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Religión y escuela
 
 

José Luis González Vera

La Opinión de Málaga 6 de Octubre de 2009

      La enseñanza de la religión católica en la escuela pública traza un problema enquistado y que ningún gobierno del período democrático se ha atrevido a resolver valiente. Como en muchas otras sociedades civilizadas de nuestro entorno, aunque con una historia limpia de nacional-catolicismo, las diversas fes religiosas deberían quedar relegadas a los templos, espacio para el credo impartido por el profesorado religioso del que cada diócesis dispone. Las diferentes confesiones que proliferan por el ya multicultural, multirracial y multiconfesional territorio español también podrían usar las aulas como ámbito para su doctrinario, eso sí, fuera de las apretadísimas horas lectivas del alumnado. La diatriba surge cuando una parte de la lista se encamina hacia su clase de religión y la otra hacia el limbo docente. A unos los orientan hacia el cielo, pero a los otros no los pueden castigar en este valle de lágrimas por su agnosticismo, ateísmo, indiferencia o confianza en otras deidades o dogmas, a una especie de purgatorio donde se mezclen o historia de las religiones, para la que no figuran especialistas como tales entre los claustros, o actividades al libre albedrío del profesor que arrastre la cruz de esa alternativa a la religión que le brotó en su jornada. Además, surgen importantes divergencias entre la cantidad de alumnado que abraza la enseñanza religiosa durante su periodo escolar, y la que cursa esta opción cuando ingresa en la ESO y Bachillerato. Una crisis de fe parece que doblega a adolescentes y familias una vez que aquel ceremonial de las primeras comuniones con sus fastos, trajecitos de novias y borracheras de padrinos, yace en el olvido de los armarios y álbumes de fotos.

   Quizás sea coherente, incluso sano por la supervivencia de las congregaciones, que la enseñanza religiosa ocupe su lugar junto a los altares y velas, y no entre tizas y pupitres. Dios también anda entre los pucheros, pero de los conventos. En mitad de esta refriega argumental, unas víctimas de tropa: el profesorado de religión. Parece que la tortura a la que se ve sometido de forma periódica ha apretado un poco más sus clavijas. Por ejemplo, algunos fueron enviados por la Delegación a los institutos la semana pasada, bien iniciado el curso y por supuesto con los horarios confeccionados; en el paroxismo del disparate, comparten institutos, pongamos uno cerca del Guadalhorce, otro por Capuchinos y otro en un pueblo de la comarca de Antequera (esto no es ficción de articulista) y ahora la organización de Centros con ochenta profesores y casi mil alumnos tiene que ser recompuesta ya que en la nómina de aquel docente no aparece el don de la ubicuidad. El calendario del martirologio debería fijar una celebración para estas y estos profesionales, pero festejada en la parroquia, con su propio programa y sostén económico de los fieles, como por cierto las epístolas divinas mandan.

 

 

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