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Aborto y religión

Alberto Piris

Estrella Digital 24 de Junio de 2009

 

La noticia no ocupó mucho espacio en los diarios españoles. En un pueblo de Wichita (Kansas, EEUU), un médico que practicaba abortos fue asesinado de un tiro en la cabeza mientras asistía a los servicios religiosos en su parroquia el último domingo del pasado mes de mayo. George Tiller dirigía una clínica en la que se atendía a mujeres que desearan abortar en las etapas finales del embarazo. Sufrió durante treinta años una serie ininterrumpida de amenazas, ataques a su clínica y presiones sin cuento. El disparo que puso fin a su vida fue el colofón a esta larga persecución.

El párroco que dirigía los servicios religiosos en el momento del asesinato le conocía y trataba desde hace muchos años, como antiguo feligrés de su iglesia. Manifestó al respecto: “Había sufrido mucho. Estaba entregado a la misión de aliviar los problemas de salud de las mujeres. Hizo de esto la prioridad de su vida, aunque conocía el peligro”.

¿Imagina el lector este comentario en boca de un párroco español? ¿O en la boca del inefable secretario general de la Conferencia Episcopal, ese obispo que destempladamente ha desenterrado desde la pantalla de televisión la caja de los truenos sagrados, amenazando cejijunto con la excomunión a quienes no obedezcan los criterios eclesiásticos sobre la legislación para la interrupción del embarazo? ¿Será porque éstos son católicos y aquél es luterano?

El párroco antes citado añadió: “Los que mataron a Tiller no entendían bien lo que hacía. Trató a muchas mujeres que habían deseado de todo corazón tener un niño pero que tuvieron que sufrir la agonía de descubrir que su feto tenía espantosas deformaciones. La imagen que difunden los que se oponen al aborto es siempre la de un bebé perfectamente bello, pero esto no es lo que él observaba. Lo que hizo, lo hizo por amor”. Parecía como si hubiera contemplado los abominables carteles con el feto y el lince ibérico, tan alabados por el extremismo católico español.

Por si el testimonio de un religioso no fuese suficiente, oigamos a una de las pacientes del doctor asesinado. Tras 22 semanas de gestación, ella y su pareja fueron informados de que el feto padecía hidrocefalia, un exceso de líquido en el cerebro. Se les dijo que nacería sin funciones cerebrales y carecería de vida consciente: “Tuvimos que tomar una difícil decisión, pues ésa no era la vida que deseábamos para nuestro hijo”, declaró la madre. Ningún doctor de la zona en la que vivían aceptó hacerse cargo del asunto, pues se habían superado las 20 semanas consideradas suficientes para que un feto sea viable”. Se les remitió a la clínica de Tiller en Wichita.

“Las atenciones que allí recibimos fueron excepcionales. Pudimos ver a nuestro pequeño, ya muerto, tocarle y acariciarle, y despedirnos de él. Fue la peor experiencia de toda nuestra vida, pero allí nos la hicieron mucho más soportable”. El proceso duró cuatro días y los padres tuvieron que aguantar amenazas de los antiabortistas concentrados ante la clínica: “Mi marido quiso una vez explicarles lo que ocurría. No pudo. Sólo con bajar el cristal de la ventanilla del coche arriesgábamos nuestras vidas”.

¿Alguna vez han considerado este punto de vista esos prelados célibes que tan irreflexivamente juzgan lo que ignoran? Porque simplificar el problema y reducir a dos bandos la cuestión es el grave error que cometen muchos de quienes tratan este asunto. ¿A favor o en contra del aborto? ¿Es que no hay otras opciones? A esto contribuyen los medios de comunicación, con su incapacidad para iluminar aspectos intermedios entre el blanco y el negro.

¿Por qué algunas mujeres esperan demasiado tiempo antes de adoptar la decisión de abortar? Las causas pueden ser muy complejas: desde ignorancia o error médico al valorar los peligros de la gestación, hasta la voluntad de tener o no un hijo mediante el cual restablecer una relación matrimonial deteriorada. El abanico de opciones es muy amplio y ni la Conferencia Episcopal ni los medios de prensa que se hacen eco de la cuestión entran en territorio tan delicado.

En todo lo anterior no se hace mención expresa de la separación entre religión y política en un país sin religión de Estado, como es España, ni a la ingerencia que supone la presión de un órgano de la jerarquía eclesiástica sobre los legisladores democráticamente elegidos, para forzar su voto. Por supuesto, tampoco se insiste en el derecho básico de toda mujer a decidir libremente sobre algo que tan directamente le concierne, sin amenazas ni presiones físicas o morales.

Treinta años soportó el doctor Tiller la hostilidad de un sector fanático de sus convecinos. ¿Es tan difícil concebir la existencia de otros fanáticos, esta vez españoles, que animados por la condena expresa de la Iglesia quieran tomarse la justicia por su mano? No sería la primera vez que clérigos españoles respaldan asesinatos siempre que la víctima sea un “malo”: en el pasado, un rojo; ahora, un excomulgado por practicar el aborto. Una vez más ¿tendrá la Iglesia que arrepentirse de sus errores cuando ya sea tarde para subsanarlos?

 
 

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