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 presencia. Juan  Carlos «El Rey»   

 

 

 

 

 

La secta católica: Análisis crítico de sus doctrinas esenciales: III.

 

La predeterminación divina anula  la libertad humana.

 

Antonio García Ninet *

 

UCR

III. Según la DOCTRINA católica acerca de la presciencia y la predeterminación divinas, Dios ha programado y, por ello, conoce de antemano, todo lo que tiene que suceder a lo largo del tiempo, incluidas las decisiones y las acciones del hombre. Además, no se trata simplemente de que, de acuerdo con su conocimiento derivado de su sabiduría absoluta Dios tenga ante sí ese conocimiento, sino que además y muy especialmente tales estados del Universo así como todas y cada una de las acciones de los seres humanos han sido programadas por el propio Dios y, en consecuencia, su conocimiento va unido necesariamente al hecho de esa predeterminación de los actos humanos. Esta doctrina es coherente con el concepto de un Dios como  realidad suprema omnipotente a la que todo está sometido, pero es evidentemente contradictoria con la libertad humana, tal como luego analizará.

En relación con esta doctrina de la predeterminación divina Orígenes (s. III), había defendido la tesis de que Dios era la causa de la existencia en el hombre de una facultad de querer (la voluntad) y de una capacidad física de obrar, pero concedía al hombre la facultad de decidir o de utilizar su voluntad libremente para así salvar la doctrina del libre albedrío por la cual el hombre era causa exclusiva de sus propios actos y, por ello, se hacía acreedor de recompensas o de castigos como consecuencia del uso que hiciera de dicho libre albedrío. Sin embargo, cuando Tomás de Aquino trata esta cuestión, dice que  “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer” y que “nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”[1], lo cual está de acuerdo con el dogma de la omnipotencia divina y con la predeterminación del comportamiento humano y de todo lo que sucede, pero a costa de suprimir la libertad humana, al margen de que Tomás de Aquino hubiera querido salvarla.

La doctrina de Tomás de Aquino es la que ha prevalecido en la dogmática de la secta católica y en las doctrinas del resto de sectas cristianas, a pesar de la imposibilidad de hacerla compatible con la doctrina del libre albedrío del ser humano.

Sin embargo, en el siglo XVI los teólogos españoles Domingo Báñez, dominico, y Luís de Molina, jesuita, entablaron una polémica con la intención de encontrar una solución que salvase a un mismo tiempo tanto la omnipotencia divina como la libertad humana. Sin embargo y como era lógico, la discusión no alcanzó un final feliz; la solución de Báñez se inclinaba, como la de Tomás de Aquino, a salvar la omnipotencia divina, anulando la libertad del hombre, mientras que la de Molina se inclinaba, como la de Francisco Suárez, a salvar la libertad humana, anulando la omnipotencia divina. Como no hubo forma –ni podía haberla- de encontrar una solución satisfactoria, en el año 1594 el papa Clemente VII prohibió que siguieran las discusiones, aunque no condenó ninguno de ambos puntos de vista.   

CRÍTICA: Esta doctrina defiende bien lo que sería la esencia de la supuesta omnipotencia divina, pero, como no podía ser de otro modo, defiende un determinismo teológico y está en total contradicción con la doctrina que defiende la libertad humana, según la cual hay actos que dependen de la libre y exclusiva voluntad del hombre y que, en consecuencia, no estarían dispuestas por la omnipotencia divina, lo cual implicaría una negación de tal omnipotencia.

 

Una consecuencia de la imposibilidad de salvar ambos conceptos al mismo tiempo es que la supuesta responsabilidad humana deja de tener sentido y, en consecuencia, deberían desaparecer todas aquellas doctrinas derivadas de aquella supuesta responsabilidad, como las que hacen referencia a las ideas de mérito, culpa, premio o castigo.

 

“Misterio” y “dogma”.- Como esta contradicción entre una omnipotencia divina limitada por los actos humanos libres y una libertad humana sometida a una omnipotencia divina tendría repercusiones radicalmente peligrosas para la supervivencia de las distintas confesiones religiosas, los teólogos contratados al efecto aplicaron a esta contradicción –al igual que a muchas otras- el concepto de “misterio”, el cual hace referencia a una doctrina incomprensible para la limitada capacidad humana y sólo comprensible por Dios. Este recurso al “misterio” ha sido una tónica de la Secta Católica. Mediante este concepto se considera que la comprensión de determinadas doctrinas está radicalmente alejada de las posibilidades humanas y que, en consecuencia, deben ser aceptadas no porque la razón muestre su verdad, sino mediante un acto de fe que implica una renuncia a su comprensión y una aceptación de su verdad mediante un acto de autosugestión al que la Secta Católica denomina “acto de fe”, mediante el cual trata de blindar sus doctrinas contradictorias contra cualquier planteamiento racional que pretenda ponerlas en evidencia, obligando de este modo a la Secta católica a reconocer sus errores.

 

El concepto de “misterio” es complementario del concepto de “dogma”, entendido como una doctrina que se afirma como absolutamente verdadera, que no es racionalmente demostrable y que debe ser creída y aceptada por el “fiel”, a pesar de ser contrario a la razón, para no ser excluido de la secta y de la “bienaventuranza eterna” (?). Los “dogmas”, sin embargo, plantean el problema de saber cómo se puede saber que una doctrina teológica es verdadera sin saber al mismo tiempo por qué lo es, en cuanto no sean demostrables y en cuanto además sean contradictorios en muchas ocasiones.

 

Por ellos los conceptos de “misterio” y de “dogma” son muy afines, aunque tienen alguna diferencia. El concepto de “misterio” hace referencia en su etimología a una doctrina de comprensión “oculta”, mientras que el concepto de “dogma” hace referencia a una doctrina mistérica a la que el miembro de la secta debe doblegarse aceptándola y renunciando a su comprensión racional.  

 

 

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*Antonio García Ninet  es  Doctor en Filosofía

 

 

 

 

 

 

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