Cuando
la teología desborda las cátedras polvorientas y
llega hasta los autobuses es que el mundo se ha
vuelto maravilloso, no me digan que no.
Groucho Marx tiene que estar muerto de risa
en su tumba sin epitafio (es mentira eso que
dicen de que allí pone “perdonen que no me
levante”) porque si la existencia o no de Dios
se discute en anuncios publicitarios, es que ya
puede suceder cualquier cosa. Estoy deseando
ver, en los autobuses urbanos, carteles que
digan “E = mc2”, otros que contesten
“Euclides, estamos contigo” y una tercera
opción, la definitiva y la más surrealista:
“Angelines, lo nuestro no puede ser”.
Ya sabrán
que, hace años, una de las abundantísimas
webs de pirados religiosos, en este caso
británica, amenazaba a los ateos, en pleno siglo
XXI, con “pasar la eternidad en el infierno y
ardiendo en un lago de fuego”. A una
colaboradora del diario The Guardian le
hizo gracia que aún hubiese gente tan boba y
decidió contestar con humor: ahí nació la frase
de “Probablemente Dios no existe; deja de
preocuparte y disfruta de la vida”. Pero el
genio, el verdadero genio, fue quien tuvo la
idea de poner eso en la publicidad de los
autobuses urbanos. Dos años hace que circulan
por el Reino Unido y la gente, que conoce la
totalidad del chiste, sonríe y no pasa nada.
Ahora los
ateos españoles han decidido copiar la idea.
Perdón: la mitad de la idea, porque aquí no ha
habido ningún grupillo de chupacirios
amargavidas que, esta vez al menos, hayan
amenazado a los descreídos con lo de siempre, o
sea socarrarse perpetuamente en las calderas de
Pedro Botero. Así que los buses que van a
circular por Madrid y Barcelona contestarán a
algo que, repito, esta vez y aquí, nadie
ha dicho. Pero da igual. Ya ha salido un señor
de Fuenlabrada, pastor evangélico él y de mucho
carácter, que ha contratado otros autobuses con
la réplica: “Dios sí existe. Disfruta de la vida
en Cristo”. De nuevo empezamos el chiste por el
final, lo que no está bien, pero adviertan
ustedes la sutil diferencia entre ambos
autobuses. En el de los ateos dice
probablemente.
En el otro, no. El de los ateos
procede de una sonrisa y la busca. El de los
cristianos es un cabreo y una imposición
terminante.
Y no es el
único cabreo. El cardenal Poupard, que es
algo así como el ministro de Cultura del
Vaticano, ya ha salido diciendo que la campaña
publicitaria del bus “ateo” le pare “una
estupidez” –la otra, la del chalado de
Fuenlabrada, debe de parecerle una obra de arte
sacro– y que, agárrense por favor, “nadie ha
sido capaz de demostrar que Dios no exista”.
Hace falta
ser mal bicho. O sea, que como estos llevan
diecisiete siglos sin poder demostrar que Dios
existe, ahora tienen que llegar los demás a
demostrar que no existe. Si el mundo
funcionase según la manera de pensar del
cardenal Poupard (y algunas veces así ha
funcionado), las cárceles estarían llenas,
porque todo aquel que no pudiese demostrar su
inocencia sería culpable de cualquier cosa. Es
la misma “argumentación” que usaban los
“fedeguicos” tras los atentados del 11-M: “¿Por
qué Zapatero no ha negado que una tía
segunda suya tiene en el baño un cepillo de
dientes de la misma marca que usaban los
etarras? ¡Algo tendrá que ocultar! ¡Que se
investigue, que se investigue! ¡Queremos saber!”
