Dice el aforismo que la
religión es el opio de los pueblos. Se le atribuye a
Marx. Fuera quien fuera, resulta benevolente. Las
religiones tienen algo de común: priman la creencia
sobre la ciencia, el creer sobre el pensar, la
venganza sobre la justicia, el poder sobre la ética,
la doble moral sobre los principios. Tanto Italia,
como España, italianos y españoles, hemos tenido
mala suerte en el reparto de la lotería del
cristiano-catolicismo. Fue San Pablo quien hizo de
la historia o historieta de un esenio de Judea que
se creyó el Mesías -anunciado por las profecías- una
religión, es decir, una estructura de creencias.
Constantino, emperador romano, le prestó el imperio
en el 313 y Teodosio la hizo oficial en el 380, en
contra de la tradición romana. Se quedó en Italia y
anidó en España con Recaredo en el III Concilio de
Toledo (589). Y ahí comenzó la desgracia para
nuestro país. Tuvimos Siglo de Oro, principalmente
en las letras y en las artes, pero no renacimiento
científico. Italia le fue mejor hasta Galileo y
Giordano Bruno, con los primeros científicos,
matemáticos, fisiólogos, juristas, con Tartaglia,
Cardano, Vesalio, Torricelli. Parecía que España
estaba destinada a suceder a Italia en esto, como en
las artes (1). No fue así. Los curas, es decir, la
Inquisición, importada de Francia en la lucha del
papado contra los albigenses a comienzos del siglo
XIII, anidó en España por mor de los Católicos
Reyes, y se acabó la ciencia en esta piel de toro. A
Giordano Bruno lo quemaron en la hoguera. Luego
Trento (1545)-1563) y la Inquisición, que ¡hasta
1834!, con el ministro Mendizábal, no acabó
oficialmente. Aquí no surgió ningún Galileo, ningún
Kepler, nada de un Newton o un Leibniz., y no por
falta de talentos. Ya se habían apoderado del
bachillerato medieval, de muchas de las cátedras en
las Universidades -Cisneros y cia.- y así, hasta
ahora mismo con la concertada. Felipe II fue el
colaborar necesario con la prohibición en 1557 de
salir a los estudiantes a otras universidades
europeas no fueran que se contaminaran...
intelectualmente. Ni la ley Moyano (1857), ni las
múltiples constituciones, muchas de las cuales
proclamaban la laicidad del Estado, pudieron con
ella o con ellos. La II República luchó por ello,
pero acabaron con ella, con el apoyo mayoritario de
los curas, de la jerarquía.
Yo fui a un colegio de curas, como una gran mayoría
de los que hemos pasado los 50, pero mis sobrinos
han ido también a colegios de curas y monjas, desde
donde se organizan las manifestaciones contra los
tímidos avances en la enseñanza. Da igual la edad,
aún los tenemos ahí, en la enseñanza secundaria. No
se contentan con los púlpitos, quieren también las
cátedras, además del poder secular, del brazo armado
del Estado. Te hablan de la fe, pero por si acaso
eso falla, te amenazan con la ex-comunión y las
penas del Infierno, así, con mayúscula. Y si esto no
es suficiente, con el castigo corporal, físico. Ahí
tenemos al Sr. Bono, presidente de la máxima cámara
depositaria de la soberanía popular atribulándose
contra la jerarquía por su catolicismo. A mí me
parece que ser católico y presidente de algo que se
rige por un principio constitucional de
aconfesionalidad es una contradicción, pero allá él.
Esperemos que no se deje influir por los amigos de
rezo y comunión. Ahora ya no disponen de la
violencia del Estado, de los autos públicos de fe,
de las hogueras, pero siguen amenazando como si las
tuvieran. El Estado de Derecho, la neutralidad del
Estado en materia de religión es una milonga para
estos señores, algo que se estudia en colegios y
universidades como una asignatura a aprobar, pero de
ahí a llevarlo a la práctica, no: eso es pecado y
está muy castigado, y ni bulas ni el dinero -ahora-
pueden redimirlo. Lutero (1483-1546) se opuso a las
indulgencias como objeto de compra-venta y no
lograron pillarlo, se les escapó, se separó de la
iglesia de Roma y fundó una heterodoxia.
Y así estamos ahora, con el Sr. Rouco, ese cura con
un parecido exarcebado a un tal Paco Clavet, un
artista dicen, aunque no sé exactamente de qué.
