Pasión por la dialéctica 30 de Octubre de 2008
Al
cabo de una docena de años, ya de vuelta en
Inglaterra de su viaje en el Beagle, fue cuando
Darwin encontró un libro que una vez más le hizo
pensar en la falta de piedad de la naturaleza
cuando la dejaban hacer. El libro se titulaba
"Ensayo sobre el principio de la población" del
reverendo Thomas Malthus.Malthus argüía que, si queremos hacer algo para evitar la muerte por inanición de nuestra especie, nosotros mismos debemos tratar de controlar la población. Pero en la naturaleza, por supuesto, no hay nadie que controle el crecimiento. Así que si se produce una explosión demográfica y los más débiles mueren de inanición.
Darwin reconoció que la verdad era que si cada pareja de mamíferos o aves o peces produce más de dos vástagos y éstos también producen más de dos vástagos, la explosión demográfica resultante cubriría hasta el último centímetro habitable de la Tierra en el plazo de unas cuantas generaciones. La muerte es el medio que emplea naturaleza para impedir que la Tierra se vea desbordada.
En ese momento Darwin empezó a criar animales -perros, conejos, pollos, palomas- y durante veinte años estudió las variaciones que se producían de una generación a otra. Eran muchas más de las que había sospechado. Sus dudas se disiparon. Ahora tenía un mecanismo que explicaba la evolución. La naturaleza producía variaciones. Las útiles sobrevivían, las inútiles se extinguían. De modo que, tal como supusiera su abuelo había un cambio y una mejora constantes, al seguir reproduciéndose y multiplicándose las variaciones útiles.
A nosotros nos resulta imposible comprender el efecto que tuvieron estos puntos de vista. Es verdad que Maillet y Erasmus Darwin y Lamarck ya habían bosquejado teorías de la evolución. Pero la obra de Darwin no equivalía a una teoría. Tuvo todo el efecto brutal de un hecho científico innegable. Y su autor parecía estar diciéndole al mundo que todos sus credos religiosos eran estupideces. No había ninguna necesidad de que Dios interviniera en la naturaleza. Ésta era, en efecto, una máquina gigantesca que producía especies nuevas del mismo modo que una máquina de sumar produce números.
Darwin demostró que la diversidad de la naturaleza no era obra de Dios -o de los dioses-, sino fruto de un sencillo principio mecánico: la supervivencia de los mejor dotados. En su libro "El origen de las especies por medio de la selección natural" no se mencionaba al hombre para nada, pero los puntos de vista de Darwin sobre ese tema resultaban claros en el resto el texto. El hombre no estaba "hecho a imagen de Dios"; no tenía ningún lugar singular en la naturaleza. Era un animal como los otros, ni más ni menos, y probablemente descendía de algún tipo de mono.