Dios?
Salvo
los ofuscados creacionistas, pocas personas informadas rechazan la evolución
del universo desde su explosivo principio, aunque haya apasionantes
controversias sobre el proceso. Lo que ha resultado sorprendente ha sido la
constatación de que, si en esos inicios se hubieran impuesto
unas constantes físicas (la constante de Planck, o la intensidad de las
cuatro fuerzas fundamentales del universo) ligeramente diferentes a las
existentes, el universo no habría evolucionado de forma compatible con la
vida que conocemos… con la existencia humana, por tanto. A esta constatación
se la conoce con el nombre de «principio
antrópico» (expresión
introducida por Brandon Carter en 1974; véase Davies 1992). Hay una versión «débil» del
principio que no es mucho más que el desarrollo lógico de la constatación
señalada. Pero una versión «fuerte»
añade que aquellas constantes fundamentales se seleccionaron para
que apareciera la vida. En otras palabras, al comienzo del universo hubo
un ajuste fino de las constantes, un
ajuste intencionado. ¿Cómo explicar si no tamaña coincidencia? Es curioso
que algunos defensores del diseño apelen
a un Dios creador cósmico para generar un universo que hiciera la vida
probable o necesaria y, al mismo tiempo, apelen a un Dios creador biológico
para explicar el origen de la vida porque es sumamente improbable.
¿Es
admisible, desde la ciencia, esa intervención única de un Dios, hace unos
14.000 millones de años? Un Dios que no sería aquel ser providente que ha
guiado cuidadosamente la evolución de la especie humana, ese a quien se puede
rezar para que obre milagros…
Para
empezar, lo evidente: apelar a un Dios creador para explicar el origen del
universo no hace sino retrasar el problema hacia el origen de Dios mismo. No
deben valer los trucos de asignar a ese Dios propiedades físicas, como la
eternidad, y negárselas al propio universo físico. En definitiva: ese Dios
no es que no parezca una explicación satisfactoria, simplemente no parece una
explicación. El origen de todo, la cuestión de Leibniz (¿por qué hay algo
en vez de nada?) es el problema de los problemas, pero desde la Física ha
aparecido una propuesta de solución; se trata de la hipótesis de Alexander
Vilenkin acerca del origen del universo a partir de una fluctuación cuántica
aleatoria de la nada, pero no parece que eso sea posible sin violar los
principios de conservación.
Menos
evidente es el asunto del aparente ajuste de las constantes físicas. Sin
embargo, cuando lo que se plantea es la necesidad
de recurrir a un ajuste intencionado, se está ignorando lo que la física
hipotetiza, y lo que sabe (y no sabe), a saber:
·
No se conocen los mecanismos mediante los que esas constantes se
generan. No se percibe ninguna razón por la que no podamos llegar a
conocerlos algún día. Si llega ese día —como cabe esperar—, podremos
discutir el asunto sobre bases más firmes.
· No está demostrado que alguna forma de vida —o de inteligencia— sólo sea posible en un rango muy estrecho de
parámetros
físicos.
·
En el caso de
que al generarse un universo existan varias (quizá infinitas) posibilidades
de elección de constantes, hay
diversas hipótesis puramente físicas que quieren explicar la existencia de
este nuestro universo con las constantes adecuadas. Remito al lector a la
lectura —en Internet puede encontrar exposiciones asequibles— de las hipótesis
acerca de la existencia de una infinidad de universos —o un
multiverso— aleatorios con todas las posibles combinaciones de leyes
y constantes físicas (André Linde), lo que quizás sea más fácil de
explicar que la existencia de un solo universo; la hipótesis relacionada del
citado Vilenkin —des-arrollada con variantes por Sean Carroll y
Jennifer Chen— que
opina que hay buenas razones para pensar que el universo es infinito,
con infinitos big bangs; y
la propuesta de una evolución por selección natural de universos (Lee Smolin,
Quentin Smith). Victor Stenger (2003)
ha hecho una magnífica labor divulgativa de estas ‘extrañas’ hipótesis.
Pero caben dudas sobre si en su estado actual son realmente hipótesis científicas:
¿son susceptibles de falsación? (requisito popperiano).
En
definitiva, el último reducto del Dios tapaagujeros empieza a verse inseguro.
En cualquier caso, la negación desde la ciencia, más allá de dudas
razonables, de la existencia de milagros y de almas, de un Dios providente y
de otros seres trascendentes capaces de afectar a la realidad material sin ser
objetos de la actividad científica, está siendo muy dura de asumir, incluso
por buena parte de los científicos. Pero este reconocimiento de la realidad
me parece un gran paso, y un paso necesario, en el tránsito de la infancia a
la edad adulta. Especialmente si se quiere mejorar esa realidad.
Más
allá de la ciencia
Como
se ha dicho, la ciencia no nos da un sentido de la vida, una moral. Esto no es
lo mismo que decir que, siguiendo a la ciencia, la vida carezca necesariamente
de sentido, incluido el moral. La moral y el sentido son creaciones humanas
que están fuera del ámbito científico, aunque, en mi opinión, tienen que
estar muy atentas a la ciencia porque no deben ignorar los conocimientos sobre
la realidad material. Pero, además, quizás el método científico pueda
sugerir algunos comportamientos deseables en las relaciones sociales, en los
conflictos: el rigor en la expresión, el rechazo de las falacias
argumentativas, el mantenimiento de la duda razonable… La
cultura científica y la razón crítica pueden ser emancipadoras,
herramientas que nos permiten ser dueños de nuestra voluntad y nuestro
pensamiento, auténticamente responsables. Nos sirven para evitar la
irracionalidad en forma de percepciones falsas, errores lógicos, decisiones
incoherentes, malas apuestas. Y para detectar manipulaciones y engaños. Los
grandes males de nuestro tiempo (piénsese en los siguientes, ligados entre sí:
la pobreza, el deterioro ambiental, la explotación laboral, las diversas
formas y grados de terrorismo —incluido
el ejercido desde el poder oficial—,
el imperialismo, el militarismo, la colonización cultural…) no vienen de un
exceso de racionalidad, como nos dicen los oscurantistas, sino, en buena
medida, de su defecto. Vienen de que se sustituyen o disfrazan en parte las
viejas formas de manipulación y dominio por otras que se alimentan de las
nuevas tecnologías. Frente a todas, el conocimiento, la razón y la crítica
son nuestras mejores armas. Y deberán emplearse a fondo a la hora de decidir
los objetivos de las investigaciones científicas, de promover una ciencia al
servicio de la humanidad, no preferentemente de los poderes económicos y
militares, como hoy sucede.
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