Ahora dice este señor -el cura, no el artista- que
votar contra el aborto es merecedor de la
ex-comunión. ¡Qué suerte tenemos los ateos! ¿Es
posible que algún diputado pueda cambiar su voto por
las amenazas de este golpista? Sí, porque pretender
influir en las decisiones del máximo órgano de la
soberanía nacional por encima de los votos de los
españoles, yendo más allá de su propio voto,
amenazar con las penas del Infierno católico, es
golpismo. ¡Qué bien y cuán a sus anchas vivieron
estos curas -tanto los de la jerarquía como los de
las órdenes- con la dictadura franquista! Aún no se
han enterado que ha llegado la democracia. No quiero
ser injusto, porque no me olvido de los curas
obreros, del padre Llanos, de Díez Alegría, de la
teología de la liberación, del asesinado Yacuría y
de tantos otros que estuvieron con el pueblo -como
se decía antes- y contra la dictadura franquista.
Muchas parroquias e iglesias nos sirvieron de
refugios clandestinos. Pero estos son una minoría;
además no mandaban ni mandan, no pueden llegar,
ninguno llegó a la jerarquía máxima; no hay ningún
cura simplemente progresista en la Conferencia
Episcopal. El último que abrió una ventana a la
pestilencia de los jerarcas de la toga fue el Sr.
Tarancón y tuvo la mala suerte de que su nombre
rimara con paredón: ¡ay se hubieran podido cogerle
los ancestros del P.P.! Me gusta la frase de
Napoleón: cuando el enemigo se equivoca, no hay que
distraerle. No hay que intentar que cambien ahora,
que intenten remediar o remendar sus errores porque
tampoco pueden cambiar sus consecuencias, porque
tampoco pueden resucitar a quienes quemaron,
amenazaron, exiliaron y destrozaron su vida con sus
simples amenazas o con algo más; no se puede cambiar
la historia de este país y el inmenso destrozo y
lastre que supone la mera existencia de estos tipos,
se vistan con sotana o con chaqueta. Que sigan así,
equivocándose, hasta que las iglesias vayan
quedándose vacías, hasta que las bodas canónicas
sean una extrañeza, hasta que tengan que cerrarlas
porque los católicos de corazón les aborrezcan por
falsos y cínicos, por su pasado y su presente, hasta
que vayan aumentando los que profesan otras
religiones libremente y, mejor aún, los que no
profesan -no profesamos- ninguna. Pero queda un
inmenso problema, al menos en este país.
Ese problema es la enseñanza concertada, el mayor
error de Felipe González, junto con la modificación
jurídica de la contratación laboral que ha permitido
-aunque no fuera el deseo- el trabajo precario,
temporal, de despido gratis. Este error -el de la
enseñanza concertada, y el otro también- hay que
subsanarlo tarde o temprano, y mejor cuanto antes.
Que los curas sigan teniendo los púlpitos, no hay
problema; que sigan con su fundamentalismo, peor
para ellos, pero que sigan en la enseñanza
secundaria, no nos engañemos, es malo para todos
nosotros, para la enseñanza en libertad, para el
conocimiento científico o, simplemente, para el
conocimiento; es un lastre que debemos soltar. Ya se
ha visto en todas las modificaciones y supuestas
modernizaciones de la enseñanza secundaria, las
LOGSEs y LOEs se quedan en el tintero, cuando no en
agua de borrajas, por esta maldición. Seamos
franceses en esto: la enseñanza y el Estado, laicos,
y los curas, a los púlpitos, de donde nunca debieron
salir. Quizá tampoco debieron entrar -o subir-, pero
eso es ucronía y no se puede viajar atrás en el
tiempo. En cambio, se puede gobernar en el tiempo,
estar, como diría Ortega, a la altura de los
tiempos, y los tiempos de los ex-comulgadores que
utilizan el brazo secular ha pasado. Ahora ni
siquiera el P.P., con su añoranza del franquismo y
su integrismo católico, lo puede resucitar. Pero aún
falta el último empujón. Ahí la izquierda y los
sindicatos tienen mucho tajo. Ahora ya no pueden
amenazar con una nueva guerra in-civil, y además,
esta vez la perderían.
(1) Recomiendo vivamente el libro “Revolución
científica”, de Sellés y Solis, editorial Síntesis.
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Antonio Mora Plaza es economista.
Fuente:
http://www.nuevatribuna.es/noticia/23393/OPINIÓN/curas.html