Las leyes y el marco de la Constitución son
las únicas directrices que tienen que marcar
el gobierno de un país. La ética pública no
puede estar sometida a la moral católica ni
a ninguna otra moral de índole religioso. No
cabe en democracia otra forma de gobierno
que aquella en la que se garantiza un
gobierno sin dogmas. Para Norberto Bobbio,
filósofo italiano, el espíritu laico es la
condición para la convivencia de todas las
posibles culturas. Bobbio que se definía
como “heredero del pensamiento ilustrado
y defensor de los derechos humanos” fue
ante todo un hombre de diálogo.
Aunque para María Teresa Fernández De la Vega, es
evidente “la voluntad firme del Gobierno
de avanzar en la laicidad del Estado y de
proteger las creencias de quienes no creen”
es palpable que la intención de promulgar la
laicidad del Estado carece de plazos y que
no hay datos concretos sobre la revisión del
texto de Ley Orgánica de Libertad Religiosa
(LOLR) de 1980. La percepción es que los
pasos del gobierno parecen encaminados hacia
un Estado neutral, pluri confesional y no
hacia un Estado Laico. Sin embargo el
Vaticano, a pesar de lo poca información de
que disponemos sobre la reforma de la Ley de
Libertad Religiosa no dudó en agilizar el
nombramiento de un nuevo nuncio para España,
el envío de Renzo Fratini es una medida de
choque que tiene como objetivo frenar la tan
temida por ellos “deriva laicista” de
nuestro país.
Si se pretende gobernar “sin dogmas y sin
imposiciones de nadie ni a nadie” no se
entiende que siga vigente el Concordato de
1979, un acuerdo entre el Vaticano y el
Estado Español que tuvo sentido en los
difíciles años de la transición pero que en
el momento actual es de todo punto
inadmisible; no se pude seguir manteniendo
un acuerdo que establece en uno de sus
puntos clave el compromiso de colaboración
del Estado con la Iglesia Católica para
garantizar su “sostenimiento económico”
.
El hecho de que un Estado aconfesional no pueda
alinearse con una única confesión religiosa
se traduce en que no puede asumir como
propia ninguna creencia ya que tiene que
garantizar la neutralidad ante los distintos
credos, no obstante nos encontramos con que
a fecha de hoy la Iglesia Católica mantiene
una gran parte de sus privilegios a pesar de
que un estado aconfesional, y el nuestro lo
es constitucionalmente, no puede presentar
ningún tipo de adscripción a una creencia en
detrimento de las restantes.
Los intentos de injerencia en el
gobierno de la sociedad civil son una
constante en la trayectoria de la jerarquía
eclesiástica cuyos integrantes no parecen
entender que si bien todos y cada uno de los
ciudadanos tienen derecho a rezar al dios
que sus creencias religiosas le indiquen no
por ello están eximidos de respetar la
Constitución. Asistimos estos últimos días,
después de más de tres décadas de
democracia, a un espectáculo deplorable,
fuimos espectadores de como la extrema
derecha sigue buscando cobijo al abrigo de
ciertos púlpitos, de como siguen amparándose
en las sotanas de curas integristas que
están del todo alejados de una iglesia de
base que defiende los principios de
igualdad, libertad y formación crítica.
Entre los diversos actos de exaltación de la
memoria de Franco celebrados recientemente
el más lamentable tuvo lugar en la basílica
del Valle de los Caídos y en él que se hizo
caso omiso del artículo 16 de la Ley de
Memoria Histórica que prohíbe expresamente
la realización es ese recinto de “actos
de naturaleza política o exaltadores de la
Guerra Civil, sus protagonistas o del
franquismo” .
Si llegamos a esta situación es debido a que el
integrista Rouco Varela y su cohorte
fundamentalista atesoran un poder, a todas
luces excesivo, que no dudan en utilizar
para sus continuas injerencias en el
gobierno de la sociedad; experiencia no les
falta porque desde tiempos remotos sus
únicas opciones han sido y son la
prohibición y la ignorancia de todo lo que
consideran una amenaza para su “verdad
única” y como consecuencia para sus
privilegios.
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Pilar Rego es Educadora
Social.