Ratzinger contra Roma
Pedro Miguel
La Jornada
11 de Febrero de 2009
Si los de la
conspiración judeo-masónica existieran, estarían felices de ver
a un pontífice que se la pasa dándole de patadas a la Iglesia.
En cosa de una semana, Joseph Ratzinger involucró al Vaticano
con los neonazis que niegan la realidad histórica del exterminio
de judíos durante el Tercer Reich e hizo ronda con el
impresentable Silvio Berlusconi en el afán por mantener de
manera indefinida la tortura contra Eluana Englaro, la mujer
italiana que permaneció 17 años en estado de muerte cerebral y
que desde ayer, por fortuna, ha logrado descansar en paz.
En el primer caso,
Ratzinger levantó la excomunión que pesaba contra el obispo
fundamentalista Richard Williamson y contra otros integrantes de
la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, establecida por el
fallecido Marcel Lefèbre para dar cauce a la rebeldía
tradicionalista ante el Concilio Vaticano II. Días antes del
perdón papal, Williamson había porfiado en sostener que las
cámaras de gas no existieron y que el número de hebreos
asesinados en los campos de concentración de Hitler fue de entre
200 y 300 mil, y no de entre cinco y medio y seis millones, como
lo indican los hechos. “El Holocausto sí existió”, se asustó El
Vaticano, pero ya era tarde. Muchos católicos se sintieron
violentados por la reincorporación a su Iglesia de un hombre que
participa en los intentos de minimizar uno de los peores
crímenes de la historia. Para diversas organizaciones judías, el
perdón concedido a Williamson fue una bofetada: el Consejo
Central de los Judíos en Alemania anunció la suspensión de sus
relaciones con El Vaticano. Y otros, ni judíos ni católicos, se
preguntan de qué puede servirle a Roma la reinserción de
individuos como los obispos lefebvrianos, enfermos de odio hacia
la modernidad, la verdad, la ciencia y la diversidad. Por lo
demás, y aunque no tuviese nada que ver, en el momento presente
no pasa inadvertido para nadie que la excomunión de Williamson
fue decidida por Karol Wojtyla, un hombre que fue víctima de los
nazis, y que ahora es revertida por Joseph Ratzinger, quien
nunca ha pedido perdón por haber sido nazi.
En paralelo con este
traspié que huele a retorno histórico, el cardenal Javier Lozano
Barragán, del consejo pontificio de asuntos de salud, involucró
al Vaticano en la causa horrenda del encarnizamiento contra
pacientes sin esperanza. Berlusconi había visto, en la
perpetuación del martirio de Eluana, la posibilidad de ganarle
atribuciones a la jefatura de Estado y se lanzó a fondo en el
atropello: “Esa mujer podría tener un hijo”, exclamó el mafioso,
cuando el padre de la mujer parecía haber ganado la interminable
batalla judicial para procurarle a su hija una muerte digna.
Berlusconi recibió el respaldo inopinado del Vaticano, que por
boca de Lozano Barragán calificó de “abominable asesinato” la
interrupción de la vida artificial de lo que quedaba de Eluana.
Ratzinger, con su aprobación tácita a los dichos del religioso
mexicano, confirmó que su papado está en favor de lo que
Giuseppe Englaro describió como “tortura inaudita” y “violencia
inhumana”.
Si en cosa de una
semana el Vaticano de Ratzinger ofendió a los judíos y a los
enfermos terminales, en episodios anteriores, este Papa ha
agraviado a las mujeres, a los protestantes, a los musulmanes, a
los homosexuales, a los indígenas americanos y a los habitantes
de Gaza, es de suponer, toda vez que, en las horas en que éstos
eran masacrados sin asomo de piedad por un ejército asesino, les
deseó “que Dios los bendiga con su consuelo, la paciencia y la
paz que proceden de Él”.
Carente del sex
appeal de su antecesor e incapaz de concitar el entusiasmo
de las masas, de espaldas al mundo moderno y concentrado en la
preservación del misterio de María, Ratzinger ha llevado a la
Iglesia católica a un estado de languidez sin precedentes. Sus
subordinados del Vaticano harían bien en considerar la
sugerencia del teólogo Hans Küng y convencerlo para que renuncie
al cargo.