Una nueva
asignatura: "Historia y cultura de las religiones".
¿Por qué no
también "historia y cultura del laicismo"?
José
Torreblanca Temas para el Debate nº 147, Febrero 2007
La nueva asignatura
de "Historia y cultura de las religiones" nace lastrada, porque no
tiene más finalidad que acercar posiciones al criterio que mantiene la
Conferencia Episcopal.
Una de las novedades que
aparecen en la recién aprobada regulación de enseñanzas mínimas para la
educación secundaria es la introducción en el currículo de una asignatura
con el nombre de "historia y cultura de las religiones". Se trata
de una asignatura cuya aparición carecería de importancia si la decisión
sobre su inserción en unos programas de estudio, ya sobrecargados de
contenidos y de horas lectivas, se hubiese adoptado por motivos de orden
pedagógico. Es decir, tras fundamentar su aparición en alguna razón
convincente, fuera de orden científico, humanístico, epistemológico y/o
de formación en valores, que avalase la necesidad, o por lo menos la
conveniencia, de que los alumnos de 12 a 16 años deban cursar dicha
asignatura.
Por otra parte, y aunque
las razones no se aducen, habría que suponer que existen y son serias, en
cuyo caso lo consecuente sería establecer que los contenidos de la nueva
asignatura deban ser seguidos obligatoriamente por todos los alumnos y no
con carácter optativo. Sin embargo, no es así. La asignatura es voluntaria
y optativa en unas condiciones de elección absolutamente peculiares. Es
optativa sólo en relación con la enseñanza confesional de la religión
católica, de lo que se deriva que no tiene mayor interés que a sus
contenidos tengan acceso ni todos los alumnos ni los alumnos confesionales.
Se trata, por tanto, de una asignatura que sólo se puede calificar como de
superflua si se juzga desde el criterio de racionalidad pedagógica o académica.
Las razones que pueden
explicar algo tan aparentemente desatinado son absolutamente claras sólo si
se prescinde de cualquier discurso pedagógico y se entra en el más
proceloso discurso de las relaciones Iglesia-Estado. La susodicha asignatura
no tiene más finalidad que la de acercar posiciones a las sustentadas por
la Conferencia Episcopal española que en la LOCE de Aznar encontró la única
solución satisfactoria a su interpretación del acuerdo con la Santa Sede
sobre enseñanza de la religión en el sistema educativo; que como
alternativa a la asignatura confesional católica llamada "sociedad,
cultura, religión" hubiera otra obligatoria aconfesional con el mismo
nombre.
Por esa razón original
la nueva asignatura de "historia y cultura de las religiones",
como lo fue la de "sociedad cultura, religión" en su versión
aconfesional, nace lastrada. Porque había una condición implícita en el
desarrollo de la versión aconfesional, la del tratamiento acrítico de las
religiones. Basta echar una mirada a los programas publicados en el Boletín
Oficial del Estado de esa versión aconfesional para hacerse una idea de lo
que hubiera sido dicha asignatura en caso de haber sido implantada. Una
mirada benevolente a todas las religiones, ninguna visión crítica de sus
historias y, lo que llega al colmo, algunas menciones críticas a las
visiones no religiosas del mundo. Los programas lógicamente no suscitaron
ninguna crítica de la Conferencia Episcopal española, organismo, por otra
parte, tan vigilante y suspicaz tanto en cuestiones de fe como de ciudadanía.
La nueva asignatura de "cultura e historia de las religiones"
seguirá el mismo camino que el previsto para la asignatura de
"sociedad, cultura, religión" en su versión aconfesional, y más
vale que lo haga teniendo en cuenta el precedente de lo ocurrido con la
asignatura de "educación para la ciudadanía". Sus contenidos serán
examinados con lupa, no sea que a las actuales autoridades ministeriales, a
las que se les supone un tanto laicas, se les ocurra deslizar algún
contenido crítico o heterodoxo en relación con las religiones y su
historia. Ello sin tener en cuenta que el mismo derecho a intervenir de la
Iglesia Católica se arrogarán las restantes confesiones religiosas con
fieles en nuestro país. Con lo que la nueva asignatura o será implícitamente
apologética, en ese caso de todas las religiones, o no será más que una
fuente de conflictos.
Por lo demás, la
introducción de la asignatura plantea otros problemas quizá no tan
menores, como el de si el profesorado que la imparta no terminará siendo el
profesorado de religión al que le faltan horas, o el del costo de estas
nuevas enseñanzas, o el del consumo por las mismas de horas lectivas que
pudieran dedicarse a adquirir conocimientos más útiles y neutrales.
En cualquier caso, y para
tratar de aportar alguna solución a la dichosa asignatura que pudiera
suscitar menores críticas, se podría proponer que se ofrezca a los alumnos
de educación secundaria otra optativa cuya denominación podría ser
"historia y cultura del laicismo" o incluso refundirla con la
propuesta con la denominación de "historia y cultura de la religiones
y del laicismo". De esta manera no se ocultaría a los alumnos, cosa
que hace el sistema educativo, la existencia de otras visiones del mundo tan
respetables y con tanta cultura y tanta historia como las de las religiones.
Es seguro que una solución
tan neutral como la propuesta suscitaría el aplauso de la Conferencia
Episcopal española.