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Educar para la Paz. Educar para
la desobediencia. La paz no es compatible con unas relaciones de
fuerza, poder, dominio y explotación.
(Extraído de
la revista “Janda 8”, 1.987).
María
Luisa Rebolledo Deschamps
Cuando hablamos de educación para la paz
barajamos dos términos fundamentales: paz y educación, su
definición es necesaria para comprender el significado y la
necesidad de educar para la paz.
Hay que distinguir entre el concepto
negativo de paz, que identifica ésta con la ausencia de guerras
y conflictos internacionales y el concepto positivo de paz como
armonía del ser humano consigo mismo, con los demás y el medio
que le rodea.
La paz no es sólo la ausencia de guerra ni
el orden sin violencia en la calle. No puede haber paz donde
no están cubiertas las necesidades más elementales para vivir,
donde hay miedo, resignación, rabia, sumisión, obediencia
impuesta y autoritarismo.
La paz no es compatible con unas
relaciones de fuerza, poder, dominio y explotación, carrera de
armamentos, ejércitos y violencia.
La paz para la que se pretende educar es
al que significa la realización de la justicia, es la afirmación
de la vida con satisfacción y alegría, bienestar, diálogo,
tolerancia, respeto e igualdad.
La palabra educación alude al desarrollo
integral de la persona que sólo es posible, según hemos podido
observar, en un marco de paz positiva y en ello radica la
relación entre ambos términos.
La Ley General de Educación señala entre
los objetivos de la E.G.B. el conseguir de cada alumno/a una
persona comunitaria, integrada, responsable, crítica y madura,
comprometida con su pueblo y con la sociedad y capaz de
colaborar en la creación de una sociedad justa.
Estos objetivos es indudable que no se
realizan y ello pone en tela de juicio el proceso educativo
y su metodología.
La educación no puede permanecer al margen
de los grandes problemas que amenazan y destruyen diariamente
la vida a nuestro alrededor, en todas sus formas. Vivimos en
una tolerante convivencia con el deterioro de personas, pueblos
y el medio natural, causado por un consumo y una explotación
irracional y absurda de los recursos y una injusta distribución
de los mismos y el despilfarro que supone la carrera de
armamentos.
Una educación para la paz aspira a
que el chico o la chica, desde la infancia aprenda a detectar,
en la medida de sus posibilidades, las injusticias que le
rodean, el origen de éstas, así como la causa real de la
violencia y sus consecuencias. Esto potenciando la capacidad
de análisis de la realidad y el sentido crítico.
Si conocer la realidad es la primera
condición para transformarla, todo intento de cambio nos
llevará inevitablemente al conflicto. Por ello una educación
para la paz ha de ser necesariamente una educación para la justa
resolución de conflictos. Si por conflicto buscamos sentar la
paz en unas relaciones de justicia los medios a utilizar no
pueden ser fuente de injusticias.
Por otra parte, se pretende educar para
una convivencia más tolerante, que lleva a resolver los
conflictos personales, en nuestra relación con los demás de una
forma no violenta y dialogante que supone la aceptación de
diferencias y el respeto por la realidad del otro.
Las injusticias y la violencia que existen
en la sociedad no son posibles sólo por el interés de una
minoría sino por la colaboración más o menos consciente y por la
capacidad de obediencia de una inmensa mayoría.
De la obediencia depende el “normal”
funcionamiento de la sociedad, por la obediencia se nos quiere
hacer dimitir de nuestra propia responsabilidad como personas,
frente a ello nos encontramos con la desobediencia entendida
como responsabilidad y libertad.
Una formación en la obediencia elimina
la capacidad crítica y análisis e inhibe al individuo para tomar
decisiones propias favoreciendo las soluciones autoritarias.
Una educación para la paz ha de ser
pues una educación para la desobediencia.
En conclusión, educar para la paz
significa potenciar y practicar los valores más nobles de la
personalidad humana, supone educar para una convivencia más
relajada, más agradable, más como personas, con diálogo,
tolerancia, crítica y participación, es creer en otra forma de
relacionarnos las personas y los pueblos.
Esta educación no puede ser exclusiva de
un área particular, sino de la totalidad de la práctica
educativa y se fundamenta en la buena dinámica del grupo, de tal
forma que sea habitual la relación intergrupal solidaria y
abierta, sincera y afectiva y donde el buen clima comunicativo
favorezca el análisis y la solución no violenta de las
situaciones conflictivas; para ello es necesario que las
chicas y los chicos sean protagonistas de la actividad
educativa. No es posible educar para la paz fomentando valores
como pasividad y sumisión a la autoridad, la paz presupone
libertad y ausencia de autoritarismos lo cual lleva implícito la
desobediencia a lo injusto, la responsabilidad y el diálogo. Una
pedagogía activa y renovadora es condición imprescindible en la
educación para la paz.
Como ejemplo se hace necesario citar al
pedagogo italiano Lorenzo Milani:
“Yo no tengo patria y reclamo el derecho
de dividir el mundo en desheredados y oprimidos por un lado y
privilegiados y opresores por otro. Unos construyen mi patria,
los otros mis extranjeros. Yo no puedo decir a mis alumnos
que la única manera de amar la ley es obedecerla. Sólo puedo
decirles que deben honrar la ley de los hombres de forma que las
cumplan cuando sean justas y cuando no habrán de luchar para
cambiarlas”.
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