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 La secta católica: Crítica de sus doctrinas fundamentales (XIV). La jerarquía de la Iglesia Católica considera la vida como un “valle de lágrimas”,  aunque no para ellos sino sólo para los demás

 

Antonio García Ninet  *

UCR 11 de Febrero de 2008

 

 

La doctrina tradicional de la Iglesia Católica considera la vida terrena como un valle de lágrimas, un destierro, un lugar para la penitencia, el sufrimiento y el ayuno, al que el hombre fue desterrado para pagar por “sus pecados” (?) a fin de “purificarse”.

 

Éste es el motivo de que la Iglesia Católica ataque el placer sexual como pecado, considerando que sólo es legítimo cuando sólo es una simple consecuencia del cumplimiento del precepto bíblico “creced y multiplicaos”, entendiendo que la búsqueda del placer en las relaciones sexuales, sin pretender el objetivo de la procreación, debe considerarse como pecado.

 

Éste es el motivo de que la Iglesia Católica considere igualmente que los cuarenta días de la “Cuaresma” son días de penitencia, de ayuno, de azotes, de abstenerse de carne –aunque no de caviar y de otros manjares-, entendiendo a Dios como un ser sádico que se alegra con el sufrimiento humano. Y, ciertamente, desde una visión antropomórfica de cortas miras podría verse a Dios de este modo, asimilándolo a los diversos reyezuelos y señores terrenales. Pero la idea de un Dios como perfección absoluta en ningún caso podría corresponderse con esta otra, tan limitada y ridícula. 

Se trata de una absurda doctrina que tiene como fundamentos históricos el mito del pecado original y el de la Ley del Talión, basada en la venganza, en cuanto considera que un daño queda compensado con otro daño: “Ojo por ojo y diente por diente”. Sin embargo, esta antigua ley es incompatible con la idea del Dios-amor y va ligada a la idea de que el sufrimiento purifica, y que, por ello, cualquier sufrimiento que el hombre padezca debe ser recibido incluso con alegría, teniendo conciencia de que de ese modo el hombre colabora con Jesús en “la propia redención”, la cual en realidad sólo se produce por el sufrimiento del propio Jesús en la cruz, quien consigue que su Padre, perdone a la humanidad, aunque luego de poco sirva ese perdón en cuanto de nuevo, según los Evangelios, condena al “fuego eterno” a la mayor parte de la humanidad.

 

Sin embargo, ni el sufrimiento del Infierno ni el sufrimiento terrenal sirven para purificar nada. El perdón de un ser infinitamente misericordioso no requiere para nada de la venganza consistente en causar sufrimiento a quien haya podido causar una ofensa.

 

Pero, además, sería estúpidamente pretencioso y antropomórfico considerar que el ser humano tuviera la capacidad de ofender o de causar el más ligero disgusto a un ser perfecto como lo sería Dios si existiera, pues en el propio concepto de perfección iría incluida necesariamente la absoluta inmutabilidad y, por ello, la impasibilidad de tal ser, totalmente alejado de las posibilidades humanas de provocar en él cualquier alteración como sería el sentimiento de haber sido ofendido.

 

El propio Dios sería consciente de que, en realidad, el hombre no sólo no puede ofenderle sino que ni siquiera podría querer hacerlo, si existiera, pues en cuanto Dios sería aquella realidad que colmaría cualquier deseo humano, sería una contradicción odiar o despreciar lo que en realidad el hombre querría de modo necesario.

En cualquier caso, esta doctrina ha servido a los fines económicos de las sectas cristianas y de la católica en particular porque la insistencia en la idea del pecado y de la penitencia hace al creyente más dócil ante las exigencias de la secta a fin de cumplir con la penitencia “debida”, exigencias que la Iglesia Católica ha sabido encauzar al terreno económico, obsesionada a lo largo de los siglos por llenar sus arcas sin fondo, sin que llegue nunca el momento en que decida repartir “sus” (?) riquezas entre los pobres para cumplir con el mensaje de aquél en cuyo nombre dicen predicar.     

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*Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación

 

 

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