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Dios
creó el relativismo
Santiago
Alba Rico
Gara
26
de Noviembre de 2009
Las costumbres», decía Pascal, «se siguen no porque sean
costumbres sino porque se creen razonables». Los
tupís-guaraníes creían razonable el canibalismo, los
aztecas creían razonables los sacrificios humanos, los
cherokee creían razonable invocar la lluvia con pasos de
danza, los judíos creen razonable darse golpes contra un
muro, los musulmanes creen razonable ayunar en Ramadán,
los católicos creen razonable comerse a Cristo durante
los misterios de la misa. El gran ilustrado Montesquieu
escribió «Las Cartas Persas» para defender la razón
frente a la loca autoridad de las costumbres, y a ese
ejercicio racional lo llamó relativismo. Bajo la versión
postmoderna del capitalismo, el relativismo ha acabado
por aplicarse sólo a la razón misma, de manera que
paradójicamente, gracias a él, la diversidad absolutista
del mundo ha recobrado toda su legitimidad y todo su
poder. En medio de la creciente influencia de las
religiones, cuando en todas partes se invoca a Dios para
retroceder, reprimir o asesinar, la tolerancia
políticamente correcta, espejo del mercado, yerra
completamente el tiro y alimenta los absolutismos al
mismo tiempo que castiga a los individuos: «Todas las
creencias son respetables por igual; los que hacen daño
son los creyentes». Esta tontería, repetida una y otra
vez por periodistas y gobernantes, preside la llamada
Alianza de Civilizaciones con la que se pretende, en
realidad, reprimir a los creyentes y reproducir el orden
vigente.
Hay que decirlo: no todas las creencias son razonables.
No es razonable, por ejemplo, una creencia según la cual
las mujeres que conservan el clítoris son amenazadoras
para la sociedad; no es razonable una creencia que
pretende que los arios son una raza superior; y no es
razonable una creencia en virtud de la cual se manda al
infierno a los niños que se masturban y se condena a
muerte a miles de hombres y mujeres en nombre de la
vida. Pero a los creyentes no los hacen sólo las
creencias; se hacen, por así decirlo, solos, en
paralelo, en un mundo en el que las condiciones
socioeconómicas y el complejo de Edipo tienen bastante
más fuerza que las tablas de Moisés o las aleyas
coránicas. Por eso, si la irracionalidad de una creencia
introduce efectos, no los introduce todos. Se puede
creer en las virtudes de la ablación y ser al mismo
tiempo bueno, fiel a los amigos, buen compañero e
incluso comprensivo esposo. Se puede creer en la
superioridad de los arios y ser compasivo con los judíos
(pobrecitos, tan inferiores). Y se puede creer razonable
mandar al infierno a un niño que se masturba y ser un
trabajador responsable, un marido leal, un padre
cariñoso, un médico sensible al dolor ajeno. Aún más, se
puede creer que la cliterectomía es barbarie y el
infierno razonable sin ninguna hipocresía, y sin dejar
de ser un hombre de bien. Los creyentes se activan y
desactivan en otro sitio. A los creyentes hay que
tolerarlos, educarlos, tener paciencia con ellos, darles
pan y hospitales y democracia y libros; pero hay que
mantener a raya sus creencias. Lo que sí es hipocresía
-o algo peor- es la práctica de un gobierno laico que se
escandaliza por la ablación o el nazismo y luego deja
que curas y monjas enseñen a los niños en las escuelas,
con dinero público, que el mundo fue creado por un Dios
alfarero hace 36.000 años, que los niños que se tocan
los genitales arderán eternamente en el infierno y que
son las mujeres y los homosexuales, y no ellos, los que
necesitan vigilancia y tratamiento. La razón es
relativista, la religión no; y por lo tanto no puede ser
ni racional ni relativista una política que reconoce
legitimidad pública al absolutismo.
La idea de Dios, en general, es muy poco razonable,
aunque mucha gente razonable y buena -y combativa- ha
aceptado, en lugar de otra, esa mínima cuota de
irracionalidad. ¿Es necesaria, como sugería Voltaire?
Mientras los creyentes sean construidos más por una
realidad mala que por una creencia absurda, el absurdo
tendrá muchas bazas para sustituir a la razón ausente
como principio de orden y de intervención en el mundo.
¿Necesario Dios?
Somos tan desgraciados que necesitamos consuelo.
Cuidémonos los unos a los otros y creemos las
instituciones que nos permitan hacerlo.
Somos tan malos que necesitamos ser reprimidos y
castigados. Proporcionemos a los seres humanos las
condiciones materiales y políticas necesarias para poder
tratarlos siempre como a mayores de edad.
Somos tan culpables que necesitamos que nos perdonen.
Formemos sujetos responsables y démonos leyes justas y
buenas.
Somos tan racionales que necesitamos una explicación,
aunque sea irracional. Demos prioridad a las racionales,
allí donde ya las hemos encontrado.
Cuando la realidad sea razonablemente buena, Dios
reducirá mucho su presencia. Inexistente, será por fin
enteramente benévolo. ¿Para qué será necesario? Para
contar algunos cuentos y para dar las gracias.
«Dios es mi personaje de ficción preferido», dice Hommer
Simpson. Es también uno de los míos. Los republicanos
seguimos contando cuentos de reyes. Y lo ateos
seguiremos contando los relatos de la Biblia (como
contamos la Odisea y el Po-Pol-Vuh).
Pero servirá, sobre todo, para reconocer que, en un
mundo más o menos racional y más o menos gobernado por
los humanos, habrá siempre milagros: sucesos
imprevistos, regalos inmerecidos, bellezas al margen de
toda regla, gracias caídas del cielo por las que
precisamente habrá que dar las gracias sin saber muy
bien a quién. El «Olé» taurino de los españoles procede
del «Allah» de los musulmanes, con el que unos y otros
expresan su embeleso ante un precipicio repentino de
pericia o de hermosura. Ante un crepúsculo incendiado en
mil matices de rosas y naranjas, ¿daremos las gracias al
Big-Bang que hizo posible el universo? «Dios, qué
bonito». En medio del abrazo de los cuerpos, mirando a
los ojos al amado o a la amada, ¿invocaremos el ADN o la
Viagra? «Dios, cuánto te quiero».
Reservemos a Dios -es lo menos blasfemo que podemos
hacer con él- para nuestros relatos, nuestros
agradecimientos y nuestros orgasmos.
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Santiago
Alba Rico Santiago Alba Rico filósofo
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