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El alma de los creyentes
Emilio
del Barco
UCR 23 de
Enero de 2009
Cuando una idea se
exterioriza en público, se transforma, según sea la mente de
quien la reciba. Donde hay pensamientos, hay un alma. El alma la
crea el pensamiento. Un espíritu, o una mente, como se quiera
nombrar. Puede haber diferencia en los conceptos, pero, en
esencia, son equivalentes. Conjunto de ideas, propósitos,
cualidades, que forman el todo intelectual de un ser. No
necesariamente humano. ¿En qué momento, el ser humano, adquirió
su alma? ¿Existía ya la semilla del alma en nuestros
antecesores, los animales que nos precedieron? Porque una cosa
está clara, en nuestro genoma existe la huella indeleble de
algunos predecesores. Un cerebro desarrollado, crea su alma. Que
no es más que una extensión creativa de la organización de
nuestro pensamiento. Quien crea, está despierto. Quien cree,
sueña.
La historia del Paraíso
Terrenal, es algo más complicada de lo que relatan los
escritos sagrados. Sobre todo, el período de incubación de la
Humanidad, no pudo ser de días, semanas, años, o miles de
años. Sino de millones de años. La maquinaria evolutiva es de
marcha lenta. Creencia equivale a ignorancia. Los libros
clásicos, que aventuran creencias sobre la formación del
Universo, están escritos desde la más inconsistente ignorancia.
Un dato precario: la colocación de Adán y Eva en el Paraíso,
según los más eruditos tratadistas bíblicos, tuvo lugar unos
tres mil quinientos años antes de Cristo. Claro que, los
ortodoxos, no pretenden que ellos fuesen los padres de la
Humanidad, sino, exclusivamente, del pueblo Hebreo, el Pueblo de
Dios. Los demás, ¡pobrecitos¡ somos hijos de los hombres. El
racismo no perdona.
En la civilización
occidental, hemos limitado el desarrollo de nuestros
pensamientos, dentro de las fronteras que nos vienen marcadas
por la Biblia. Pero sus enseñanzas, al menos en lo que toca a la
formación del Universo, son, demostradamente, falsas. Para
llegar a la verdad de nuestro origen, no nos queda más remedio
que prescindir, totalmente, de las fantasías. Ensoñadas, en mil
y una noches, por los escribas, profetas e iluminados, para
empezar a ceñirnos a los conocimientos científicos que se van
pergeñando, lentamente. Vivir de fantasías es muy bonito, pero
engañoso. La Biblia es el libro que trató de ensalzar la
historia de un pueblo esclavo, para insuflarle estima y así
elevarlo a la altura de su Dios.
No es el libro de la
Humanidad, eso hay que asumirlo. Por muy antiguas que sean las
mentiras, no se convierten en verdades. Actualmente, existen
métodos científicos de evaluación y prueba, que no dejan dudas
sobre la falsedad de muchos relatos, tenidos por históricos.
Quienes pretenden ejercer el poder divino sobre la Tierra, no
ponen límites a sus ambiciones. Lo quieren todo. El no admitir
marcha atrás en sus pretensiones, parece llevarlos a la
esquizofrenia de pretender aparecer como dioses, en lugar de los
dioses. Es la exaltación desbocada de la vanidad exacerbada.
Pretender la adquisición de cualidades divinas, a través
de
su identificación con los cultos.
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Emilio del
Barco. 19/01/09mailto:delbarco23@hotmail.com
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