El País
10 de
Abril de 2009
Pese a
que pierda terreno conforme avanza el
conocimiento, el hecho religioso parece
consustancial al ser humano. Su razón de ser
principal es aliviar la desazón que suscita a
menudo el vivir y sobre todo el morir. Religión
ha existido siempre y probablemente apareció con
la hominización misma, cuando su incipiente
racionalidad hizo que nuestros remotos
antepasados buscaran una balbuceante
explicación, que sólo podía ser sobrenatural, a
una naturaleza misteriosa, tan pronto hostil
como propicia, de la que dependía el vivir de
cada día y la propia supervivencia de la
especie. Las divinidades, tanto masculinas como
femeninas, a las que había que predisponer
favorablemente para atenuar el desvalimiento
humano debieron de ser muchas y muy diversas,
con referencia casi siempre a lo más presente:
el sol, la luna, la tierra, la lluvia, el rayo,
los animales.
Con el
lento progreso comenzó a entenderse mejor el
mundo en derredor y surgieron las grandes
religiones monoteístas que, a partir de una
verdad revelada, intentaron explicar la vida
humana como creación de un Sumo Hacedor y un
tránsito hacia la vida eterna. Entre sus rasgos
figura el que todas fueron y son machistas. Dios
en ellas siempre es varón y con su auge ya no
hubo diosas, otrora tan numerosas.
La
coexistencia de esas religiones fue casi siempre
conflictiva, ya que por definición todas ellas
se consideran la única verdadera. La historia
está llena, así, de guerras de religión y de
aberrantes y criminales pogromos. Pero el
progreso se aceleró y entre los avances más
notables de la Edad Contemporánea destaca el que
empezara a modificarse el papel de la religión
en la sociedad. Paulatinamente, se dejó de
considerar obligado el tener determinadas
creencias. El hecho de que éstas, por así
decirlo, se privatizaran ha sido un paso de
gigante. Por primera vez en la historia de la
humanidad, desde hace poco más de un siglo, en
los países más avanzados y desde hace unos
decenios en otros más a la zaga como España,
cada cual puede creer o no creer lo que quiera y
a nadie se le piden cuentas por ello. Preguntar
por las ideas religiosas de una persona resulta
hoy inusitado e incluso hacerlo en encuestas o
censos está vedado por las leyes. Ese respeto,
que hoy nos parece esencial, a algo que
pertenece a la esfera de lo más personal,
permite imaginar el sufrimiento que supuso en lo
pasado para muchos la vigilancia pública de las
ortodoxias y la persecución, a veces atroz, de
infieles y herejes.
Es
lógico, sin embargo, que las grandes religiones
no acepten con facilidad abandonar el papel
primordial que durante siglos han desempeñado en
muchos países. A la luz de la historia parece,
empero, la suya una batalla perdida. Al ser el
hecho religioso personal e intransferible hoy ha
quedado demostrado en los países más adelantados
que la religiosidad puede centrarse en el
individuo o como mucho en la familia, pero no
tiene por qué ser pública. En clara
contraposición, no se entiende así en los países
musulmanes ni por parte de algunos en países
católicos como España o Italia. Ese afán por
mantener la presencia de la religión en la
sociedad y que ésta en sus leyes, usos y
costumbres aplique siempre los preceptos de la
correspondiente ley divina, es el integrismo o
fundamentalismo tan presente en el mundo del
Islam y en buena parte de la jerarquía católica.
No en toda ella, por cierto, pues afirmaciones
de algunos obispos españoles o italianos serían
impensables en un obispo francés, cuyo país
cuenta con una larga tradición de laicismo
respetada por todos. Es verdad que las
posiciones integristas se ven apoyadas desde el
Vaticano, pero es muy posible que ese apoyo
desaparezca en cuanto acceda al solio pontificio
un Papa que no sea un conservador a ultranza, lo
que ocurrirá tarde o temprano, si se tiene en
cuenta que la Iglesia Católica es una
institución vieja de siglos y sabia de
experiencias. Cabe esperar así que algún día
acabará aceptando el sacerdocio femenino, el
matrimonio de los curas, el divorcio, la
contracepción, la homosexualidad, incluso el
aborto en determinadas condiciones. Respecto de
este último, en el mundo se registran unos 25
millones de interrupciones voluntarias legales
del embarazo, buena parte de ellas en países
cristianos, es decir, a juicio de los
integristas, otros tantos asesinatos que, para
mayor inri, se hacen con todas las de la ley.
En los
países musulmanes es difícil, en cambio, atisbar
un abandono del integrismo a corto plazo. En
ello influye que el Islam es una religión más
intervencionista que otras en la vida pública.
Pese a su mayor brevedad, el Corán, a diferencia
de los Evangelios, es entre otras cosas un
código de derecho civil, sobre todo en lo que
atañe a la familia. Frente a la aseveración de
Jesucristo de que su reino no es de este mundo,
se ha dicho que el Islam es a la vez una
religión y un Estado. Incluso así, todo texto
sagrado puede interpretarse, bien en sentido
dogmático, bien desde la tolerancia, y el Corán
no es excepción. Ha habido épocas de esplendor
musulmán en las que se practicó una convivencia
con los demás alejada de cualquier integrismo,
como cuando con el califato de Córdoba la España
musulmana era bastante más civilizada y
tolerante que la España cristiana. Hoy ocurre lo
contrario en casi todos los países islámicos,
donde cunden la pobreza y el desempleo, las
dictaduras ineficaces y corruptas y donde es
lógico que muchos se aferren al fundamentalismo
religioso como asidero que dé sentido a su vida.
Esos países intentan compensar su atraso
político y económico con unos valores religiosos
que consideran superiores, al evitar el
materialismo y el hedonismo de las naciones
desarrolladas. Muchas veces, además, la religión
es uno de los argumentos esgrimidos por los
dictadores para justificarse. Algo, por lo
demás, ya utilizado en España no hace mucho por
nuestro invicto Caudillo. Por su historia y por
su posición geográfica, España podría figurar a
la vanguardia a la hora de ayudar, desde el
respeto y la no injerencia, a que los países
musulmanes, en particular los árabes, progresen
hacia la laicidad. La Alianza de Civilizaciones,
una buena idea, necesita traducirse en hechos
concretos. Entre otras cosas, ¿no cabría con más
becas e intercambios culturales facilitar que
jóvenes árabes, sobre todo mujeres, vean de
primera mano las enormes ventajas que reporta el
dejar atrás dictaduras y fundamentalismos? Claro
que para ello habría que respetar, lo que no
siempre ocurre ahora, costumbres y tradiciones,
por más que a veces nos parezcan harto
discutibles, tal como sucede con el famoso velo
que oculta los cabellos femeninos. Es cierto que
se trata de una tradición de larga data, pero en
lugar de imponer su desaparición hay que dejar
que como tantas otras tradiciones se caiga por
su propio peso. España, una vez más, puede
servir de ejemplo de cómo cabe abandonar
instituciones como la Inquisición, que duró nada
menos que tres siglos, y tantas otras cosas de
nuestro pasado que hoy (casi) ningún español
echa de menos.
Cuando
en los países musulmanes las mujeres sean
profesoras, médicas, ingenieras y ministras,
hiyabs, chadores y burkas
desaparecerán como desaparecieron los refajos,
corsés y miriñaques de nuestras abuelas. Entre
tanto, respetemos esas tradiciones, aunque
sotto voce hagamos votos por que
desaparezcan. Lo que ocurrirá algún día cuando,
como una bendición del Cielo, ya no haya
integristas.
Francisco Bustelo es catedrático
jubilado de Historia Económica y rector
honorario de la Universidad Complutense.