Miren
ustedes, el problema no es que exista Dios o que
no exista. El verdadero problema es que existe
el clero. No ya el católico o el cristiano:
todos los cleros del mundo y de la historia,
salvo el de algunas confesiones budistas
minoritarias, son iguales, desde los chamanes
neandertales al ayatolá Jamenei o al
cardenal Poupard. El clero consiste en un grupo
de individuos que se autotitulan representantes
exclusivos de dios (del dios que sea, eso
es lo de menos) en la tierra y que aseguran
poseer, también en régimen de exclusividad, la
palabra de ese dios. Un dios que, en dos de las
tres religiones monoteístas (la cristiana y el
Islam), promete dos cosas. Una, el vencimiento
de la muerte y la “salvación” (no se sabe de qué
tenemos que ser salvados), la vida eterna, a
condición de que hagamos caso a su clero en todo
lo que dice y manda. Lo segundo que promete, con
igual contundencia, es un castigo atroz para
quienes no le sigan, esto es, para quienes no
obedezcan a su clero. Son el palo y la zanahoria
químicamente puros. Ah, y ni el Dios cristiano
ni Allah admiten “abstencionistas”: el que no
quiera participar, el que “pase”, el que no
desee enterarse de nada ni ser salvado, se
condenará aún más que el pecador corriente.
Los judíos no
son proselitistas; en el fondo les da igual el
destino ultraterreno de los “gentiles” (o sea,
de quienes no son judíos), pero las otras dos
religiones tienen como objetivo fundamental
convertir a sus ideas a todo el mundo y
consideran reos seguros de condenación a quienes
no crean lo mismo que ellos. De ahí que un
musulmán se juegue literalmente la vida si tiene
la ocurrencia de cambiarse de religión en muchos
países en donde la ley civil y la ley religiosa
son la misma (como aquí hace unos cuantos
siglos), y de ahí también que los cristianos
radicales tomen como una agresión intolerable
que se haga publicidad de ideas diferentes de
las suyas, aunque sea en tono irónico (ese
probablemente de la frase del bus), mientras
les parece estupendo que los no cristianos
lleven siglos padeciendo, calladitos, tooodas
las manifestaciones proselitistas y
propagandistas que hacen los creyentes. Es lo
que sucede cuando alguien se cree en posesión de
la verdad absoluta: no tolera que los demás
piensen de otro modo ni desobedezca al clero que
se proclama a sí mismo “ungido”, y combatirá
como pueda a los díscolos o “herejes”, ya sea
con las hogueras inquisitoriales, cortando la
mano a los ladrones, ahorcando a los
homosexuales (Irán) o arrancando el corazón de
los enemigos en el teocalli, que era lo
que hacían los aztecas.
Naturalmente,
en tantos siglos y en tantas religiones ha
habido de todo. No es lo mismo el sibilino
cardenal Poupard que el inmenso Vicente
Ferrer, ni eran lo mismo el siniestro
Jomeini que el luminoso Averroes.
Pero no se puede argumentar con excepciones. El
clero es, en la historia, lo que es.
¿Existe Dios?
Y yo qué sé, oiga. Les invito a que repasen, por
puro divertimento, el tambaleante argumento
ontológico de San Anselmo, que sirve lo
mismo para demostrar la existencia de Dios que
la del Rey Arturo, Harry Potter o la
Tierra Media de Tolkien, y que ya fue
rebatido con indignación por gente como Kant.
Y, si tienen aspirinas a mano y mucho tiempo
para perder, repásense las no menos sofistas y
–a la luz del conocimiento de hoy– infantiles
“cinco vías” de Tomás de Aquino, las
cinco prácticamente iguales y que, a pesar de
que han sido mil veces refutadas, la Iglesia las
sigue enseñando en sus centros como si fuesen la
última maravilla. El padre de la Escolástica se
enredaba él solo hasta el extremo de escribir
cosas como esta: “Cuando se demuestra la causa
por el efecto, es necesario usar el efecto como
definición de la causa para probar la existencia
de la causa. Esto es así sobre todo por lo que
respecta a Dios”. Oye, y tan fresco que se
quedaba.