Con la iIglesia hemos topado

Víctor Guerra  

Cartafueyu 14-11-2004

La reciente concesión del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia al Camino de Santiago y el protagonismo que en el acto de entrega se arrogó la iglesia católica española dan pie al autor para criticar la postura que la iglesia católica adopta ante determinadas cuestiones sociales ajenas absolutamente a su magisterio

Cuando ya casi estamos en la recta final para la ratificación por los 25 países que componen la actual Unión Europea, del proyecto de una Constitución Europea, aunque se va imponiendo el principio católico de subsidiariedad, que en definitiva viene a coartar y a prohibir que los pueblos tengan la posibilidad de elegir sus propios destinos, los obispos españoles están preocupados por la repercusión de las campañas que se han desatado en pro de un marco laicista para las instituciones, y la sociedad en general.
Les intranquiliza el alma y sus pasiones que haya tanta repercusión en el medio social, y como no, en los medios de comunicación. Si el premio fuera concedido al propio Camino de Santiago, nada habría que objetar, aunque supongo que se debería tener en cuenta otros caminos como las Cañadas Reales que dieron riqueza a este país, o los Caminos Reales que comunicaron pueblos y culturas, por no hablar de las Vías Romanas, etc. Pero e detrás de esa declaración se esconde el sentido de Peregrinación, el acta latomorum del creyente católico, pues el no piadoso y misericordioso está excluido. Es más, el sentido de Concordia que busca el premio concuerda bien poco con un hecho, y es la cautividad y patrimonialización que existe por parte de la Iglesia y las altas jerarquías, es un camino cautivo por la iglesia la cual no deja hueco para a otras concepciones, otras leyendas y posibilidades arquetípicas que han dado luz al Camino, o ayudan a comprenderlo desde otras ópticas y en las cuales creen muchos viajeros que hacen el Camino.
Porque ese Camino eclesial es todo un exponente de marginaciones, de la España de Balmes, el propio santo es ya un vestigio de pura xenofobia, como así lo representa su figuración más típica y tópica, un Santiago a caballo matando infieles, o sea el españolista Santiago matamoros que tenemos por patrón e insignia.
La iglesia está presta para atomizar y hacer de tal distinción su patrimonio exclusivo imponiendo deberes y servidumbres, sino ya lo verán ustedes en la prensa del momento, es la lección aprendida siglo tras siglo, forma ya parte de su doctrina social, la misma que habla de 30 millones de creyentes españoles que sen ven marginados y para los cuales pide un prelado de Pamplona “que hay que legislar con relación a esa fuerza y a esa presencia”. Olvida el Sr. Prelado que no dejando desvincularse a nadie de la Institución eclesial, y contando al tuntún, es posible que le salgan 30 millones de católicos españoles y más aún si cuenta en sus estadísticas a los futuros bebés de toda esa masa católica.
Manifestar estas cuestiones es seguramente para los integristas católicos atacar los sacrosantos valores más importantes de Occidente representados por la iglesia católica, que ve con preocupación como estas protestas empiezan a florecer por entre los intersticios del férreo control de las conciencias al que se nos somete o se nos quiete someter.
Y es por eso que asistimos a los más furibundos ataques a masones, librepensadores y activistas laicos, los cuales, .- y entre ellos me cuento aunque la Iglesia no haya reconocido mi apostasía, y con ello creo que la propia Jerarquía haya entrado en grave peligro al no desvincularme de la institución, puesto que no solo no he apostatado con todos los papeles necesarios, sino que además les he hecho patente mi condición de reconocido masón liberal, alejado por tanto de la masonería deísta, me confieso un activista librepensador.- somos atacados e involucrados en las más oscuras tramas internacionales para hacer de Europa el destino ateo por excelencia. ¡Cuánta ignorancia o cuánta hipocresía!
Pero no hay más remedio que decirlo, alto y bien claro, la iglesia tiene su espacio y su función, pero ello no puede ser en base a que en pleno siglo XXI siga queriendo regir los destinos de las conciencias europeas como de contrabando.


 

 

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