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Eutanasia. La jerarquía católica rechaza el derecho a la "buena muerte, es decir, a morir dignamente
Antonio García Ninet UCR 13 de Febrero de 2008
La jerarquía de la Iglesia Católica impone a sus fieles y trata de mantener en la sociedad su doctrina según la cual no sólo niega el derecho de las personas a decidir sobre su propia vida y su propia muerte sino incluso el derecho a morir dignamente mediante la ayuda de medidas paliativas contra el dolor, en cuanto pudieran adelantar la muerte unos días o unas horas. Considera ella que, en cuanto la vida pertenece a Dios, hay que aceptar su voluntad y vivir todo el tiempo posible hasta que él decida, aunque sea en medio de atroces sufrimientos que sólo prolongan una absurda agonía sin que el paciente pueda sentir otra cosa que un sufrimiento absurdo.
Recientemente el médico anestesista Luís Montes y otros compañeros ha quedado absuelto de las acusaciones de practicar la eutanasia activa, acusación anónima –como en la Alemania de Hitler- que sólo ha servido para que este doctor sufriese durante tres años los ataques y los insultos de quienes le llamaban asesino y para que perdiera, por lo menos hasta el momento, su puesto de trabajo como consecuencia de la actitud del consejero de sanidad de Madrid, Manuel Lamela y de la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Por ello, el poder legislativo de España debería tratar con la mayor urgencia la cuestión relacionada con la sedación paliativa en la fase terminal de la vida así como de la eutanasia, como derecho de cada persona a decidir acerca su propia muerte, al margen de lo que puedan ser las doctrinas de un determinado grupo religioso, que en ningún caso debería tratar de imponer sus propios criterios al resto de la sociedad del mismo modo que nadie les impone a ellos leyes que sólo representan plasmaciones de derechos.
Además y ante esta doctrina de la jerarquía de la Iglesia Católica, hay que denunciar su carácter absurdo e inaceptable: El sufrimiento que acompaña de modo cruel a muchas personas antes de su muerte no puede ser justificado mediante una concepción cruel de una divinidad, que disfruta contemplando la larga agonía de cualquiera de “sus hijos”. La suposición de que Dios pudiera querer el sufrimiento inútil que en la mayoría de ocasiones precede a la muerte es un insulto a ese Dios en el que las jerarquías de la Iglesia Católica dicen creer y del que dicen que es “nuestro padre”. Quienes a estas alturas pretenden justificar el sufrimiento lo siguen haciendo además a partir de la consideración de que la humanidad todavía está “pagando” por el “pecado original” –del que por otra parte, se dice que Jesús redimió a la humanidad- sin entender que la idea de que el sufrimiento pueda entenderse como una especie de compensación sólo cabe en la mente retorcida de personas patológicamente vengativas.
Por otra parte, la condena de la eutanasia –la “buena muerte”- por parte de la Iglesia Católica es incongruente con la serie de ocasiones en que ésta ha perseguido y ha condenado a muerte a quienes no pensaban como ella, o con las ocasiones en que ha defendido guerras como las de las Cruzadas o como la “cruzada nacional” del general Franco contra nuestra República democrática, establecida en 1931, o con su despreocupación por los miles de niños que cada día mueren a causa del hambre, o con su silencio hipócrita, casi absoluto, ante la actual guerra en Irak y en muchas otras zonas del mundo cuando le interesa seguir manteniendo buenas relaciones diplomáticas con los países agresores.
La jerarquía de la Iglesia Católica debería tener presente que, si ya es una injusticia vergonzosa permitir que siga gozando de libertad para exponer sus dogmas y para ejercer su constante lavado de cerebro a los niños que consigue atrapar en colegios y en iglesias, eso no le da el derecho añadido de intentar imponer sus doctrinas a la sociedad que no comulga con ruedas de molino, a la sociedad que no comparte sus “valores”, que más bien son antivalores en cuanto se fundamentan en una visión negativa de la vida terrena y en la absurda consideración de Dios como una especie de cacique feudal, dueño de la vida y de la muerte de cada cual.
Es vergonzoso que este grupo mafioso se preocupe infinitamente más por que se alargue la agonía de quienes han llegado al fin de sus días que de emplear sus incalculables riquezas para salvar las vidas de los 40.000 niños que cada día mueren como consecuencia del hambre.
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