Laicismo y el derecho a la felicidad
Coral Bravo
Europa Laica 10 de Mayo de 2008
Hace unas semanas leía en un magnífico reportaje del suplemento dominical de El País que, según un estudio estadístico llevado a cabo en el último año, Islandia es el país cuyos habitantes son los más felices del mundo; en general, todos los indicios demuestran que los ciudadanos de los estados nórdicos ostentan, con marcada diferencia, una mayor cota de felicidad y satisfacción vital que los del resto de países del planeta.
Paradójicamente, son países con una climatología muy dura; gran
parte del año los islandeses soportan temperaturas por debajo de
cero grados, y están muy lejos de disfrutar del sol, la fiesta y
la algazara social propia de países de clima, por ejemplo,
mediterráneo, como es el caso de España.
El motivo de su felicidad, según todos los auspicios, no es otro
que la tradición laica propia de estos países del norte europeo.
Efectivamente, en la tradición histórica y cultural de los países
sajones no existe el condicionamiento religioso, ni existe el
sometimiento político y social de instituciones y ciudadanos a
imposiciones dogmáticas de ninguna organización religiosa, lo cual
es una singularidad excepcional en relación al resto del mundo.
Estos afortunados europeos gozan de mayor tasa de libertades y
derechos civiles que el resto de Europa, y, por ende, del mundo.
Tienen guarderías gratuitas, mejores salarios, pensiones más
elevadas, sanidad y educación de alta calidad, públicas y
gratuitas, un mayor nivel cultural de la población, inmejorables
infraestructuras. Gozan de un alto grado de tolerancia y
solidaridad a nivel social; manifiestan un respeto inmenso a la
vida y a la naturaleza, y desconocen problemas tan serios como la
violencia de género, el terrorismo, el fanatismo religioso y todos
los insidiosos conflictos derivados de ello, conflictos que suelen
ser sistemáticos en los países con tradición religiosa.
Curiosamente, detentan una tasa elevada de divorcios y, lo que
aquí consideramos modelos familiares alternativos (monoparentales,
de segundas y terceras relaciones, de uniones homosexuales..),
allí es la norma y no produce, en absoluto, ningún grado de
infelicidad ni de inestabilidad social. Más bien, al contrario,
consolidan su fortaleza democrática, porque es obvio que, libres
de dogmatismos represores, los ciudadanos nórdicos viven de
acuerdo a sus deseos, y no subordinan su bienestar afectivo,
personal y familiar a ninguna supuesta moralidad religiosa, más
bien concebida para anular las libertades que para procurar ningún
bien a los individuos.
La espiritualidad en estos países laicos no es, por supuesto,
inexistente. La indagación en el sentido último de la vida y la
búsqueda de lo espiritual y lo sublime es una necesidad universal
de los seres humanos; pero se trata, para los ciudadanos de países
laicos, de intereses personales y replegados a las esferas íntimas
del universo de lo individual, y no vinculados a intereses de
poder.
Las religiones tienden, por norma, a ensalzar el dolor y el
sufrimiento, y a anular el derecho a la felicidad y al placer, en
base a la promesa de una hipotética “salvación” futura tras la
muerte, lo cual es una verdadera perversión. La búsqueda de la
felicidad, la plenitud, el desarrollo personal, la libertad y el
conocimiento no es solamente un derecho que deberíamos todos
reivindicar, sino, yo diría, también una obligación, o, cuanto
menos, una opción lícita y deseable, que nos acerca a los dominios
de la sabiduría y el conocimiento, quizás, mucho más que cualquier
ideario místico represor.
Reivindiquemos, por tanto, nuestro derecho a pensar, a indagar, a
evolucionar, a buscar la verdad, a desarrollar nuestras
capacidades, a cuestionarnos las tradiciones, a defender las
diferencias y a reclamar nuestros derechos. Y exijamos nuestro
derecho a la libertad, a ser quienes somos, a vivir y a morir sin
intermediaciones morales ajenas, a no estar sometidos a moralismos
hipócritas y perversos, y a no tener que soportar, ni a nivel
personal, ni social, ni estatal el peso de instituciones que nos
niegan, por sistema, el derecho a la felicidad. Y la búsqueda de
la felicidad, como ya dijo Sófocles hace 2.500 años, es un derecho
inherente a la propia condición humana, por más que algunos nos
cuenten lo contrario.
Coral Bravo es doctora en Filología, master en Psicología y
miembro de Europa Laica